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Historias Irrepetibles

“Nos ha marcado un tipo con gafas”

Joop Van Daele, miope desde niño, acostumbrado a jugar siempre con lentes, marcó el gol más importante de la historia del Feyenoord a los incrédulos jugadores de Estudiantes de la Plata

El futbolista, Joop Van Daele, con las gafas que utilizaba a diario y en la mayoría de posados

El futbolista, Joop Van Daele, con las gafas que utilizaba a diario y en la mayoría de posados

La historia del deporte está llena de héroes inesperados, a quienes nadie esperaba convertidos en protagonistas en momentos cruciales. Joop Van Daele es uno de ellos. Fue un jugador cuyo rasgo más característico no tenía que ver con sus cualidades como futbolista sino con el hecho de que necesitaba jugar siempre con gafas. Era miope desde niño y las lentes se convirtiendo en parte de su indumentaria. En 1970, solo unas semanas después de firmar su primer contrato profesional, tendría un papel decisivo en la única Copa Intercontinental ganada por el Feyenoord.

En el Feyenoord nunca tuvieron muy claro qué hacer con Joop Van Daele. Entró en el club con trece años y la etiqueta de delantero impresa en su ficha. Era muy alto y flaco, de enorme zancada. Lo necesario para llevarse por delante a los chicos de su edad. Pero lo que más sorprendía a quienes le veían no eran sus condiciones físicas sino las gafas que necesitaba siempre para jugar. Miope desde niño, Joop era incapaz de atinar con el balón sin ellas. No podía utilizar lentillas y desde pequeño se acostumbró a jugar con un modelo ligero que tenía una delgada montura metálica. Solía posar en las fotografías con las de pasta e incluso alguna vez disputó algún partido con ellas, pero lo habitual era verle sobre el césped con las metálicas.

Joop Van Daele disputa un balón en uno de los partidos que disputó con gafas

Incapaces de encontrarle condiciones de goleador, los técnicos de las categorías inferiores del club de Rotterdam acabaron por situarle en el centro de la defensa. Con su altura había posibilidades de que fuese de mayor utilidad para el club protegiendo el área propia que atacando la del rival. Van Daele, consciente de sus limitaciones y del escaso entusiasmo que generaba en los demás, comenzó a plantearse con dieciocho años una vida lejos del fútbol. Encontró trabajo en la compañía de Correos y a los pocos meses se reunió con la dirección del club para pedir que le vendiesen a otro equipo porque ya había asumido que su tiempo en el Feyenoord no iba a ser demasiado productivo. El SVV de La Haya se interesó por él, pero los 80.000 florines que los de Rotterdam pidieron por su traspaso les pareció un precio excesivo por aquel juvenil flacucho y el trato nunca llegó a hacerse. Pero entonces apareció Ernst Happel en el banquillo de De Kuip. El técnico, en su primera temporada, condujo al club a la conquista de la Copa de Europa tras superar al Celtic en la final. Algo impensable. El entrenador austríaco decidió entonces reforzar un poco más la plantilla y le llamó la atención el defensa con gafas que jugaba, no siempre, en el equipo de reservas. Le parecía que un chico que podía desenvolverse como defensa pero que también entendía el oficio de delantero siempre resultaba interesante. Y en junio de 1970 el Feyenoord le llamó a las oficinas para ofrecerle su primer contrato profesional. Se despidió del trabajo por horas en Correos y se puso a las órdenes de Happel que le planteó las cosas con crudeza. Su sitio, la mayoría de los días, sería el banquillo.

Solo llevaba unas semanas en el primer equipo cuando se enfrentó al gran reto de su carrera. El Feyenoord, en el arranque de la siguiente temporada, se medía a Estudiantes de la Plata en busca de la Copa Intercontinental. Un equipo temible por su calidad, pero sobre todo por su carácter. Hacía tiempo que los duelos entre los equipos sudamericanos y europeos habían dejado de ser un espectáculo deportivo para convertirse en un ejercicio de violencia gratuita. Y pocos había entonces como la escuadra de Osvaldo Zubeldía. Allí estaba el joven Bilardo, la “Bruja” Verón, Solari, Malbernat, Pachamé… una legión de buenos jugadores, pero terribles competidores como ya sabían entre otros el Manchester United y el Milan. Además, en aquel momento la Intercontinental pillaba a los equipos europeos en el final de su pretemporada mientras los americanos se encontraban en plena competición, lo que suponía un evidente hándicap para ellos.

Van Daele celebra el gol de la final de la Copa Intercontinental.

El encuentro de ida jugado en la Bombonera fue una prueba de supervivencia para el Feyenoord. El ambiente y la dureza argentina se los tragó por completo hasta el punto que en solo diez minutos ya perdían 2-0 tras los goles de Echecopar y Verón. Los holandeses parecían un equipo esperando el tiro de gracia, incapaces de asimilar tanta intensidad, tanto ruido. Pero entonces marcó Van Hanegem, un carácter indomable, y el partido se fue equilibrando. El gol de Kindvall en el segundo tiempo dejó la eliminatoria igualada.

El partido de vuelta, jugado en un atestado De Kuip, fue una batalla en la que el miedo y la precaución pudo con todos. Choque cerrado, de pierna firme, pocas oportunidades y los jugadores escapando de cualquier complicación. El error ya no tenía solución y eso se tradujo en el comportamiento de ambas escuadras. Poco podía imaginar Van Daele lo que estaba a punto de vivir. En el segundo tiempo, cansado de que su equipo fuese incapaz de encontrar una solución, Ernst Happel ordenó a su defensa con gafas que saltase a calentar. Faltaban poco más de veinte minutos cuando entró en sustitución de Coen Moulijn, uno de los grandes de aquel Feyenoord que ya no podía con el alma. Happel quería alguien grande para pelear con los centrales argentinos, disputar los balones en largo, generar segundas jugadas… cazar algún rechace. Esta vez no necesitaba al correcto central sino al proyecto de delantero. Para los futbolistas de Estudiantes fue un sorpresa ver saltar al campo a un tipo con gafas. Eran años donde la información sobre el rival escaseaba y Van Daele apenas había disputado un par de partidos con el Feyenoord. Era un perfecto desconocido para ellos y verle les generó cierta extrañeza.

Solo llevaba cuatro minutos en el terreno de juego cuando sucedió lo imprevisto. Los argentinos perdieron un balón y el Feyenoord dibujó rápido ataque por la izquierda. Un centro al área, un mal despeje y el balón cae delante de Van Daele que venía acompañando la jugada. El delantero ocasional no se lo pensó. Soltó un disparo seco, raso, de los que hacen daño, que fue a dormir junto al poste derecho de la portería que defendía Óscar Pezzano. En medio del delirio absoluto, Van Daele salió corriendo con el brazo en alto hacia una esquina del campo. Al mismo tiempo, los jugadores argentinos comenzaron a arremolinarse en torno al árbitro, el peruano Alberto Noriega, para reclamar la anulación del tanto. El argumento esgrimido (“nos ha marcado el gol un tipo con gafas”) resultaba un tanto inocente, pero tenía su razón de ser. En Sudamérica estaba prohibido jugar partidos con esa clase de lentes, aunque esa norma no regía en las competiciones internacionales. El colegiado se mantuvo firme en su decisión pese a la insistencia argentina y el partido pudo reanudarse. Pero allí terminó la participación de Van Daele en el partido. Los argentinos, como venganza o porque directamente encontraron una forma de desactivarle, le quitaron las gafas. Lo hizo Oscar Malbernat, uno de esos futbolistas que no acostumbraba a hacer prisioneros. Al principio Van Daele se tomó un poco a broma la historia, pero los jugadores de Estudiantes empezaron a pasarse las lentes mientras el holandés iba tras ellas como si fuesen niños jugando en un patio. Una escena algo absurda. Finalmente llegaron a las manos de Pachamé que las rompió en dos y arrojó sobre el césped. El delantero, que no tenía recambio para ellas, las llevó al banquillo donde trataron de hacer alguna clase de arreglo pero resultó imposible. Estaban inservibles. Lo mismo que Van Daele que a partir de ese momento se comportó como si le hubiesen cegado. Toda su participación en la final se redujo a esos cuatro minutos. Desde ese instante hasta el final del partido corrió como un pollo descabezado, persiguiendo figuras borrosas y sin posibilidad de jugar una pelota más. No volvió a tocar un balón el resto de la tarde. Por fortuna para el Feyenoord, sus defensas resistieron las embestidas finales de Estudiantes y los holandeses pudieron conquistar la única Copa Intercontinental de su historia. Van Daele, con solo veinte años, recién llegado al equipo, se había convertido en el héroe inesperado de aquel acontecimiento. Permaneció en el club hasta 1977. Sus números (seis goles en 144 partidos) dejan a las claras sus limitaciones ya que casi siempre fue utilizado como central. Pero en su hoja de servicios figura que uno de esos seis goles anotados con la camiseta del Feyenoord es posiblemente el más importante de sus ciento doce años de historia. En el modesto museo del club en Rotterdam no están sus botas, ni su camiseta, sino sus gafas. Rotas en dos pedazos, tal y como se las devolvió Pachamé la tarde del 9 de septiembre de 1970.

Las gafas de Van Daele, en el museo del club

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