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El reto mayúsculo de Christian Silva

El ciclista de O Rosal se convertirá en el primer participante amputado que participe en la Titan Desert con una Fat Bike

Christian Silva, durante un entrenamiento con la Fat Bike. |  // FDV

Christian Silva, durante un entrenamiento con la Fat Bike. | // FDV

“Donde resido actualmente, que es Torrejón de Ardoz, llevamos confinado prácticamente desde el prinpicio de la pandemia y me está costando un poco llevar a cabo los entrenamientos”, reconoce Christian Silva, que se convertirá en esta 15ª edición de la Titan Desert en el primer ciclista amputado que participe en la prueba con una Fat Bike. Será otra vuelta de tuerca para el rosaleiro, que completó la edición de 2018 de la prueba.

Se conoce “cada piedra y cada bache” de su localidad. También ha improvisado un gimnasio en casa y ha intentado arreglárselas lo mejor posible para preparar esta edición, aunque reconoce que no tiene “esa sensación de tener el tren superior tan fuerte como otras veces”. Y eso, para él, es importante. “En las carreras de larga distancia mi tren superior sufre el doble porque repercuto mucha fuerza en el lado derecho del cuerpo. Con la prótesis intento ir lo más lineal posible, pero no podemos obviar que me falta un brazo y que esa diferencia de agarre entre los dos brazos es evidente; mis escápulas sobre todo sufren muchísimo”, explica.

Desde el accidente laboral que sufrió con 18 años busca cada vez nuevos retos que afrontar y la Fat Bike es su último desafío. “La idea surgió en 2018. Conocí la bici porque he seguido mucho a Josef Ajram (podio en la primera edición de la Titan Desert), y siempre me ha gustado mucho todo lo que hace. Tuve la suerte de conocerlo allí, en la Titan. Le habían dicho que yo iba a participar y vino, muy agradable y encantador, a hablar conmigo”, relata. Tras varios encuentros con él, surgió la broma:

–Podías hacer una Titan con una de mis Fat –, le propuso un día.

“Le dije que me encantaría hacerla y aquella broma al final se ha hecho realidad”, dice Silva, que reconoce que el cambio le ha supuesto “un reto grande porque la maniobrabilidad con una rueda tan ancha es complicada” y también por los impactos, “porque es una bicicleta que no tiene amortiguador delantero”. Por suerte, ya está totalmente adaptado y “disfrutando muchísimo con ella”.

El reto en su segunda Titan Desert será “terminarla”, aunque asume que este año será “muy complicado”. “Yo me había planteado la situación en el desierto de Marruecos, con un terreno bastante diferente al que creo que nos vamos a encontrar en Almería. Va a ser un reto con mayúsculas esta Titan Desert porque el viento de Almería y el terreno me pueden hacer pasar unos días divertidos pero desagradables a la vez”, anticipa.

Así que el planteamiento será ir “etapa a etapa” y ver cómo responde su cuerpo. “Me acoplaré, como siempre intento hacer, a un grupo que lleve mi ritmo para ir día a día y ver cómo responden mis hombros, la espalda, la bici... Según cómo vayan saliendo las cosas, si me voy encontrando cómodo, probablemente iremos de menos a más”, explica.

Chistian Silva descubrió el mountain bike del mismo modo que “todas las locuras que se me van ocurriendo en mi vida. Nunca había montado en bici, lo típico de niño, pero no me había picado nunca la curiosidad; siempre me habían gustado más las motos. Pero tras el accidente empecé a hacer cosas que no había hecho antes, como el karting, y que me resultaban bastante difíciles. Parecía que cuanto más complicado era algo, más me picaba la curiosidad”.

En esta intención de retarse a sí mismo llegó a su vida la bicicleta de montaña. “Todo el mundo me recomendaba la de carretera, porque no había tanto impacto, pero basta que me aconsejaran eso para que yo decidiera optar por la montaña”, bromea. “Fue muy duro, es de las cosas más complicadas que he intentado hacer hasta la fecha”, reconoce. “Era como darse contra un muro día tras día. Yo quería salir pero, al estar desarticulado de codo, cada piedrecita que cogía la rueda la sentía como un golpe de martillo. Era horrible. Tardé meses, muchos meses, en recorrer solo siete kilómetros”.

“A día de hoy lo pienso y no sé cómo no he tirado la toalla. Salía de casa y tras recorrer 500 metros ya me venía de vuelta, porque no podía más. Tenía que regresar andando porque el dolor era muy fuerte”, indica. El apoyo de su mujer fue clave en este proceso. “Siempre me ha ayudado mucho a llevar estos retos a cabo. No sé cómo hubiera actuado yo al revés porque llegaba a casa con unas lágrimas…”, reconoce. Pero fue ella la que le dijo:

–Sigue un poco más, que seguro que ya queda poco.

Fue como una premonición. “No sé qué pasó entonces, pero a partir de ahí empecé a hacer más y más kilómetros, y hasta llegué a hacer ‘Los 10.000 del Soplao’ y ya empecé a pensar en la Titan Desert, que es la prueba en la que todo ciclista quiere participar”, dice con ilusión.

Así que ni los pequeños problemas surgidos a causa de la pandemia –“no hemos podido tener la prótesis como nos gustaría, está un poco más larga de lo que debería”–, lo van a frenar. “Vamos a intentar adaptarnos lo mejor posible, siempre hay que pensar mejor en lo bueno, que lo malo ya vendrá solo”. Para el rosaleiro, que además será padre el próximo mes de marzo, se enfrenta a una aventura “muy diferente a la de 2018”, pero igual de ilusionado: “Es otro concepto, pero la esencia de la Titan se mantiene. La prueba promete ser preciosa. Mientras se mantenga esa esencia vamos a sufrir como nunca”, ansía. “Poner el cuerpo al límite y ver que lo has superado es lo que te deja ese gran recuerdo y tan buen sabor de boca. Es como subir un escalón más”.

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