Primoz Roglic miraba hacia atrás tras tomar la última curva junto al Santuario de Arrate, en lo más alto de Eibar. Miraba quizá para ver si aparecía, como si fuese una especie de fantasma, Tadej Pogacar, su pesadilla, el ciclista que lo desnudó de amarillo en un Tour que él y muchos creían que tenía ganado. Pero, a la vez, si alguien pensaba que el corredor esloveno había quedado moralmente tocado tras su derrota en Francia, qué equivocado estaba. Ya ha tomado el mando de la Vuelta, ya ha ganado la primera etapa y ya viste de rojo, para empezar y para demostrar que si se va a tragar todo el viento. todo el frío y todas las hojas caídas por las carreteras del norte de España es porque quiere sí o sí ganar esta carrera.

A él no le importa que las metas y las carreteras de la Vuelta estén tan desnudas de público como quedó el tras sucumbir ante Pogacar. Él es un sujeto frío, criado en la nieve y por lo tanto habituado a los peores elementos. Él tiene un equipo de Tour del que es el jefe, con magníficos ayudantes, a los que resulta casi un pecado llamarlos gregarios, como el estadounidense Sepp Kuss, un pedazo de corredor, que le hizo media subida a Arrate hasta que arrancó del resto de favoritos, entre los que iba Entic Mas, como si tuviera pólvora en las piernas. ¡Qué impresionante fue verlo en directo! ¡Cómo enfiló la última curva! Y ahí fue, a 75 metros de la línea de meta, cuando se giró para ver que ganaba, que nadie osaba seguirlo y que empezaba la Vuelta vestido, y no desnudo, con el mismo jersey rojo con el que el año pasado llegó a Madrid, cuando nadie llevaba mascarilla, cuando no había ninguna pandemia activa y cuando la Vuelta conectaba el agosto con el septiembre, entre temperaturas cálidas y sin hojas caídas por la carretera.

Entonces, a diferencia de ahora, había público en la carretera, espectadores vascos que subían a su santuario ciclista, aquí en Arrate, para animar a los corredores y de paso comprar dulces y patés a las Carmelitas Samaritanas, que cuidan del templo y que ahora se quejan de que nadie las visita y les cuesta sobrevivir.

Como sobrevivir será difícil en esta Vuelta para corredores como Chris Froome, ciclistas que quieren y no pueden, héroes del pasado con cuatro Tours, dos Vueltas y un Giro a sus espaldas, pero que se descuelgan del pelotón al primer acelerón importante. Froome parece cojear cuando se baja de la bici. Y es que el accidente del 2019 en el Critérium del Dauphiné fue tan grave que casi ha sido un milagro, hablando de santuarios, que vuelva a subirse a una bici y competir en una Vuelta donde a las primeras de cambio perdió nada menos que 11.12 minutos.