Nunca había querido irse del Barça, pero una vez tomada la decisión, con un profundo desgarro familiar, ya se veía fuera de su casa. "Cuando le dije a mi familia y mis hijos que me podía ir fue un drama. Todos se pusieron a llorar", admitió Leo Messi, que termina quedándose contra su voluntad porque, como él mismo reveló en una entrevista concedida ayer a Goal, "jamás iría a juicio contra el club de mi vida y al que amo. Es una locura". Se queda, sin querer quedarse. Obligado a quedarse. Ya se había ido y le hacen volver.

Por eso, ha tenido que deshacer el camino andado acusando al presidente Josep Maria Bartomeu de "incumplir su palabra" y justificando el envío del burofax para comunicarle su deseo de marcharse del Barça "porque no le daba bola". Se lo había dicho muchas veces en privado, pero el presidente jamás le hizo caso. "Le dije al club, sobre todo al presidente, que me quería ir. Se lo llevo diciendo todo el año. Creía que era el momento de dar un paso al costado. Creía que el club necesitaba más gente joven, gente nueva y pensaba que se había terminado mi etapa en Barcelona sintiéndolo muchísimo, porque siempre dije que quería acabar mi carrera aquí. El presidente siempre me dijo: 'Cuando acabe la temporada decides si te quedas o te vas'. Nunca puso fecha y, bueno, simplemente el burofax era hacerle oficial al club que no seguía, pero no para entrar en una pelea porque yo no quería pelearme con el club. Yo pensaba, y estábamos seguros, que quedaba libre", dijo Messi en la entrevista.

"El presidente siempre dijo que a final de temporada yo podía decidir si me quedaba o no, y ahora se agarran a que no lo dije antes del 10 de junio cuando resulta que el 10 de junio estábamos compitiendo por la Liga en mitad del virus este de mierda y esta enfermedad que alteró todas las fechas", añadió el astro argentino.

El futbolista explicó que "la decisión llevaba pensándola mucho tiempo. Se lo dije al presidente y él siempre dijo que yo a final de temporada podía decidir si me quería ir o me quería quedar, y al final terminó no cumpliendo su palabra. El presidente nunca puso fecha. No lo dije antes del 10 de junio porque, repito, estábamos en mitad de las competiciones y no era el momento".

El próximo 1 de enero, Messi es dueño, ahora sí, absoluto de su destino, y quedará libre para irse donde quiera. Y gratis porque no renueva como quería Bartomeu, quien logró retener al capitán, atrapado como quedó porque no quería acudir a la batalla judicial. Sentía Leo que la cláusula (replicó Jorge Messi, su padre y agente, a la Liga) le permitía irse libre. "Estaba seguro de que me podía ir. Y ahora se agarran a que no lo hice antes del 10 de junio, pero estábamos compitiendo por todo este virus de mierda", se quejó el capitán.

Pero ni la estrella, que ya "había dado por terminada su etapa en el club" porque, además, "creía que era el momento de dar un paso al costado", ni tampoco el Manchester City, después de que Messi llamara a Guardiola, han querido enredarse en un imprevisible conflicto judicial sobre la cláusula de 700 millones de euros. En dos ocasiones renegó de Argentina. Y en ambas volvió. En una maldijo al Barça, pero su sentimiento le hizo abandonar la "locura" judicial. Muy a su pesar, continúa. Sigue, pero apunta y señala a Bartomeu, a quien acusa de no respetar la palabra que le dio. Justo ahora, 20 años después de su llegada, cuando tomó la segunda decisión más trascendente de su vida (la primera, con apenas 13, fue decirle a su padre que él no regresaba a Argentina), se siente utilizado por el dirigente.

En todo momento, Messi ha querido disociar la figura del Barça de la de Bartomeu, el presidente que le ha retenido amparado en el contrato, aprovechando el errático plan legal trazado por los asesores del jugador. Habló Leo, proclamando su verdad, con sencillez (estaba en chanclas en su domicilio) y calla, de momento, el dirigente, al igual que toda la junta. No ha hecho ni un solo comunicado el Barcelona en estos 10 días desde que recibió el burofax, documento legal para certificar su voluntad. ¿Bartomeu? Se siente ganador, tras haber dominado el pulso con la estrella, el primero que le gana, elevando así su sensación de autoridad.

El desencuentro larvado desde hace muchos meses se ha transformado ya en un divorcio irreparable. El presidente respira aliviado porque no pasará a la historia como el que dejó marchar a Messi. Pero sí, en cambio, con el que se enfrentó Messi con unos niveles de dureza jamás visto antes, revelando las grietas que presidirán ahora los últimos meses de tan compleja e imprevisible relación. Con el panorama electoral, a la vuelta de la esquina, entregando Bartomeu todo el poder del vestuario a Koeman, obligado este a seducir ahora a un nuevo Messi, quien encara su último año de contrato en un escenario que jamás imaginó. Está en su casa, donde ya no quería estar. Con City, Paris SG, Juventus y los grandes clubs aguardando pacientemente en el mercado a partir del 1 de enero para ficharlo gratis.

Planificación caótica

Messi se queda, pero antes de entrar en la ciudad deportiva de Sant Joan Despí ha querido desnudar la caótica planificación deportiva de un club que tendrá tres entrenadores en un año (Valverde, Setién y Koeman) tras ver desfilar a cinco secretarios técnicos en el último lustro (Zubi, Robert, Pep Segura, Abidal y ahora Planes). "Aquí no hay proyecto ni nada. Se van haciendo malabares y van tapando agujeros a medida que van pasando las cosas", denunció el capitán, quien le recordó, y en varias ocasiones, a Bartomeu "que en este último año no encontré la felicidad dentro del club". La felicidad de Bartomeu era que Messi no saliera del Camp Nou. Y menos al City de Guardiola o a un rival directo de la Champions.

El capitán ya no se fiaba del presidente. Ahora, menos. Y ya ha dejado de hablar con él. Ahora todo lo que le decía en privado lo ha trasladado al plató global del mundo escenificando una ruptura que les perseguirá a ambos en estos meses finales de convivencia. "Yo no quería pelearme con el club", argumentó Messi, quien cuando pise la ciudad deportiva verá un Barça nuevo, con Koeman, sin vacas sagradas, con Coutinho y Bartomeu de presidente.