03 de diciembre de 2019
03.12.2019
baloncesto

"Era imposible que Dios se hubiese muerto"

Hoy se cumplen treinta años del accidente de tráfico que acabó con la vida de Fernando Martín

03.12.2019 | 01:01

Aquel 3 de diciembre llovía y el Real Madrid se preparaba para jugar un partido de Liga contra el CAI Zaragoza cuando la noticia llegó al vestuario: "Ha muerto un jugador del equipo". Nadie sabía de quién se trataba, por lo que la llegada de cada uno de los integrantes de la plantilla que entrenaba George Karl se recibía con absoluta angustia. "Fue como una ruleta rusa", ha confesado Fernando Romay en alguno de los reportajes recientes que se han hecho en televisión. Cuando entró en el vestuario Quique Villalobos la tragedia se confirmó. Fernando Martín acababa de estrellarse en la M30 con el Lancia Thema que se había comprado después de que Romay lo rechazase porque "corría demasiado".

Han pasado 30 años desde aquella tarde de finales de 1989 y la noticia, aún ahora, sigue impactando en la memoria de los aficionados. Martín era uno los primeros iconos que había creado el deporte español y su inesperada muerte tuvo un efecto devastador en quienes le conocían y en los miles que le habían visto partirse la cara día tras día en una cancha de baloncesto. "No me lo podía creer. Para mí era Dios y es imposible que Dios se muera", explicaba recientemente Quique Villalobos en el documental que Movistar había hecho sobre la figura del primer jugador español que se atrevió a cruzar el Atlántico para aventurarse en la NBA. Un momento crucial para el deporte español, un paso que casi todo el mundo le desaconsejó pero que sirvió para quitarse miedos de encima y de paso mostrarle el camino a las brillantes generaciones que vinieron detrás. Era el segundo europeo no formado en un universidades norteamericanas, tras el búlgaro Georgi Glouchkov, que se adentraba en ese universo desconocido. Aceptó un sueldo inferior al que percibía en España y soportó situaciones que en otro momento le hubiese hecho estallar. Pero tragó porque necesitaba medirse a los mejores, ver de qué era capaz, aprender, experimentar. Nunca lo quiso ver como un fracaso sino como un examen que aún no estaba preparado para aprobar.

Tras pasar en 1987 por los Trail Blazers, donde no llegaron nunca a entenerle, Fernando Martín había vuelto a Madrid para vivir los años de los duelos antológicos contra Audie Norris y para compartir vestuario y relación tormentosa con Drazen Petrovic. Dos gallos de pelea encerrados en una jaula, incapaces de resignarse ante el otro, de entregar el dominio de su tribu. Un tiempo maravilloso que permitió al baloncesto pelear en niveles de audiencia con el fútbol. Aquella segunda etapa en el Real Madrid le trajo pocos títulos pero afianzó su figura, su carácter, su leyenda. Incluso se había convertido en un referente para la prensa del corazón debido a su relación con Ana Obregón, lo que también había endurecido aún más su carácter. Era educado, correcto, pero también cortante y seco cuando alguien se adentraba donde no quería. Se comportaba en la vida como si estuviese defendiendo la zona. Pero aquel 3 de diciembre de 1989 todo se acabó de repente. Tenía muchos planes en mente, retos interesantes por delante. El Real Madrid, la selección, los Juegos de Barcelona de 1992, tal vez otra experiencia en la NBA...Con 27 años se marchaba uno de los grandes. Su funeral, con la plantilla del Barcelona rindiéndole un emotivo homenaje en el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, es otra de esas escenas que aún estremecen ahora. George Karl, el entrenador americano que dirigía al equipo blanco y que tuvo que lidiar con aquella dolorosa situación, describe aquellos días como "los más emotivos de mi vida". Solo tres días después de enterrar a Martín, el Real Madrid recibió al PAOK en la Recopa. Los responsables del club se plantearon suspender el partido, pero finalmente se disputó porque "a Fernando le molestaría que no jugáramos". En un partido extraño presidido por la camiseta con el 10 que descansaba sobre una silla del banquillo y tras ser vapuleado en una primera parte, el equipo blanco atropelló a los griegos después del descanso empujado por un pabellón que gritaba enloquecido "Fernando, Fernando". Han pasado "solo" treinta años de aquella tarde que hizo estremecer al deporte español y el mito sigue tan vivo como entonces.

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