10 de junio de 2019
10.06.2019

Muérdela otra vez, Rafa

Nadal conquista el trofeo parisino por duodécima vez al derrotar al austriaco Dominic Thiem por 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1 en un partido que duró apenas tres horas

10.06.2019 | 01:37
Rafael Nadal cumple la tradición y "muerde" el trofeo de campeón. // Kai Pfaffenbach

No por repetida, la emoción fue igual o superior a las once veces anteriores. Como si fuera la primera vez, y ya han pasado quince años, Rafael Nadal Parera se tiró sobre la tierra de la central de Roland Garros para celebrar un nuevo título en París, el duodécimo, el decimoctavo grande y el 82 de su carrera. Se impuso al austriaco Dominic Thiem por 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1 en tres horas y un minuto. Una gesta sin precedentes en la historia del tenis, ya que se convierte en el primer jugador en conquistar doce veces el mismo título.

Y es que Nadal, y la historia no es nueva, se ha reencontrado con el éxito tras otro año marcado por las lesiones. En 2018 jugó solo 49 partidos, uno más que en 2012,su peor año en este capítulo, por sus constantes lesiones en las rodillas. Tanto parón, que se prolongó en Indian Wells al tener que retirarse antes de disputar las semifinales con Federer, lo acusa más ahora, superada la treintena. De ahí que su temporada de tierra hasta llegar a París no haya sido la más brillante, con un único título en Roma.

El título sabe mejor si es en Roland Garros y se ha conseguido ante un rival como Dominic Thiem, un auténtico gladiador en la pista, ya sin discusión el primer candidato a tomar el relevo de Nadal en la tierra batida. Es un jugador fabricado para jugar en arcilla. Conoce todos los mecanismos del juego en esta superficie, con una gama de golpes a cuál mejor. Una derecha prodigiosa, un revés a una mano a la altura de Federer o Wawrinka y un juego de fondo sólido. Pero todavía no le basta ante un jugador de otra dimensión, como no habrá otro en varias generaciones, si es que lo llega a haber. Si está bien, y lo está casi siempre en junio, funciona como un reloj. Puntual a su cita, se transforma cuando juega en el grande de tierra. Y ayer lo volvió a demostrar con creces con una gran exhibición.

Thiem cayó como una fruta madura. Jugó un primer set de alta escuela, con golpes extraordinarios que le hubieran dado la victoria ante cualquier rival. No ante el mejor tenista de la historia sobre tierra batida. El primer parcial es para enseñar en las escuelas de tenis, con puntos que levantaron al público de sus asientos. Thiem sabía que debía imprimir un ritmo fuerte al comienzo para intentar minar la moral de su rival. Por eso jugó a toda velocidad, como si cada pelota fuera la última del partido. O de su vida.

En el primer set ambos tenistas se pegaron un buen tute. Thiem se puso por delante en el quinto juego al romper el servicio del manacorí. Pero este impidió a las primeras de cambio que se envalentonara y rompió a su rival al siguiente juego. Sería el primero de cuatro consecutivos que le iban a dar el set (6-3). Thiem seguía necesitando tres sets, pero con casi una hora en pista. Parecía demasiado, incluso para él, el claro sucesor de Nadal en tierra.

Empezó el segundo set. Thiem debía cambiar algo porque cada punto era una batalla que algunas veces ganaba pero muchas perdía. Necesitaba picar piedra para sumar ante un Nadal con ocho años más, pero que llegaba a la final más fresco de piernas. Ambos parecieron darse una pequeña tregua, conservando cada uno sus servicios. A Nadal se le veía a gusto en la pista ante un rival que esperaba su momento. El de Manacor solventaba sus saques con una pasmosa facilidad (tres en blanco, el cuarto, el sexto y el décimo de este parcial). Pero en el duodécimo, dos pelotas que se fueron largas dieron el set a Thiem (7-5). Era la primera vez que le ganaba un set en Roland Garros en su cuarto partido aquí. Y el segundo parcial que cedía Nadal en todo el torneo.

Como herido en su orgullo, Nadal, que sumó su victoria 93 en el grande de tierra, por solo dos derrotas, empezó el tercer set como un auténtico ciclón. Tanto que Thiem necesitó doce pelotas para sumar su primer punto. De poco le sirvió porque en un plis plas se puso 3-0. Thiem parecía definitivamente entregado. Debía escalar el Everest para llevarse la victoria, cada vez más lejos. Además, y a diferencia de los tres sets anteriores, se le veía desquiciado, protestando cada punto y dirigiéndose, diciéndole no se sabe qué, a su entrenador, Nicolás Massú. Nadal, que ha sumado su victoria 260 en un Grand Slam, ha tenido que superar una pelota de break en el primer y tercer juego del cuarto y definitivo set. Un susto remediado al juego siguiente al romper el servicio de su rival. La forma cómo celebró el 5-1, al romper a su rival, era la mejor señal de que la victoria no se le escapaba.

Nadal, que se embolsa 2.300.000 euros por su nuevo triunfo en París, engrandece todavía más su leyenda. Ha ganado con 19, con 25 y con 33 años, en tres décadas diferentes. Una gesta solo al alcance de unos pocos elegidos. No se vislumbra el final de este gran campeón, al menos en tierra. Por calidad, por ambición, por ser más competitivo que nadie. Le gusta jugar. Le chifla ganar. La fórmula perfecta para alcanzar el éxito. Larga vida al campeón. Un campeón inigualable.

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