10 de febrero de 2017
10.02.2017
LIBRE DIRECTO

El penalti de Losada

" Mendizorroza fue parte de ese proceso de aprendizaje que viven unos y otros y que ojalá se prolongue durante mucho más tiempo"

10.02.2017 | 02:06
El penalti de Losada

"Este equipo aún es muy joven". Lo dijo Berizzo, a modo de advertencia, mientras sus jugadores lloraban y maldecían en el vestuario, los escarabajos llenaban las redes sociales, Estudio Estadio profanaba un día más su historia, el PP de Vigo se pegaba otro tiro en el pie y Florentino Pérez elegía el alicatado que se llevará la próxima temporada en el Bernabéu. La de cosas que suceden durante una simple rueda de prensa. La frase del entrenador del Celta me recordó un episodio que todo aficionado del Espanyol mayor de 35 años lleva grabado a fuego: Leverkusen. En 1988 el equipo entrenado por Javier Clemente se jugó la Copa de la UEFA en la tanda de penaltis ante el Bayer después de desaprovechar el 3-0 que había conseguido en la ida jugada en el viejo Sarriá. El último penalti lo lanzó Sebastián Losada, que apenas tenía 19 años y a quien Clemente había puesto el apodo de Pipiolo. "Pégale fuerte", le había pedido. Pero el balón salió como un cohete en dirección al cielo alemán. Las imágenes que vinieron a continuación son historia del fútbol. Eran los tiempos en los que los periodistas poco menos que entraban en el campo a rematar los saques de esquina. El micrófono de Televisión Española entrevistaba a los jugadores que lloraban sobre el césped como Zúñiga o que reflexionaban con frialdad y toneladas de autocrítica como Gallart. Y en estas, en medio de un mar de cámaras y de micrófonos, apareció en pantalla Losada. Estaba deshecho, no podía articular palabra. Le acompañaba Orejuela, el capitán del equipo, que le repetía con los micrófonos a un palmo, como si aquello fuese una declaración televisada: "No llores Sebas, no llores, que te queda mucho. Eres muy joven todavía".

Orejuela, un tipo forjado en la Segunda División, tenía razón. Losada regresó a Madrid tras el año de cesión, ganó títulos y fama, fue internacional e incluso en el ocaso de su carrera pasó por el Celta para derramar en el Vicente Calderón las lágrimas que aún le quedaban pendientes de Leverkusen.

Sirva el ejemplo de Losada como consuelo en esta hora en la que el Celta añade otra fecha negra en su historia y sus aficionados buscan respuestas que nadie puede ofrecer. Conviene hacer algo de memoria. Hace ahora un año el equipo se despedía de la Copa del Rey en las semifinales y en los días posteriores a aquella derrota, Berizzo avisó de la necesidad de levantarse con la idea de volver cuanto antes a vivir una situación simular. En aquel instante parecía una de tantas frases bien construídas que solo tenía por objeto servir de anestesia para el dolor. Pero la cuestión es que solo tardó doce meses en llegar la oportunidad. Algo asombroso para un equipo que en su historia únicamente había llegado diez veces a esas alturas de competición.

Ahora toca dar el siguiente paso: no equivocarse en el modo de gestionar una cita semejante. Contra el Sevilla la eliminación llegó por un arranque descontrolado de pasión; contra el Alavés, por un exceso de freno. Encontrar la velocidad justa, moverse en ese alambre, son de esas cosas que le quedan pendiente a este Celta y también a Berizzo, que, no lo olvidemos, también es un técnico joven, que vive su primera experiencia en Europa y que aprende cada día de la mano de su plantilla a ser mejor entrenador. Mendizorroza fue parte de ese proceso de aprendizaje que viven unos y otros y que ojalá se prolongue durante mucho más tiempo. Este cuento salió cruz por muchos motivos al margen de los evidentes merecimientos del Alavés y la pérdida de identidad del Celta en buena parte de la eliminatoria: un remate violento al palo, un dedo de Pacheco, un mal cálculo de Roncaglia un pase precipitado, un mal control...el fútbol son demasiadas cosas reunidas en noventa minutos. El Celta ha mandado demasiadas veces el penalti al cielo de Leverkusen, pero parece haberse aprendido el camino para llegar allí y eso vale un mundo. Demasiadas veces a lo largo de su historia la puerta se le ha cerrado en las narices, pero Berizzo insiste en llamar convencido de que tras ella hay alguien esperando el momento para abrirla. Y de eso se trata, de no cansarse de aporrear esa maldita puerta.

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