Si se analizan las copas de Europa de los últimos años se constata que al Madrid siempre le ha costado un poco menos erigirse campeón. Entiéndase esta afirmación desde el punto de vista de las sensaciones y no desde la perspectiva económica, donde los blancos han gastado más que nadie para volver a conquistar el cetro europeo; pero cuando para otros equipos la conquista de la Liga de Campeones era el colofón a una etapa gloriosa, para el Madrid se ha convertido en un capítulo aparte, sin conexión aparente con el devenir de la temporada. Un guiño aislado del destino. La séptima (1998), la octava (2000), la novena (2002) y la décima (2014) tienen un factor común: el Madrid las ganó cuando su papel en la Liga española no había cubierto las expectativas. Incluso se había quedado fuera de las dos primeras posiciones.

La final de Lisboa volvió a incidir en cuestiones que, por repetidas, forman parte de la tradición blanca: una fe inquebrantable en que, aun en un día sin demasiado acierto, el Madrid volverá a sonreír al final del partido. Al empaque en este tipo de encuentros hay que sumarle la gestión inteligente de los recursos de Ancelotti después de un pobre planteamiento inicial.

Un equipo de momentos. Ancelotti ha construido un equipo en el que el argumento principal no siempre ha sido sólido. No es que no haya mostrado regularidad todo el año, sino que en cada partido pasa por distintos estados de ánimo. De la sonrisa al llanto en cuestión de un par de jugadas. Eso sí, sin las estridencias de temporadas recientes. En Lisboa el equipo estuvo ausente durante 60 minutos. A Khedira le faltaron kilómetros en las piernas para llegar en plenitud de condiciones, mientras que algunos compañeros les sobraron batallas. Cristiano se convirtió en una versión light, reducido su genio a algún truco a balón parado. Benzema resguardó su frío carácter en el congelador y Bale construyó su propia historia entre algunas torpezas, muchas pérdidas y una cita con la gloria. Sin la brillantez de los tres de arriba, al Madrid se le hace todo más difícil.

Tras el gol de Godín en un fallo clamoroso de Casillas el castillo de naipes de Ancelotti se desmoronó. Los blancos apenas encontraron rendijas ante el muro de Courtois. Había que introducir nuevos agentes en el juego para que cambiaran las reglas. Y Ancelotti respondió.

La mano del italiano. La ausencia de Alonso hizo arrancar a Ancelotti algunas importantes páginas de su libreta. Todo el contenido relativo a la salida del balón y el equilibrio en el centro del campo se fue al garete. El italiano optó por Khedira, sacrificando a Illarramendi en una decisión difícilmente entendible. Lo de Varane por Pepe sí salió según lo esperado. Antes del gol de Godín, el Madrid apenas mandaba. Después se le vio indispuesto.

Marcelo e Isco fueron las soluciones al problema. Con el brasileño el equipo ganó en profundidad; con el malagueño, control. Descaro, en ambos. En un partido tan oscuro, en blanco y negro, unas pinceladas de color. La influencia de los dos fue instantánea. Los pasos atrás del Atleti contribuyeron a ello.

El cabezazo del capitán en la sombra. Y, por supuesto, Sergio Ramos. El andaluz ha dado un paso adelante esta temporada, no sólo en el terreno de juego. Cuentan en el club blanco que Ramos llevaba un mes apretando las tuercas a sus compañeros de cara a Lisboa. La Liga de Campeones se había convertido en una obsesión para el central más o menos cuando lanzó a las nubes su penalti ante Neuer en las semifinales de hace dos temporadas. Con Casillas en una eterna pelea por hacer valer sus méritos, Ramos ha crecido hasta convertirse en el líder espiritual del vestuario.

Apareció en los dos momentos clave de la temporada. En Múnich, para frenar al Bayern de Guardiola, y en Lisboa, para evitar la que hubiera sido la derrota más dolorosa de la historia blanca. Siempre a base de cabezazos. Con una fe inquebrantable. La décima es la copa de Sergio Ramos.

Un conjunto de atletas. Lo dijo Guardiola tras el choque en el Bernabeu, y alguno se lo tomó como una sutil crítica. "El Madrid está formado por atletas", dijo. Dio en el clavo. Se pudo comprobar en la prórroga. Al Atlético el mazazo moral se le acumuló sobre las cicatrices de una temporada exigente. El Madrid, también mermado, tiró de bombona de oxígeno para llegar más entero. Influyó, por supuesto, que Simeone hubiera malgastado un cambio a los 8 minutos. Pésima gestión la del "caso Costa".

En la escudería blanca destacó Di María, por quien apostó Ancelotti en verano antes que por Özil, en una decisión con muchos detractores. Un pedazo de la "orejona" es del velocista argentino.