Jean Francois Bernard, aquel 5 de junio de 1988, cruzó la línea de meta en octava posición a más de nueve minutos del ganador de etapa. Una eternidad. Alguien le echó una manta por encima y comenzó a frotarle la espalda para calmarle la tiritona. El francés, tradicionalmente esquivo, se acercó a los micrófonos que había cerca de él para dejar uno de esos mensajes que permanecen en el recuerdo con el paso de los años: "Ojala los organizadores se vayan al infierno ya que parecen conocerlo bien? esta etapa ha sido inhumana". Y desapareció en busca de una ducha caliente.

El mensaje de Bernard tenía un destinatario, Vincenzo Torriani, el director del Giro de Italia, el hombre que esa mañana en Chiesa Val Malenco tomó la decisión de que los corredores cumplieran con el recorrido previsto pese a la amenaza de tormenta de nieve que les esperaba en el Gavia. Torriani era famoso por sus "recortes" de etapa, por la modificación de recorridos sobre todo cuando se trataba de proteger las opciones en la general de un corredor italiano, pero en aquella edición estaba algo preocupado por las bajas audiencias televisivas pese al extraordinario cartel de la carrera (Hampsten, Delgado, Breukink, Lemond, Bernard, Sorensen, Saronni. Visentini, Giuponni, Chioccioli, Giovanetti...) Torriani quería épica y sabía que en lo alto del Gavia, a más de 2.600 metros, la encontraría. Por eso rechazó las peticiones de quienes le pedían que evitase el paso de los corredores por el colosal puerto que no se subía desde 1960. Se había asfaltado casi en su totalidad -seguía existiendo un tramo de tierra- y el Giro de Italia había incorporado un puerto de leyenda en el que el problema no es tanto la pendiente sino la altitud. La etapa era corta, explosiva, de apenas 120 kilómetros. Antes del Gavia solo tenían que superar la tendida ascensión hasta Aprica. Aunque se esperaba movimiento en una jornada nerviosa, el temporal lo cambió por completo para proporcionarle a la historia una etapa de otro tiempo, un día que convirtió en héroes a todos los que cruzaron la línea de meta en Bormio. Sus vidas deportivas quedarían marcadas para siempre por culpa de aquellos últimos cuarente kilómetros, los veinte de subida al Gavia y sobre todo los veinte del descenso a Bormio, donde las escenas dramáticas se multiplicarían y de las que apenas existen imágenes porque los helicópteros de la televisión no podían volar y las motos en las que iban los fotógrafos trataban como buenamente podían de llegar a la meta y ponerse a buen recaudo.

La jornada arrancaba con Chioccioli como líder con medio minuto de ventaja sobre Zimmermann y casi un minuto por delante de Visentin. Hampsten, Bernard, Breukink, estaban a cerca de dos minutos. Todo cambiaría por completo y el Giro daría un vuelco decisivo.

En Aprica comenzó el movimiento mientras al pelotón seguían llegando noticias inquietantes de lo que les aguardaba unos kilómetros más adelante. Miradas y preguntas en dirección a Torriani, inflexible en su decisión de seguir. Ninguna de aquellas predicciones se ajustaba a la situación que había en el Gavia. Los primeros fugados de la jornada fueron cazados a pie de puerto. En ese momento el holandés Van der Velde atacó poco antes de que el grupo se adentrase en el tramo sin asfaltar. La tierra, mezclada con la nieve, había convertido en un barrizal el camino hacia la ruta. Los ciclistas comenzaron a olvidarse de correr agrupados. Cada uno a lo suyo. Entraron en el tramo de asfalto, pero la situación no dejaba de empeorar. Cada vez nevaba de forma más copiosa, los ciclistas trataban de aprovechar los surcos que dejaban los neumáticos de los coches en las carreteras para poder controlar las bicicletas con más facilidad y los gestos de sufrimiento comenzaron a multiplicarse. El problema ya no era el frío -la temperatura era de un par de grados bajo cero- sino la ventisca que multiplicaba la sensación térmica.

Lo peor aún estaba por llegar. Sucedió después de coronar el Gavia. El descenso fue una absoluta odisea porque al incrementar la velocidad se disparaba la sensación de frío. Hubo corredores prudentes que se abrigaron como si fuese al polo, pero otros apenas tenían ropa. Van der Velde fue uno de ellos. Coronó con cerca de dos minutos, pero fue incapaz de vencer a las tiritonas que le dejaron bloqueado por completo. Desesperado se bajó de la bicicleta y se metió en una de las caravanas que había aparcadas en la cuneta hasta que el cuerpo recuperó un poco de temperatura. Llegó a la meta a más de cuarenta y cinco minutos del vencedor. El "7 Eleven" de Hampsten fue el que mejor organizó el descenso. En la cima tenían preparado de todo para que los ciclistas bebiesen y se vistiesen antes de afrontar el descenso. Pero nadie se libró del drama. A las bicicletas, por culpa del hielo, se le congelaba el cambio y las manos de los ciclistas eran incapaces de accionar los frenos. Cada uno llegó como pudo a Bormio. Hubo corredores que se metieron en los coches de equipo y solo se bajaron de ellos a un par de kilómetros de la meta. Las escenas fueron tremendas. Bernard estalló contra la organización pero otros no tenían ni fuerzas para ello. Se tapaban con lo que podían, lloraban, se desmayaban y como buenamente podían eran conducidos al autocar. La organización no descalificó a nadie, no podía hacerlo en aquellas circunstancias. 139 ciclistas acabaron aquella etapa, unos héroes. Hampsten y Breukink dejaron aquel día el Giro en un mano a mano resuelto finalmente a favor del americano.