Los equipos que pisan el Ciudad de Valencia aceptan sin rechistar la ley de Caparrós. El de Utrera ha convertido el campo del Levante en la visita al dentista de la Primera División. A nadie le gusta y la mayoría la borrarían de su agenda sin dudarlo. El gran logro del entrenador es haber convencido a sus rivales de que no hay otro partido posible, que allí no hay otra que aceptar sus reglas. "Aquí se juega a lo que yo digo" le falta poner en la puerta de los vestuarios como advertencia. Y los equipos tragan. Incluso los grandes como el Real Madrid y el Barcelona se han visto arrastrados esta temporada a la trinchera en la que el Levante pelea por su destino. Caparrós ha construido un equipo para eso, le ha dado una personalidad muy reconocible y disfruta viendo caer en su trampa a la mayoría de equipos que pasan por el estadio. Hasta que ayer llegaron el Celta y Luis Enrique. "Juguemos al fútbol, divirtámonos" pareció proponerle el asturiano a Caparrós. Y los vigueses, de la mano de una alineación impredecible consiguieron lo impensable: llevar al Levante a la clase de partido que no suele jugar, un intercambio de golpes permanente que podía haber terminado con un resultado de verdadero escándalo. El Levante no tuvo más remedio que jugar el partido que, con matices, quería el Celta. Ese es el gran triunfo de Luis Enrique, conseguir que su equipo mantenga su plan y no pierda su esencia independientemente del rival que tenga enfrente. Ayer ganó con justicia, pero también pudo no hacerlo en medio de la locura en la que se instaló el partido. No hubiese sido justo, pero es el riesgo inherente a este estilo.

rigidez contra dinamismo

El Levante, en sus conceptos tan básicos, es un rival muy complejo. Es un equipo rígido en sus conceptos, con gente siempre firme en sus posiciones, consciente de que perder el orden equivale a dejar de respirar y que los partidos caen de un lado u otro en función de simples detalles. Por eso le gusta jugar a pocos goles, prescindir de la posesión, abreviar el juego, utilizar el envío largo con frecuencia e ir a muerte en el balón parado. Ante esto el Celta jugó a todo lo contrario, a ser dinámico. Luis Enrique echó mano de una alineación sorprendente en la que el medio del campo fue esencial. Formó dos parejas (Madinda-Nolito en la izquierda; Augusto y Orellana en la derecha) que intercambiaron posiciones, se movieron con una alegría extraordinaria y siempre se ofrecieron como solución a Fontás, en el eje del equipo. Acostumbrados a jugar a otra cosa, el alboroto desquició al Levante que no se enteró en todo el primer tiempo de lo que estaba sucediendo. Caparrós ni mascaba chicle. El Celta sacó por completo al Levante de su escenario ideal. Le jugaba en corto y a la siguiente en largo; empezaba las jugadas en una banda y las acababa en la contraria; los laterales subían de repente y generaban una superioridad enorme. Los de Luis Enrique se adelantaron en el marcador y lo extraño fue que no resolviesen el partido en el primer tiempo. Era la solución lógica a lo sucedido en esos 45 minutos en los que el Celta atropelló a un Levante que no tuvo nada a lo que agarrarse.

la defensa

Luis Enrique cambió también la defensa casi por completo convencido de que, por mucho que jugase, no podía conceder nada en las jugadas a balón parado, en los pelotazos largos que tarde o temprano llegarían. Por eso echó mano de todos los antiaéreos que tenía a mano. Cabral e Iñigo López en el centro; Aurtenetxe en la izquierda, Fontás en el medio... Y el Celta pudo fallar en otros aspectos, pero no concedió ni un remate en los saques de esquina o faltas en contra. No era así hace unos meses. Otra prueba de que el equipo evoluciona y madura.

Caparrós cambia

En el descanso Caparrós comprendió que no iba a meter en vereda al Celta y que tenía que meterse en el partido que le había propuesto Luis Enrique. Su equipo insistió y creó problemas en un tramo del segundo tiempo en el que el Celta no fue capaz de tener la posesión y sobre todo sacarla con la tranquilidad del primer tiempo. Tuvo que aparecer entonces la figura de Yoel que rescató al equipo en sus peores momentos, cuando más sufría Jony -imperial en el primer tiempo- y el Levante pisaba el área con más futbolistas. Diez minutos sobre todo en los que todo pudo estropearse y en los que el medio del campo debió oxigenarse antes.

la locura

Lo que no detuvo el Celta fue su producción de ocasiones en el segundo tiempo. Infinita. Hasta ocho situaciones cómodas tuvo para aniquilar el partido. Tan plausible como criticable. Con semejante abanico de oportunidades es incomprensible no haber matado el partido y evitado sustos. El acierto también hay que pedirlo, reclamarlo y censurar cuando se dilapidan situaciones claras. El muestrario de ayer es interminable.

hugo mallo

Cuesta entender las razones que Luis Enrique encontró para enviarle al banquillo. Jony hizo un gran primer tiempo, pero la entrada del marinense en la segunda dio un aplomo al Celta que le estaba faltando en esa banda.

las contras del levante

Lo más criticable del notable Celta de ayer es que en los últimos diez minutos, en el momento en que más temple debía tener, concediese contras al Levante en los saques de esquina a favor. Por momentos parecía que los vigueses eran los que necesitaban encontrar el gol para empatar. Ese sí fue un error importante, el más grande en la tarde en que patearon la pizarra de Caparrós.