En tiempo de Oscars, anoche se rodó un remake del Milan-Barça, con idéntica diferencia de goles. Si Coentrao está a punto de marcarte un gol, tienes un grave problema. La vuelta de semifinales confrontaba dos certezas: los barcelonistas carecen de entrenador y los madridistas jugarían mejor si no lo tuvieran. Messi despertó el encuentro y Ronaldo lo vació de contenido. El billarista argentino inauguró su maletín de efectos picando el balón, en una curva estrambótica desde un ángulo inverosímil del verde tapete. Efectista pero estéril, en sintonía con un Barça cuya cocción de los rivales a fuego lento ha degenerado en una retórica ensimismada. Juega delante del espejo.

Un Ronaldo embravecido eligió a continuación la vertical, vigilada también retóricamente por Piqué. El defensa teme más al portugués que a una regañina de Shakira o a un espía de Método 3. A propósito, y abusando de la libertad que permite esta ignorante crónica, el madridismo debería equilibrar la preeminencia barcelonista en la prensa rosa, propiciando que algún jugador merengue entable "una amistad entrañable" con Corinna. El Madrid soberanista de anoche reclama una princesa a su altura.

Piqué cometió el penalti del miedo. Ronaldo prefirió caer en el área como el miliciano de Capa a porfiar en una carrera incierta. Derribo claro, aunque menos que el aplastamiento de Pedro a cargo de Xabi Alonso. La venganza en el fútbol es un plato que se sirve caliente, o el partido acaba antes de consumarla. En cambio, el Barça dejó transcurrir el tiempo del desquite sin lavar la afrenta. Allí labró su humillación, que no se plasmó antes por la indecisión madridista.

Al Madrid soberanista le costó convencerse de que contaba con una oportunidad única de golear en el Camp Nou. Hasta que empezó a marcar en serie, se comportó como si el resultado ocultara una bomba de relojería, que fuera a estallarle en una patada refleja del Messi adormilado. La inseguridad resulta comprensible, la historia reciente del madridismo acumula demasiadas desilusiones a manos del Barça.

Actores avezados, los equipos preservaron sus roles al margen de la goleada. El Barça imitaba al galán avejentado que ya ha pasado por todas las vicisitudes del juego, y que trata de disimular sus primeros síntomas de decrepitud como Cospedal disimulaba el contrato de Bárcenas. En cuanto al Madrid, su triunfo soberanista le sorprende porque continúa sin profesar ninguna estética. Sin embargo, su insistencia en golpear contra el muro gozó de mejor recompensa que Sísifo. El Barça contratará ahora a un entrenador, y el madridismo puede relajarse ante el trámite liguero del Bernabéu.