Armando Álvarez / J. Lores (enviados especiales a Bremen)

Goles

1-0 Min. 47: Hugo Almeida se adelanta a Esteban y cabecea a puerta vacía.

2-0 Min. 61: Fritz roba un balón, regatea al central y marca.

Árbitro

Stefano Farina (Italia). Asistido en las bandas por Nicola Nicoletti y Luca Maggiani.

Incidencias

Encuentro de vuelta de los octavos de final de la Copa de la UEFA. Resultado en el choque de ida: 0-0. Casi lleno en el Weser-Stadion (el lígero vacío, por motivos de seguridad), con un centenar de hinchas célticos. Césped algo irregular, con ligeras calvas como secuela del invierno. Temperatura fría.

Los árbitros han eliminado al Celta en su eliminatoria contra el Werder Bremen. Aunque sea sin crueldad en el análisis, simplemente como elemento del juego. El polaco Malek dio ventaja a los alemanes en la ida al concederles un gol en fuera de juego y el experimentado Farina completó la tarea con una colección de errores impropia de su supuesta talla, decisiones todas ellas esenciales con el duelo aún vivo.

El simple resumen resulta aterrador: con el 0-0, penalti no señalado a Guayre; el 1-0, logrado otra vez por Almeida en fuera de juego; justo después, un tanto de Perera completamente legal que no reabrió el partido porque se lo anularon. Hay otros detalles, otros culpables, méritos y deméritos. Nunca el hombre del silbato lo justifica todo. Pero en tales circunstancias pesan más sus silbidos que cualquiera otro factor.

Y aunque el Celta pudiese ser finalmente goleador, hay que quedarse con lo sucedido hasta el 2-0. Sesenta minutos de imagen digna, orgullosa. El Celta se despide de la UEFA, el territorio de su leyenda. Ha perdido ese paraíso, al que no sabe cuándo podrá regresar. Al menos, el último capítulo honró a su historia. Fue un despliegue de coraje, por momentos de astucia y buen juego. Cosas necesarias en la Liga, donde tan caras se hacen de ver.

Vázquez quiso buscar la bisectriz en ese delicado equilibrio entre la esperanza y la preocupación. Sentó a Gustavo López, Canobbio, Núñez y Baiano, lo que no bastó para remediar el ostracismo de Perera; arriesgó sin embargo a Ángel y Lequi, absolutamente imprescindibles en Sevilla. La idea rectora era clara: conservación de las rutinas en retaguardia, revolución en ataque. Como táctica, preservar el 0-0 y aguardar acontecimientos arriba, quizá un golpe de fortuna o talento que descuadrase el guión previsto por los locales. El dibujo, un 5-3-2 o 3-4-3, según se defendiese o atacase.

Schaaf había anunciado en la víspera una actitud tan contemplativa en teoría como la celeste. Difícil de creer, pese al gol de ventaja, por el talante del Werder Bremen y los mimbres con que compuso su alineación. Klose, por lesión, era la única ausencia en el once de gala. A un pura sangre como el Werder Bremen no se le puede tirar de la rienda. Pronto empezaron los germanos a empujar hacia su área al Celta, que se dejaba querer para explorar espacios a la espalda de la defensa rival.

Bien plantado, el Celta empezó a combinar dos fases de presión. Sabiendo que el campo se le podía hacer muy largo si recuperaba siempre atrás, probó a ahogar la salida del balón del Werder Bremen. Había buena movilidad entre líneas y por bandas, pero faltaba peso arriba. Todo se centraba en los desmarques de ruptura, como el que concluyó con la caída de Guayre, penalti según las imágenes, engaño para Farina, que lo amonestó. Ahí empezó el italiano a trazar la división entre el grande y el modesto.

La acción, pese a su injusta resolución, alimentó la fe del Celta, propietario ya a la par del balón y del ritmo. La peor noticia en esa fase fue la lesión de Guayre, otra nueva estación en su particular viacrucis, tras completar sus mejores minutos como celeste. Perera obtuvo a través de ese conducto su acceso a la cancha.

El Werder Bremen no se quedó congelado. Abandonó su excesiva confianza inicial, activó a sus laterales para acuchillar el espacio entre el carrilero y el central. Al choque, abierto, le faltaba en ambos lados un buen último pase.

Parecía que sólo un error podía desequilibrar la contienda. O una cadena de errores, tan similares a los del encuentro de ida que la jugada pareció un clon. Falló Lequi en la marca, falló Esteban en la salida, falló el árbitro al no señalar el fuera de juego... Sólo acertó Almeida, otra vez él.

El tanto acabó por descoser el encuentro, enloquecido en el ida y vuelta. Esteban impidió la sentencia. El juez de línea, la igualada de Perera, en otra vuelta del garrote vil aplicado por el trío arbitral al cuello celeste. Demasiados enemigos en contra de un equipo al fin y al cabo desusado, al fin y al cabo enfermo, pero digno pese a sus dolencias.

Otro de los problemas era Diego, sujeto hasta entonces y ahora, con campo para ordenar y tiempo para pensar. Aunque fue un lateral, Fritz, el que cerró la eliminatoria al aprovechar una mala decisión de Nené y resolver muy bien ante Esteban. Al menos, se le ahorraba al Celta la incertidumbre y el gasto que hubiera supuesto conservar sus opciones hasta el final. El objetivo a partir del 2-0 fue reducir los daños. Así hay que entender la sustitución de Ángel, no tanto la paradójica entrada de Canobbio por Jorge.

En ese tramo, ambos equipos siguieron disponiendo de ocasiones. Fuegos artificiales para decorar una eliminatoria decidida desde las angustias ligueras del Celta, desde el gran potencial del Werder Bremen, pero sobre todo desde aquellos que, teniendo que impartir justicia, desacreditaron el noble oficio del arbitraje.

La nobleza la puso el Celta, al que ya se le acabó el recreo. Hoy empieza la lucha por la vida.