Ambiente
De la euforia previa a la decepción final de la afición

Ander Vidorreta, sentado en el banquillo, desencajado con la situación. | RAFA VÁZQUEZ

«Ponte, alé / Ponte, alé / tienes que jugar la fase / que tenemos que ascender», cantaba la plaza de la Verdura. Teñida de un granate uniforme, la afición pontevedresa comenzaba su partido al mediodía. Convencidos de que su grado de compromiso y la fuerza de sus gritos iban a convertir el «¡uy!» en «¡gol!». Avanzaba el cortejo por el puente del Burgo preso de dicha plegaria y otras peticiones de distinta letra y mismo mensaje. A Pallota los acoge con los brazos abiertos y les suministra los víveres para continuar sus minutos de juego, horas antes de que rodase la redonda en Pasarón.
Puertas abiertas, el optimismo y el nerviosismo se peleaban por ver quién tenía más adeptos. Saltaron los locales al calentamiento entre aplausos. Edu Sousa, suplente y de sangre grana, portaba la camiseta del playoff de ascenso de 2007. Roelio se sumaba a la tarde inolvidable.
Noventa minutos de histeria, en que nadie bajaba los brazos y en que, hasta el descuento, el Pontevedra estaba por debajo en el marcador, pero sumido en una nube de empuje y aguante memorables. La historia es conocida: empate agónico en el descuento, con dos goles sobre la bocina y un estadio de Pasarón que volcaba esa frustración en alegría explosiva tras verse y festejar el playoff de ascenso.
Las caras de felicidad se fueron entristeciendo al conocer las noticias de que la remontada era en vano. Jugadores, cuerpo técnico, medios de comunicación y algunos aficionados expectantes aguardaron más de una hora con el objetivo de saber si seguir el festejo o caer rendidos al quedar con la miel en los labios.
El banquillo visitante, el epicentro de las dudas en que todas las partes especulaban sobre qué acontecería, repasaban normativas de competición y se encontraban superadas por la compleja, inédita y rocambolesca situación que se había dado en Pasarón.
Cantaban por jugar la fase, lloraban en su disfrute y la hinchada no fue capaz de contener las lágrimas para afrontar un postpartido que jamás caerá en el olvido. De la euforia a la tragedia.
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