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Opinión | La Platea

El valor añadido de un escudo

El amor de alguien a los suyos puede llegar junto a unos colores determinados

El videomarcador de El Molinón avisa de la emergencia médica en la grada.

El videomarcador de El Molinón avisa de la emergencia médica en la grada. / EFE

Miguel Salgado Reboreda

Miguel Salgado Reboreda

Nadie elige dónde nace, de quién se enamora, a qué club jurará su amor eterno, ni dónde morirá. Este fin de semana, en su Molinón, en su butaca, un aficionado del Sporting de Gijón falleció a los tres minutos del pitido inicial. Una tragedia espantosa a la que, por suerte o por desgracia, acudieron su hijo y su nieto.

Esa dicotomía entre la fortuna y la desdicha, paralela al duelo que todos los humanos tenemos cuando se van nuestros seres queridos, no se comprenderá en el corto plazo en esa casa. En el momento en que sane la herida de la marcha, sus dos descendientes se darán cuenta de que el amor de su padre y abuelo cuenta con el genial suplemento de un escudo en el pecho.

Independientemente de los colores y la bandera, la historia de transmisión generacional de un sentimiento es algo que se ve en cada campo de fútbol en que rueda un balón. El lector que jamás experimentó la emoción de un abrazo con quien quieres en un gol o éxito de su club, puede considerar que es un pensamiento trivial de la muerte; yo, que he tenido la suerte de fundirme en uno con mis familiares en una grada, discrepo.

No tuve la suerte de conocer a ninguno de mis dos abuelos, y mucho menos que sembraran en mí la semilla de un club determinado. La cultura de grada me la enseñó mi padre, quien en su juventud tuvo cierta afición por el fútbol y que, desde el día que nací, se amoldó a mi fiebre por la pelota. Su añadido al amor que me tiene, llegó de esa forma, y el día que deje este mundo, bajo las aseguradas lágrimas al enfilar los tornos de «nuestra casa de los domingos», estoy seguro de que me consideraré un verdadero afortunado de la herencia dada, por mucho que no tuviera un color determinado.

No sé cuándo será la próxima vez que esa rota familia se sentará en sus asientos en el estadio. Estoy convencido de que ese llanto a la puerta del campo se dilatará al ver su localidad vacía. Eso sí, cuando las lágrimas sequen y el tiempo ponga todo en su lugar, comprenderán que cada vez que besen el escudo en el éxtasis de un partido, estarán abrazando a su padre y abuelo, a través de la vía de amor que él les inculcó.

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