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Opinión | La Platea

Seis cámaras y ocho ojos

El videoarbitraje en Primera Federación es incompleto e ineficaz

Una revisión en Pasarón, esta temporada.

Una revisión en Pasarón, esta temporada. / Gustavo Santos

Miguel Salgado Reboreda

Miguel Salgado Reboreda

La llegada del videoarbitraje a Primera Federación, un paso más en ese avance del profesionalismo en la tercera categoría del fútbol español, traía consigo una herramienta de contraste de aciertos o corrección de errores para los colegiados. La medida en agosto de implementar el Football Video Support hacía que la división se dotara de mayor rigor y transparencia, pero con el paso de las jornadas se está viendo que, sin poner en duda el papel del colectivo arbitral, está siendo un útil, paradójicamente, inútil.

Es indigno e irrespetuoso con los protagonistas del espectáculo, los futbolistas y entrenadores, que, en ese crecimiento por profesionalizar su oficio, se recurra a un polígrafo que dictamine aquello que es verdad con un número de cámaras de vídeo, los testigos de la prueba, inferiores a los necesarios para competir. Lo sitúo en el mismo sinsentido que una brocha sin cerdas, un cuchillo sin hoja o un zapato sin suela; instrumentos carentes de su elemento indispensable para ser lo que son.

Ver escenas como las vividas los últimos fines de semana en Pasarón respaldan la tesis de que el ‘VAR low-cost’ está bien planteado desde los despachos, pero puesto en práctica erráticamente sobre el césped. No puede ser que esa ayuda para retractarse o reafirmarse requiera del juicio y debate del árbitro principal, cuarto árbitro y juez de línea porque las tomas mostradas en el monitor son ambiguas al no existir imágenes claras sobre las que poder decidir.

El avance de la tecnología es imparable, como ha sido desde el origen de los tiempos, y desde Rusia 2018 está familiarizado que se rearbitren los partidos por acciones donde los ojos de los hombres de negro no llegan. Cuando en un estadio hay menos cámaras filmando, seis en el caso del municipal pontevedrés, que ojos del colectivo arbitral mirando, ocho, los errores humanos afloran y el paraguas de la informática no resguarda del temporal de las críticas.

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