Festival de cine
Willem Dafoe defiende en Barcelona la importancia de la "experiencia colectiva" del cine: "La tecnología nos ha aislado y eso se refleja en la política"
El actor presenta en el BCN Film Fest 'El anfitrión', una mezcla de tragedia griega y 'thriller' mediterráneo dirigida por el madrileño Miguel Ángel Jiménez en la que interpreta a un magnate muy parecido a Onassis

Willem Dafoe, en el Hotel Casa Fuster de Barcelona. / Ferran Nadeu

Después de casi cinco décadas de carrera y de más de 150 películas, Willem Dafoe (Appleton, Wisconsin, 1955) sigue siendo una 'rara avis' en la cambiante industria del cine estadounidense. Empeñado en alternar grandes producciones de Hollywood con filmes independientes europeos de bajo presupuesto, el actor se resiste a encajar en el molde de gran estrella al que parecía destinado por papeles como el compasivo sargento Elias de 'Platoon' o el lascivo Bobby Peru de 'Corazón salvaje'. A sus 70 años, Dafoe -un hombre que lo mismo interpreta a Jesucristo (en la controvertida 'La última tentación de Cristo') que protagoniza una película titulada 'Anticristo' (no menos controvertida)- sigue abierto a participar en "todo tipo de cine" porque eso, apunta, "es lo que convierte en interesante este trabajo". Lo dice en Barcelona, adonde ha viajado desde su residencia italiana para presentar su último filme, 'El anfitrión', en el marco del BCN Film Fest.
Dirigida por el madrileño Miguel Ángel Jiménez ('Una ventana al mar') y rodada entre Corfú y Atenas, 'El anfitrión' es una mezcla de tragedia griega y 'thriller' mediterráneo que transcurre en el verano de 1975 y está protagonizada por un empresario ultrarrico muy parecido a Aristóteles Onassis que organiza en su isla privada una fiesta de 25 aniversario para su hija (y única heredera tras la muerte en accidente aéreo del hijo que estaba llamado a continuar el legado del magnate). Entre los asistentes a la fiesta figuran caras conocidas del cine español como Emma Suárez y los catalanes Carles Cuevas y Francesc Garrido, pero es Willem Dafoe, encarnando al personaje principal con su habitual combinación de carisma y amenaza, el que domina la función de principio a fin.
"Cuando el productor, con el que ya había trabajado antes, me habló de la novela en la que se basa la película, al principio yo no veía claro que hubiera un sitio para mí en esta historia -relata el actor-. Más adelante, me presentó el trabajo de Miguel Ángel Jiménez, que me gustó mucho, así que tuvimos un encuentro. Poco a poco, las piezas fueron encajando y empecé a pensar que este podía ser un reto interesante, así que decidí aceptar". A estas alturas de su carrera, para Dafoe la curiosidad está siempre por delante del dinero a la hora de elegir un proyecto. "Tiene que haber algo que despierte mi interés, algo que vea que puedo aprender. O algo que me emocione profundamente y me haga reaccionar como un niño pequeño y gritar '¡lo quiero!'. También hay otros factores, claro, pero esos son los más importantes. Yo puedo vivir con el resultado de mi trabajo siempre que sepa que mis intenciones al decidir hacer una película eran puras y honestas".
Ricos y solos
Interpretar a un multimillonario propietario de una isla griega ha sido para el actor una experiencia de lo más exótica, porque, asegura, en su vida ha tenido muy poco contacto con ese tipo de personas. "No me siento cómodo en ese entorno porque no forma parte de mi cultura", señala. Una de las ideas que subyace en 'El anfitrión' es que el exceso de poder y de dinero conlleva una gran soledad, una tesis que Dafoe suscribe con cierta cautela. "Odio generalizar y poner a toda la gente rica y poderosa en el mismo saco, pero, ¿qué puedo decir? El dinero lo ensucia todo y claro que van a estar solos si eso es lo único que los mueve. Hay un tipo de personas obsesionadas con el poder y el control que acaban matando aquello que aman. El protagonista de la película, Markos, es un ejemplo perfecto de eso".

Francesc Garrido, Willem Dafoe, Miguel Ángel Jiménez y Carles Cuevas, en Barcelona. / Ferran Nadeu
Dafoe se resiste, en cualquier caso, a extraer lecturas políticas del filme. Cuando se le sugiere que ese tipo de gente que, como Markos, cree que todo en esta vida tiene un precio y puede ser comprado es la misma que hoy gobierna el mundo, se limita a exclamar: "¡Estoy de acuerdo! Podemos pasar a otra pregunta". Mucho más locuaz se muestra, en cambio, a la hora de hablar de los cambios que está experimentando la industria audiovisual -"todo se está tambaleando", sentencia- y de defender el poder de las salas de cine a la hora de dar un sentido de comunidad a la vida de las personas.
"La experiencia de ver cine en las salas está muriendo -afirma-. Hay toda una generación que ya no se ha criado viendo películas porque ha sido dirigida hacia formatos más breves, como Tik Tok y cosas por el estilo. Las tecnologías y las nuevas formas aparentemente más eficientes de vivir que se supone que nos debían otorgar libertad nos han atrapado, nos han aislado y nos han alienado. Frente a eso, una cosa que nos puede reunir de nuevo es vivir experiencias colectivas, y eso puede suceder en el teatro, en las artes escénicas y también en el cine. Estar en una sala oscura con un grupo de extraños viendo una pantalla iluminada y oír llorar a la gente o reír con ellos es una experiencia muy visceral que crea vínculos y empatía y nos ayuda a saber dónde estamos y hacia dónde vamos. Eso es algo que está despareciendo, pero es importante que lo recuperemos porque esa tendencia al aislamiento empieza a tener un reflejo en la política".
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