REPORTAJE

"¡Mario! ¡Te vas a Francia!"

Nervioso, agitado como si preparara el primer viaje a París de 1957, Vargas Llosa se aprestó el último 9 de febrero, en una tarde que parecía de verano en Arequipa, a cumplir, otra vez en la Ciudad de la Luz, con el compromiso enorme de ser miembro de la Academia de Francia, cuna y eco de la literatura que más le importa

Mario Vargas Llosa, fotografiado en la Academia Francesa.

Mario Vargas Llosa, fotografiado en la Academia Francesa. / EFE

Juan Cruz

Juan Cruz

Minuciosamente, nervioso, agitado como si preparara el primer viaje a París, aquel que hizo “en septiembre u octubre de 1957”, Mario Vargas Llosa se aprestó el último 9 de febrero, en una tarde que parecía de verano en Arequipa a cumplir, otra vez en la Ciudad de la Luz, con el compromiso enorme de ser miembro de la Academia de Francia, cuna y eco de la literatura que más le importa.

Ese episodio de su vida, cuando iba a cumplir 87 años (“¿qué será de mi?”, dijo semanas antes, “siendo ya un escritor de tamaña edad, cómo voy a seguir escribiendo libros”), trastornó su porvenir de novelista, amarrado, como siempre, al duro banco de la imaginación (El fuego de la imaginación, se llama su último libro grande) y los detalles. Había viajado a Perú, su patria natal, para buscar datos para esta novela musical que le aguarda aun todos los días, recorrió con sus hijos (Morgana, Gonzalo, Álvaro) zonas en las que hubiera vestigios de lo que quería corroborar…

Quiso visitar también su biblioteca de Lima, donde fue tomada esa fotografía que reflejaba el reencuentro familiar con su prima Patricia, su exmujer, la madre de sus hijos, y ahora estaba entre la espada y la pared: o se ponía a escribir a diario, como antiguamente, como si no hubiera mediodías, los capítulos que tenía en la cabeza, o se dedicaba por entero a arreglar ese viaje que le iba a acercar a los académicos franceses y, por supuesto, a la sombra de Gustave Flaubert, que lo ilumina desde la juventud.

Abril, el suplemento literario de EPE

Hizo las dos cosas, se ocupó de Perú (su música) y de París, la Academia. El acontecimiento vivía en sordina, como un eco que lo debía mantener despierto. Sucedía de todo en torno a él, la prensa lo tenía de protagonista de un vaivén del que él prefería no saber nada, lo acosaban a ver si picaba con declaraciones picantes, incluso cuando volvía a casa de noche deseando seguir con la lectura de Madame Bovary o aquel tomazo sobre la guerra mundial del que había decidido escribir para El País.

Boda laica

Él y los suyos (sus hijos, sus colaboradores) habían hecho listas de invitados como si estuvieran organizando una boda laica, hasta que aquella relación de nombres propios sufrió un vuelco mediático que le dio al viaje y sus circunstancias el aire de acontecimiento social, de cita en la alta cumbre de los cotilleos. El rey emérito, Don Juan Carlos de Borbón, que vive en un exilio virtual en las tierras de Abu Dabi, hizo llegar por varios conductos que él no se quería perder ese momento. No estaba en la lista, como no estaban otras dignidades de ese carácter, pero al emérito, que lo nombró Duque y lo recibió con la nacionalidad española, otorgada por el Gobierno de Felipe González, cuando lo expulsó Fujimori del lado peruano de la historia, se le hizo sitio en la agenda de la Academia Francesa.

La presencia real, es decir, la de Don Juan Carlos, comprimió la significación del acontecimiento a los términos que ahora mandan en cualquier hecho que pierde su carácter literario para convertirse en una noticia que mezcla corazón y habladuría. Pero el orador y quien le respondió subieron los discursos por encima de lo que parecía que iba a ser una noticia de sociedad. Fue gran literatura, dijeron los diarios franceses, llenó los espacios de cultura de la prensa su país y de España: Vargas Llosa hizo que la literatura se subiera otra vez a la montura de su vida.

El hecho de que tanto el momento coincidiera con la ruptura de Vargas Llosa de su compañera de ocho años, Isabel Preysler, como que ahora fuera el padre del rey Felipe el que se unía al grupo que iba a celebrar a Mario en su encuentro con la mayor de sus alegrías literarias después del Nobel, había convertido en especialmente atrayente para las revistas del corazón, y no sólo para el periodismo de ese renglón, lo que iba a ser una fiesta académica. Lo suculento aquí, es preciso repetir, fue la literatura. El discurso, ahora en forma de libro (Un bárbaro en París. Textos sobre literatura francesa Alfaguara) es, en gran medida, un himno mayor de su vida de escritor.

Un sueño

Años atrás, cuando se produjo su primer viaje a París, becado por una revista peruana para que conociera el país de Flaubert, él vivió el acontecimiento como si fuera un sueño. Un amigo suyo, el escritor Luis Loayza, se enteró antes que él, y fue a interrumpirle su trabajo radial con esta exclamación que lo volvió loco: “¡Te vas a Francia!” “Estaba tan contento”, cuenta Vargas Llosa en El pez en el agua, “como si él hubiera ganado el premio”.

Ha pasado el tiempo y ahora ha tenido un premio de otra consideración, que también le liga a Francia, ahora de un modo muy especial, pero concurren tantos hechos, humanos, sociales, culturales, de fama y de repercusión que evidentemente obligan a revisar por contraste lo que, evocando aquel primer premio de su vida, dice él mismo sobre su primer viaje a París. “Dudo que”, antes o después, “me haya exaltado tanto alguna noticia como aquélla. Iba a poner los pies en la ciudad soñada, en el país mítico donde habían nacido los escritores que más admiraba. ´Voy a conocer a Sartre, voy a darle la mano a Sartre`, le repetía esa noche a Julia [su tía, su mujer de entonces] y a los tíos Lucho y Olga, con quienes fuimos a celebrar el acontecimiento”.

París fue la fiesta mayor de su vida hasta entonces. La de este 9 de febrero, en los jardines y en el recinto de actos de la Academia Francesa, aquel muchacho que aun no era conocido sino por un puñado de amigos, colegas, profesores o periodistas, tuvo el boato de las grandes celebraciones. Incluyó una cena con el presidente Macron, a la que asistieron sus hijos, su admirado Javier Cercas… Hubo aquella recepción en la que él desfiló como sus colegas recientes vestido con el uniforme de gala, verde oscuro, con filigranas, ante la presencia de sus amigos de todas partes, incluidos quienes le han procurado cuidados en Marbella para adelgazar cada vez que se ha desmandado, muchos años con Patricia y más recientemente, desde hace ocho años, cada uno por separado.

En aquella fiesta del premio que por primera vez lo llevó a esta ciudad de su obsesión recibió este mensaje envidioso de un colega muy apreciado, Sebastián Salazar Bondy: “Te pasa lo mejor que le puede pasar a nadie en el mundo: ¡Irse a París!”. Y le preparó “una lista de cosas imprescindibles para hacer y ver en la capital de Francia”.

Búsqueda sin freno

Tantos años después, después de haber sido Zabalita, Varguitas y los otros diminutivos que siempre trataron de aniñar su relación con el futuro, el Nobel Mario Vargas Llosa, un escritor de gran reconocimiento en muchas lenguas del mundo, que una vez quiso ser presidente de su país, que ya estaba solo en Madrid, porque había abandonado su casa de los últimos años para vivir otra vez en la que fue su vivienda familiar, se aprestaba a hacer otro viaje como aquel pero ya sin los amigos de entonces, ni la edad de entonces, ni la energía que le acompañó en la búsqueda sin freno de Jean Paul Sartre o, siempre, de Gustave Flaubert.

Los acontecimientos humanos que rodearon sus preparativos para esta excursión al epicentro literario de Francia se sucedieron de tal manera que la simetría familiar alcanzó una nueva dimensión. Los hijos (de Mario y de Patricia) convencieron a ésta de que este episodio nuevo en la vida del padre la debería tener a ella en primera fila. Ella se lo pensó y allí estuvo, en primera fila, junto a los tres hijos. La fila en la que destacaban los cuatro parientes mayores de Vargas Llosa estaba separada del rey emérito por unos palmos de moqueta. La prensa, también la que no aceptaría ser llamada del corazón, estuvo tan pendiente de los gestos del nuevo académico francés como del emérito y de la familia del reciente académico.

Patricia Llosa mantuvo una discreción que es por otra parte patrimonio muy acendrado de su manera de ser, pero el padre del rey no pudo evitar el señalamiento que él mismo propicia. Con la franqueza con que suele referirse a su relación con el país en el que reinó recibió así el saludo con el que lo cumplimentó el embajador de España en Francia: “¡Vaya! ¡Es la primera vez que un embajador de España me viene a saludar!”

Feliz

El intercambio no tuvo mucha repercusión, pero en esa ocasión se vio que el emérito tenía el aire irritable de las personas descontentas con la actualidad, aunque luego departió, con risas y fiestas, con quien indefectiblemente era su anfitrión en aquella fiesta. Mario y él, el escritor y el antiguo rey, rieron a carcajadas las que fueron sobre todo ocurrencias de su majestad. A Vargas Llosa se le escapó de su sujeción la espada que distingue su nueva dignidad académica y fue un periodista español el que le ayudó a devolverla a su sitio. Estaba tan feliz como cuando le gritó Loayza “¡Mario, te vas a Francia!”

Un escritor argentino, Darío Lopérfido, uno de los tres directores que tiene la Cátedra Vargas Llosa y que siguió estos días, previos y centrales, del académico en París me envió este escrito cuando le pedí que me contara la almendra de lo que vivió junto al Nobel: “Todo estaba impregnado de un sentido histórico. La sola imagen de Richelieu fundando la Academia más la cantidad de nombres célebres  que pasaron por esa institución impresiona. El clima de solemnidad protocolar refuerza esa sensación. En cualquier caso, yo estaba muy pendiente de Mario. Creo que él estaba pendiente del hecho histórico que protagonizaba y, sobre todo, tenía una concentración muy grande en su discurso y en las palabras que decía. Mientras hablaba más de una hora en francés, sin interrumpirse un segundo para tomar agua, yo pensaba en su extraordinaria grandeza. Él siempre corre los límites y sorprende con nuevos escenarios, inimaginables para el resto. La de la Academia y Mario fue una conjunción armónica que hizo historia”.

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Datos que recabé de su hijo Álvaro, a quien se debe toda la impresionante cobertura mediática que esos días hubo en Twitter del acontecimiento más emocionante que ha vivido su padre en el ámbito público.

Mario Vargas Llosa fue a París el 7 de febrero con Patricia Llosa y sus hijos. La prensa no dio con Mario, que se quedaba en un hotel “y no donde esperaban encontrarlo, de modo que nos fuimos a cenar en familia”.

Al día siguiente fue con su hijo Gonzalo sus librerías favoritas, L´Écume Des Pages y La Procure, “para buscar cosas sobre Sartre, porque está dándole vueltas a la idea de escribir algo extenso sobre él”. Después el Nobel se fue con Morgana, su familia y Gonzalo al Pompidou para ver la exposición sobre Serge Gainsbourg.

Esa misma noche cenó con los once de su familia más directa en Le Voltaire, donde solía cenar Yves Montand (“un restaurante pequeño, con aire a lugar conspirativo”) donde él estuvo hace años cuando aun se recuperaba del grito de júbilo de Luis Loayza: “¡Mario! ¡Te vas a Francia!”

El resto es futuro, porque nada más llegar a Madrid siguió escribiendo su nueva novela, a pesar de que hace un menos, en medio de la agitación mediática que precedió a este viaje a París, se preguntaba cómo un hombre de 87 años iba a seguir escribiendo. Cumple esa edad el 28 de marzo, y quizá sea ese día cuando entregue a su editorial esta nueva novela. Sobre música en Perú.