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Entrevista KIKO VENENO Cantante

"Ayuso estará en el basurero dentro de dos años"

El autor de 'Volando voy' da una nueva vuelta de tuerca a su música con raíces en su nuevo disco, 'Hambre', en el que experimenta aplicando a sus canciones ritmos y sonidos electrónicos, y que sale a la venta este lunes

El cantante Kiko Veneno.

El cantante Kiko Veneno.

¿A qué clase de hambre alude en el disco?

Al hambre de necesidad, de ansia y de expresión. Porque el ser humano padece hambre en el mundo, pero una vez comes te entran otras necesidades: afectivas, culturales, sociales… Comer no quita el hambre. Continúa en otra versión.

Aunque aquí haya trabajado con un nuevo productor, Javi Hartosopash, ¿podemos hablar de una continuación de ese camino micro-electrónico esbozado en Sombrero roto (2019)?

Totalmente. Con 'Sombrero roto' hice 22 canciones y muchas habían quedado en el tintero. Cuando vi cómo desarrollarlas, llegó el confinamiento y entonces hice otras tres: 'Hambre', 'Madera' y 'Días raros'. Luego, La felicidad era anterior a todo esto. ¡Javi Hartosopash es un fenómeno! Él mezcló el tiny desk de C. Tangana, en el que yo participé, y trabajó en la canción que hice con él, y también con Kase.O. Me di cuenta de que tenía mucho talento y lo fiché para el Betis.

Su lenguaje musical ha cambiado. ¿Ha tomado nota del minimalismo doméstico del trap y la música urbana?

Ahí vamos, sí. Si quieres hacer música de y para el mundo actual, tendrás que utilizar las herramientas del mundo actual. Ese minimalismo doméstico ha permitido mucha creación con poco dinero. Sale gente como Javi o Santi Bronquio, pedazos de ingenieros de sonido, y te preguntas ¿dónde lo han aprendido? Comprenden el sonido de otra manera y se vinculan de otro modo con las máquinas, con una solvencia que yo no tengo. ¡Y son autodidactas!

En estas canciones hay bastante ritmo, y con un pulso tribal, primitivo.

Sí, sí, te salen muchas cosas de tribu, de fetiches y conjuros. Me he dejado llevar por eso. Cosas inexplicables que crean una trama sonora. El ritmo para mí es muy importante.

Y hay canciones canónicas, como La felicidad, que cierra el disco, donde dice que "ser pobre no es delito, es una necesidad".

Para que tú y yo estemos aquí tiene que haber muchos pobres en el mundo, pasando hambre. Puedo entender a la gente de derechas, pero que al menos sean sinceros. Que digan: "Me importa un carajo que la gente se muera de hambre, es algo que no se puede solucionar, viene de siempre…" Pero no entiendo cuando te dicen: "No, no, estamos a favor de la igualdad". Como cuando los de Vox te dicen que están a favor de la mujer.

Hay una asociación de ideas que está calando: la izquierda enfadada y represora, frente a la derecha alegre y libre.

Aquí la única persona infeliz es Ayuso, que dentro de dos años estará despreciada por todos, como un juguete roto, porque es una persona sin valor, ni personal ni profesional. Dentro de dos años estará en el basurero. Trump tenía más valores: era un buen empresario, o un buen ladrón. Pero esta, ni siquiera eso.

El apunte social, ¿manda más ahora en sus canciones?

Siempre ha estado ahí, y me gusta ser un poco críptico. No quiero hacer un panfleto. Estoy diciendo cómo veo yo la vida. Intento ser sutil, divertido si puede ser. ¿La letra, con sangre entra? No, no, la letra debe entrar con alegría.

Desde los tiempos en que grababa con multinacionales, su posición ha cambiado. ¿Se siente un artista de trinchera?

Totalmente. Y puedo serlo porque ya tengo unos seguidores. Hago conciertos y viene la gente. Pero si yo hubiera intentado empezar ahora, desde la resistencia no habría logrado tener ese público. Yo gané dinero con el 'Échate un cantecito' (1992), me compré mi casa y en el 2000 aquello ya se acabó. BMG me despidió, y puerta. Pero tengo un acceso al público que me permite seguir viviendo.

¿Piensa mucho en el modo de hacer llegar las canciones a la gente, ahora que las reglas han cambiado?

No hay método. Yo sé cómo hacerlo para que salgan de mí, y me considero muy social. Las canciones, ¿para quién las hago? Para vosotros. Mi estrategia es intentar ser creativo, ofrecer sonidos nuevos, una poética bonita, ritmo, algo que te emocione. Ya no me conformo con las canciones: busco el sonido, como vehículo transmisor de un estado emocional. Una artesanía propia. Me gusta reflejar la robotización de la persona y la humanización de la máquina.

¿Se ha impuesto revolucionar su lenguaje musical?

Yo hago lo que puedo. Cosas pequeñas, alcanzables. Revolucionar y hacer un disco totalmente con sonidos nuevos, eso sería como lo que han hecho Kanye West o James Blake. O Rosalía. Y me refiero a Los ángeles, ¿eh?

¿Más que 'El mal querer'?

Me gusta defender Los ángeles, porque tiene un valor extraordinario y con el tiempo se acrecentará. Insultaron a Raúl [Refree] vilmente. En Andalucía, mucha gente no lo entendió. Pero yo tengo un disco que revolucionó la música, 'Veneno' (1977), y luego ya no creo que haya revolucionado nada. He hecho discos que son raros, más o menos innovadores…

Quizá 'Hambre' pueda ser asimilado más fácilmente por un veinteañero que no conozca su obra que por alguien de mediana edad que creciera oyendo por la radio 'Echo de menos' y 'Joselito'.

Puede ser. A mí con 70 años no me apetece cantar 'Echo de menos', igual que Peret a esa edad ya no cantaba 'Una lágrima'. Tenemos que cambiar, hacer otras cosas. Me gusta la alegría, pero sin impostarla. La alegría la reparte C. Tangana.

Mientras usted evoluciona hacia los sonidos nuevos, Tangana va al revés, del trap a los géneros reglamentarios como la rumba o la bossa nova.

Hay algo de eso, pero el de Tangana es un discazo. Ha dado unos pasos adelante muy interesantes. Como gurú de las nuevas músicas, del trap y la electrónica, le pone una barrera circunstancial al reguetón y coge la raíz de nuestra música, riquísima, y hace un disco que la gente lo escucha entero. Eso tiene muchísimo valor.

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