La crisis del coronavirus nos ha enseñado que hay trabajos esenciales muy mal pagados, que nuestra sanidad y nuestra educación públicas son precarias y que hasta los más liberales se aclaman al Estado cuando las cosas van mal. “La pandemia –explica el sociólogo César Rendueles, autor de Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Seix Barral, 2020)– ha mostrado las costuras de procesos provocados por la desigualdad, pero no los queríamos ver porque, hasta ahora, solo lo sufría gente que tiene poca visibilidad”.

–¿El igualitarismo es de izquierdas?

–No siempre ha sido así. En la derecha ha habido posiciones que hoy nos resultarían casi bolcheviques y que fueron defendidas por partidos democristianos, como los impuestos altísimos a las rentas altas o la intervención del Estado en las políticas públicas... Yo escribí este libro no tanto pensando en la gente de mi entorno sino en los lectores de derechas que seguramente son más igualitaristas de lo que creen.

–Tras la II Guerra Mundial se creó un “estado del bienestar” que se acercaba a ese igualitarismo. ¿El trauma permitió lograr algo así?

–A veces las grandes catástrofes han generado una situación de desigualdad, como pasó en Latinoamérica, y a veces llegan a revertir los procesos de desigualdad. Creo que en este caso lo importante fue la movilización, el hecho de que después de la guerra la gente se negara a que ocurriera lo que pasó tras la I Guerra Mundial y que el pato lo pagaran los de siempre. También ahora está en nuestra mano decidir de que lado se inclina la balanza.

–¿Qué tenemos que hacer?

–Algo que no estamos haciendo: movilizarnos. Desde 2011 ha habido mucha movilización social en los ámbitos políticos o de las desigualdades de género. Pero tengo la sensación de que la crisis del Covid nos ha pillado cansados y nos cuesta movilizarnos una vez más. Tenemos que tener presente que si la mayoría social no nos movilizamos, las élites sí lo harán. Ellas si van a aprovechar la situación.

–¿Para eso aparecen partidos como Vox?

–De alguna manera sí. Los partidos europeos de extrema derecha juegan con el narcisismo herido de gente a la que se le había prometido que si era disciplinada y trabajaba mucho y no se quejaba, le iba a ir bien. La crisis de 2008 rompió con ese horizonte vital y los partidos como Vox tratan de explotar esa insatisfacción poniendo a competir a los perdedores entre sí.

–La extrema derecha ha cogido la bandera de la libertad, aunque sea para llevar o no mascarilla o alquilar cuerpos gestantes...

–Es una de las grandes perversiones de nuestro tiempo. Han conseguido posicionarse como defensores de la libertad personas y movimientos con una pulsión autoritaria evidente. Han ganado esta batalla cultural, buscar los huecos para ubicarse como defensores de la libertad. La respuesta es que podemos defender no solo más libertad, sino una libertad más plena, entre iguales, que no necesita tener criados o subalternos para manifestarse.

–¿Puede haber libertad sin igualdad?

–Sí, pero es de baja estofa, muy pobre. Se ve en la cuestión de género. Yo no me sentiría más libre por tener los privilegios como hombre que tuvieron mis bisabuelos. Más bien me siento más libre viviendo como igual con el 50 % de la sociedad.

–Critica la “cultura del esfuerzo” e indica que la desigualdad se hereda.

–Es un hecho estadístico. La mayoría de puestos de trabajo de élite son ocupados por hijos de la élite. Hay algo asqueroso en esa idea de la cultura del esfuerzo. ¿Alguien está diciendo en serio que la gente que está viviendo situaciones terribles de precariedad y pobreza no se esfuerza? Es un discurso que no tolero, me resulta asqueroso.

–Pero es una idea muy metida en la sociedad, desde los libros de autoayuda a las tazas de Mr. Wonderful...

–Claro, el problema de esa clase de discursos es que se nos meten en el cuerpo e incluso las víctimas de esa ideología la asimilan. ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de “en vez de estudiar, escogió la salida fácil”? ¿Desde cuándo trabajar en un andamio o limpiando hospitales es más fácil que estudiar o estar en un despacho?

–Cuando escribe sobre la necesidad de movilizarse, echa de menos a los sindicatos. ¿Los damos por muertos?

–Con muchos matices. En nuestro país aún no hay ninguna organización en la que participe tanta gente como en los sindicatos. Pero es cierto que si lo comparamos con el papel que jugaba hace algunas décadas ha pasado a una posición relativamente marginal. Pero no podemos renunciar a instrumentos de negociación colectiva, es lo único que nos protege de la desigualdad que hay entre empleados y empleadores.

–¿Los trabajos precarios, los bajos salarios y la imposibilidad de crecer han desmovilizado a la clase trabajadora?

–Uno de los problemas que genera la precariedad es que la gente está cada vez más desmotivada en su puesto de trabajo. La precariedad sale barata para los empleadores, pero tiene un montón de problemas asociados incluso para ellos. Pero creo que de ahí se puede salir, no es la primera vez en la historia que estas situaciones ocurren y se han podido revertir.

–Habla de dos clases medias, la que aspira a convertirse en alta y la que aspira al término medio. ¿Pueden convivir?

–No. Si queremos fomentar la igualdad, una parte importante que se considera clase media pero que realmente es clase alta porque está entre el 25% que más ganan en este país, va o vamos a tener que hacer sacrificios. No los mismos que tendrán que hacer los multimillonarios, pero no podemos seguir aspirando a vivir cada vez con más lujos.

–¿Estamos educando bien a nuestros hijos para que asuman esos sacrificios?

–Diría que no, porque cada vez nos lo ponen más difícil. Casi no hay espacios de socialización entre iguales. Lo normal es que nos juntemos con los de nuestra clase, y por eso es tan importante la escuela pública o la sanidad pública, espacios donde distintos tipos sociales se mezclen. Confiar en la buena voluntad para que se den las dinámicas igualitaristas es pedir mucho. Las instituciones tienen que intervenir.