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El fin del camino alquitranado de Extremoduro

La banda liderada por Robe Iniesta, un reducto inconquistable del rock español más transgresor, cuelga las guitarras

Robe Iniesta, en  un concierto de Extremoduro en Galicia // 13Fotos

Robe Iniesta, en un concierto de Extremoduro en Galicia // 13Fotos

Y así, de repente, Robe se quitó del todo. O casi del todo. El de Plasencia ya no volverá a tener pesadillas con que las crípticas, reflexivas, filosóficas y casi siempre con doble sentido letras de "Extremoduro" se le olvidan -como dejaba caer en el disco de "La ley innata"- porque en julio la voz en directo del que ha sido uno de los grandes grupos del rock nacional se apagará para siempre. "Extremoduro" -o lo que es lo mismo Roberto Iniesta Ojea (Robe) e Iñaqui Antón (Uoho)- dejarán de actuar y de grabar discos juntos. La química se acabó, alegan. Así de sencillo y de complicado a la vez.

Cuelgan los instrumentos cuando nadie lo esperaba. Robe había emprendido hace años un exitoso proyecto en solitario alejado del rock transgresivo, sucio y descarnado que hacía con "Extremo". Y Antón había fundado su propia banda ("Inconscientes") para llenar el vacío. El mismo hueco que ellos mismos van a dejar entre sus seguidores, que prácticamente han agotado las entradas para los seis conciertos de despedida del grupo -el 13 de junio en Santiago- en las pocas horas a las que estuvieron a la venta. Tal fue la avalancha que la banda tuvo que sacar una nota aclaratoria en su web en la que promete ampliar algún que otro aforo y pide a los fans que no compren en la reventa.

La vuelta de Extremoduro había sido siempre un tema recurrente en las escasísimas entrevistas que Robe y Antón daban estos años atrás. Las ansias y el hambre eran tremendos. La respuesta siempre solía ser la misma: la banda estaba en un estado latente y cuando los dos miembros quisieran la retomarían. Pero el mensaje más potente era que Extremoduro nunca iba a morir. No será así. La banda va a morir dejando miles de huérfanos.

Pero rebobinen un poco antes de embriagarse por la nostalgia. Todo comenzó en los años 90. Por aquellos tiempos para muchos estaba la música y luego estaba Extremoduro. Ellos eran el reducto que tenían los adolescentes (y algunos no tan jóvenes) que se negaban a unirse a movimientos falsamente contraculturales ("underground") como el grunge -impuesto a calzador desde Estados Unidos- y a la música disco que asediaba incansable por todos lados. No eran buenos tiempos para el rock, pero ellos fueron una luz para muchos que se encontraban abandonados por una industrial musical que los "Extremo" siempre han sabido dominar y manejar a sus anchas. No había directivo que les tosiera cuando se negaban a hacer promoción de sus discos, a grabar videoclips o insistían en meter entre las canciones la historia de "Manúe", un politoxicómano entre rejas. Ellos tenían el poder porque tenían hordas de fans totalmente entregados e incondicionales. Y ellos nunca les fallaron.

Otros llegaron a "Extremo" porque encontraron en las letras -tan gamberras como polisémicas- un refugio que no encontraban en otras bandas. Robe siempre ha cuidado hasta el más mínimo detalle de sus canciones, llegando al punto de que en ocasiones sus letras llegan a entrecruzarse con poemas de los clásicos como Antonio Machado, Miguel Hernández o Pablo Neruda. O de otros más modernos como Raúl Lomas o Sor Kampana. Así, a lo tonto, ha conseguido que miles de personas canten a grito pelado en sus conciertos letras basadas en obras literarias que, probablemente, muchos de ellos repudiaran en la escuela. Su amor por el lenguaje llevó al plasentino -afincado desde hace mucho tiempo en Vizcaya- a hacer cursos de gramática y a que cuando Extremoduro alcanzó unas cotas de popularidad impropias para un grupo que ni sale por la tele ni por la radio y que cuando todos sus fans le reclamaran a gritos un disco él, en vez de eso, se dedicara a escribir una novela. La historia de un notario, para más señas.

La sequía musical duró seis años. Pero la espera mereció la pena. De ella nació un torrente: "La ley innata". Un disco soberbio, monumental, tan caluroso en los días de invierno como frío en los de verano, e ideal para esa primavera tan recurrente en las letras de Robe que puede simbolizar una y mil cosas y ninguna a la vez. Un álbum lleno de matices de los que va creciendo con cada escucha, con canciones repletas de toboganes de sentimientos que suben y bajan hasta llegar a un clímax en el que todo explota en una perfecta y escrupulosa armonía. Hasta ellos mismos (Robe y Uoho) -muy poco dados a destacar una canción de las de su repertorio- reconocen que es su mejor obra.

Pero "Extremo" siempre ha sido un grupo para una minoría muy mayoritaria que incansable busca en los acordes de Antón y en las letras de Robe un techo que le proteja de la mediocridad de la música de consumo rápido, de esa de usar y de tirar. Sin ideologías, ni religión, ni banderas el grupo, como dice en su canción "Ama, ama y ensancha el alma", era el desvío idóneo para aquellos que querían "dejar el camino social alquitranado porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas". Porque muchos no podían dejar ese camino, salvo cuando escuchaban sus canciones.

Sus letras son una filosofía de vida, tanto que hay quien las ha comparado con filósofos como Friedrich Nietzsche. Comparten rasgos comunes como que de los dos se piensa que son nihilistas (aquellos que creen que la vida no tiene un sentido) y pesimistas. Cuando son todo lo contrario. El poso de muchas de las canciones de Extremoduro es heredero de la filosofía del alemán. Ya saben aquello que canta Robe en directo cuando interpreta la canción de "La hoguera" (en la versión del disco esta estrofa es diferente): "Y tú que te preocupas por culpa del futuro, cuando te dé lo mismo serás Extremoduro".

Pues el futuro de Extremoduro llegará hasta julio de 2020 en Bilbao, que será el último concierto de esta última gira, lejos de la Extremadura natal de Robe que primero le repudió y ahora lo añora. Cerca de su casa donde dice que se encierra por las noches a seguir componiendo sus canciones para sus discos en solitario, a juntar palabras para hacer sus poesías, y a jugar con las palabras. De eso, afortunadamente, no se ha quitado el Robe.

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