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Crímenes misteriosos

Triple crimen en Burgos: las 99 puñaladas que acabaron con una familia

La gallega Julia dos Ramos, su marido Salvador Barrio y su hijo pequeño fueron asesinados en 2004 en Burgos

Triple crimen en Burgos: las 99 puñaladas que acabaron con una familia

El agresor dejó un rastro en el suelo ensangrentado del piso de las víctimas: las huellas de sus zapatillas

El hijo mayor, de 16 años en el momento de los crímenes, fue imputado pero la causa finalmente se sobreseyó; ahora se investiga a un vecino

Madrugada del lunes 7 de junio de 2004. Un vecino de la calle Jesús María Ordoño de Burgos oye gritos que le parecen de mujer: “¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Déjame salir!”. También escucha ruidos de golpes y de “corrimiento” de muebles. Son las 05.37 horas. La hora es precisa porque este hombre se levanta de la cama y consulta el reloj del pasillo. En otra vivienda de este mismo edificio un segundo vecino también se despierta con sobresalto. ¿La causa?: “Un fuerte grito de dolor”. Pero no es el de una mujer, sino el de “un varón joven”. Todavía somnoliento, mira su despertador: las 05.45 horas. Aguza el oído y también percibe que en algún lugar próximo a su piso alguien está arrastrando “una mesa o una mesilla”. Y de repente se hace el silencio. Nadie escucha nada más. Así que, sin darle mayor importancia, regresan a sus camas para apurar las pocas horas de sueño que tenían por delante. Porque en poco tiempo arrancaría un nuevo día.

Edificio en Burgos donde se cometió el crimen de la familia

Edificio en Burgos donde se cometió el crimen de la familia

Las voces, los gritos, los ruidos… que escucharon estos y algún vecino más procedían del edificio de al lado. En concreto del piso 5ºA del número 14. Sin embargo, el amanecer en el céntrico barrio fue como el de cualquier otro día. Una jornada cotidiana. Rutinaria. Ajena a la tragedia que se avecinaba. Porque aún transcurrirían casi 20 horas hasta descubrirse lo ocurrido. Hubo que esperar a la siguiente madrugada. Varios allegados de la familia de la “vivienda del horror”, preocupados por no tener noticias de ella en todo aquel lunes, llamaron a su puerta en plena noche, minutos antes de las dos de la mañana. Nadie contestó. Alarmados por la extraña situación, unos tíos que tenían un juego de llaves del domicilio fueron a por ellas. Y abrieron. La imagen que se encontraron fue brutal. Un paisaje de sangre y más sangre. Horrorizados ante una visión de horror y muerte, llamaron a la Policía Nacional.

La escena que se encontraron los agentes era extraordinariamente dura. La sangre encharcaba el vestíbulo, el pasillo y varias estancias del piso. Pero lo peor estaba por llegar. En la cocina, bajo la mesa, se hallaba el cadáver del cabeza de familia, Salvador Crisanto Barrio Espinosa, alcalde pedáneo de un pequeño pueblo cercano, La Parte de Bureba, en donde, junto a su hermano, se dedicaba a la agricultura al frente de una próspera cooperativa. De 53 años, su cuerpo presentaba 50 puñaladas. En el dormitorio conyugal, a los pies de la cama, estaba su esposa. Asesinada. Julia dos Ramos Santamarina, de 47 años y natural de Queirugás, una parroquia del municipio ourensano de Verín, tenía 17 cuchilladas. Y en el pasillo apareció un tercer cadáver, el de un niño de 11 años. Álvaro. Era el hijo menor del matrimonio. Le habían asestado 32 puñaladas.

El cuerpo del hombre apareció en la cocina, el de su esposa a los pies de la cama y el del niño fue hallado en el pasillo

El triple crimen se convirtió en uno de los sucesos más espeluznantes que se recuerdan en España. Los cadáveres sumaban la friolera de 99 puñaladas. Además, las tres víctimas habían sido degolladas. Los cortes en el cuello, describiría después un policía, eran “muy certeros”. Uno de los autos judiciales que integran los miles de folios que ha ido sumando el sumario del caso califica lo ocurrido de “horripilante” y “execrable” por la violencia y ensañamiento con que actuó el autor. “Cualquier adjetivo negativo que nos podamos imaginar es poco”, remarcaba la resolución. Ángel Galán, comisario ya jubilado, estuvo durante años al frente de las pesquisas como responsable del grupo UDEV Central de la Policía Nacional. Bregado en crímenes, aquello le impresionó especialmente. Fue uno de los sucesos “más impactantes” que se topó en su carrera. “Una salvajada”, sintetiza hoy.

Las tres víctimas: Salvador Barrio, Julia dos Ramos y Álvaro, en la comunión de su hijo mayor

El hijo mayor, de 16 años, fue el único superviviente

El único superviviente fue el hijo mayor del matrimonio, Rodrigo, de 16 años. No dormía en la vivienda. Horas antes del crimen, a las nueve de la noche del domingo, su padre lo había llevado a la estación de autobuses para que tomase el autocar hacia el Colegio de los Gabrielistas de La Aguilera, cerca de Aranda del Duero, donde estaba interno. La psicóloga del centro escolar fue una de las personas encargadas de darle la noticia. Para amortiguar el impacto, en un primer momento le dijo que sus padres y su hermano habían sufrido un “accidente”. Ya en Burgos, en casa de unos tíos, le contaron la verdad: su familia había sido asesinada. El adolescente “perdió el control”. Se hirió en los nudillos tras asestar un puñetazo en la pared. Imposible calmarlo, hubo que llevarlo al hospital.

¿Pero cómo se produjo este triple crimen? La cerradura de la puerta principal, blindada, no estaba forzada. Ni ningún otro punto. La principal hipótesis es que quien entró tenía llaves. El primer objetivo del asesino fue Salvador, el padre, el más corpulento y el que mayor resistencia, como así ocurrió, podría mostrar. Por eso fue el que recibió el mayor número de puñaladas: medio centenar. Unas manchas de sangre en la almohada parecen evidenciar que el agresor lo sorprendió en la cama donde dormía junto a su esposa y que en el dormitorio comenzó a acuchillarlo.

La familia sobrecogida en su casa de Queirugás (Verín), tras conocer la terrible noticia

El excomisario Galán cree que allí mismo el homicida lo dio por muerto, dirigiéndose a continuación hacia la mujer, Julia. Tras dejarla sin vida a los pies de la cama fue a por el niño. El pequeño, asustado, había cerrado la puerta de su habitación, asegurándola con el pestillo. Pero el asesino la echó abajo. Una huella ensangrentada de una de sus patadas quedó estampada. En una acción salvaje, sacó al menor de esa estancia y lo mató en el pasillo. La tesis policial defiende que en un momento dado el padre, moribundo por las múltiples heridas de arma blanca, salió de su dormitorio y se arrastró por el pasillo. “Había sangre de él en el pomo de la puerta principal, como si hubiese intentado salir”, relatan. Pero no lo logró. El atacante lo remató en la cocina.

El pequeño, de 11 años, se ocultó asustado en su habitación tras cerrar la puerta con el pestillo, pero el asesino la derribó a patadas

La inspección ocular, otras averiguaciones policiales y las pruebas forenses fueron dibujando un perfil de quién podría haber cometido semejante atrocidad. Ángel Galán no tiene dudas de que el autor era alguien “muy cercano” a las víctimas. Porque entró sin forzar ninguno de los accesos. “Tenía llaves”, afirma sin dudarlo. Y porque por su forma de actuar conocía la casa “a la perfección”. Tanto es así que incluso no descarta que hubiese actuado a oscuras. En aquel piso lleno de sangre no había ni una sola mancha en los interruptores. “Las evidencias señalan a una persona alta y zurda o ambidiestra”, se apunta además en el sumario sobre las características físicas del individuo.

Otra certeza es que el agresor actuó solo. Así lo delataron las huellas ensangrentadas que dejó por el piso. Los informes periciales las identificaron como de una zapatilla Dunlop Naviflash de entre los números 42 y 44, “que se asemeja más al 44”. La lógica indica que el atacante se cambió ese calzado antes de salir de la vivienda. Porque fuera, en las zonas comunes del edificio y en sus accesos, no se halló nada, ni la más mínima mancha, que permitiese si quiera intuir la carnicería perpetrada de puertas adentro. Con la excepción de una huella, en este caso limpia pero marcada en polvo, en la azotea del inmueble. Era idéntica a las del escenario de los crímenes. Se cree que el autor pudo haber estado allí antes ultimando los preparativos de la matanza.

Entierro en Queirugás de la madre y su hijo pequeño Iñaki Osorio

Salvador recibió sepultura en el cementerio de La Parte de Bureba, una aldea de apenas 150 habitantes en donde todos se conocían. Era su lugar natal, el mismo donde hasta su muerte había desarrollado su boyante actividad agrícola, cuidando con mimo sus campos de cultivo. Los cuerpos de su mujer y su hijo pequeño, mientras, fueron trasladados a Verín, a Queirugás, para ser enterrados. Rodrigo, el hijo huérfano, acabó mudándose a este municipio ourensano. El joven fue arropado sin fisuras por los siete hermanos de su madre, dos de los cuales se convirtieron en sus tutores. Sin perder contacto con su familia burgalesa, fijó su vida en Verín y se matriculó en el instituto “Xesús Taboada”.

Una compleja investigación: ¿quién mató con semejante odio?

La Policía Nacional inició una compleja investigación bajo la tutela del Juzgado de Instrucción número 2 de Burgos. Dos eran las grandes preguntas: ¿quién había podido perpetrar unos asesinatos que destilaban tanto odio? ¿Y por qué? Estaba claro que Julia, la mujer, no tenía enemigos. Ama de casa y muy familiar, llevaba una vida sin sobresaltos. Los agentes trataron entonces de averiguar si había algo en la actividad de su marido Salvador, bien como alcalde pedáneo o en su faceta como agricultor, que aportase algún mínimo indicio, un hilo del que tirar. Pero lo cierto es que quienes conocían al hombre no encontraban explicación. “Era una buena persona que se dedicaba a trabajar sin hacer daño a nadie”, coincidían los consultados.

¿El autor era alguien que tenía una deuda con la familia? ¿Que les envidiaba? En ninguna de esas vías estaba la respuesta

El sumario desvela que se indagó en la posibilidad de que alguien tuviese alguna deuda con los fallecidos. También si el cabeza de familia podría haber levantado “envidia” en su entorno “por la buena situación económica” que gozaba. No se pasó tampoco por alto el hecho de que el hombre acababa de comprar una cosechadora valorada en más de 120.000 euros. Ya la había pagado días antes, pero eso lo sabían muy pocos, por lo que no se descartaba que quien cometió los crímenes hubiese entrado en la casa pensando que el dinero destinado a la máquina agrícola estuviese allí guardado.

El hijo mayor, Rodrigo, único superviviente, en el sepelio de su madre y su hermano en Verín Iñaki Osorio

Estas hipótesis de trabajo eran, en realidad, como dar palos de ciego. Ninguna prosperaba. Los resultados daban todos negativo. La familia tenía una vida tranquila. La tesis del robo también se descartó porque no desapareció nada de valor. Pese a que las manchas de sangre evidenciaron que el asesino registró el pantalón de Salvador, seguramente en busca de las llaves de su coche, no se llevó la cartera con 150 euros que tenía en su bolsillo trasero. Y en el armario del dormitorio principal seguían intactos los 1.800 euros que guardaba la familia. La lógica era por tanto aplastante. Quien entró en el piso no fue a por dinero. No quería robar. No buscaba nada material. Solo iba matar. A todos. ¿Por qué?

Quien entró en el piso no buscaba dinero; su única motivación era acabar con la vida de las víctimas

Fueron muchos los investigados en aquellos primeros momentos. La lupa policial pareció detenerse de forma más pausada en al menos dos personas. Una era un cazador conocido de la familia, “experto en armas blancas y en el degüello de las piezas cuando salía de caza”, que llegó a estar imputado, pero escaso tiempo. ¿Era el autor de los “certeros” tajos que las víctimas tenían en el cuello? La respuesta fue negativa. Otra persona que al inicio adquirió protagonismo fue un problemático vecino de La Parte de Bureba, Ángel R.P. Tenía mala relación con Salvador. Era de sobras conocido ese enconamiento. Y ni tras su muerte trató de ocultarlo: a la hora del entierro se puso a pegar acelerones con un tractor cerca del cementerio. Y, todavía insatisfecho de su irrespetuosa acción, dejaría más tarde unas pintadas insultantes en el panteón. Fue detenido y condenado por lo que escribió allí. Pero también se le descartó como asesino.

“Angelillo”, como conocían en el pueblo al autor de las pintadas, volvería a aparecer en las pesquisas. Y con más fuerza. Pero eso ocurriría (de hecho su posible implicación se sigue investigando en la actualidad) muchos años después. Así que retrocedamos en el tiempo.

Los meses transcurrían sin que llegasen respuestas. La situación era frustrante. Dos años después del triple asesinato, en 2006, el hijo y el hermano de las víctimas, Rodrigo, recién alcanzada su mayoría de edad, rompía su silencio en un acto en la Plaza Mayor de Burgos. Lo hizo para reclamar justicia. Clamó para que los crímenes no quedasen impunes. Para que el asesino recibiese “su castigo”. “Sigue libre y puede volver a matar”, alertaba.

Rodrigo tras leer un comunicado en 2006 en Burgos pidiendo que se esclareciese el caso Diario de Burgos

Y llegó la “Operación Caín” y con ella la gran sorpresa: el hijo huérfano era detenido

Apenas transcurriría un año desde aquella concentración cuando explotó la “Operación Caín”. Y para incredulidad de todos, el detenido como presunto autor de los crímenes resultó ser el propio Rodrigo. Seguía viviendo con su familia de Verín, aunque de lunes a jueves estaba en la residencia de estudiantes de la Universidad Laboral de Ourense. Allí lo detuvo la Policía Nacional el 13 de junio de 2007. Dado que tenía 16 años en el momento de los hechos, el caso pasó a manos del Juzgado de Menores de Burgos.

El arresto se produjo como consecuencia de un atestado policial en el que se concluyó que el hijo mayor del matrimonio asesinado era el posible autor en base a “una prueba directa, siete indicios y las contradicciones” en las que habría incurrido. Como posibles móviles se apuntaban “un odio exacerbado” hacia sus padres y su hermano pequeño, subrayándose los “celos” hacia este último, junto al hecho “de ser el único heredero de un considerable patrimonio, de alrededor de un millón de euros”.

La Policía presentó una “prueba directa” y “siete indicios” contra el joven; pero para los jueces solo eran “elucubraciones”

El sospechoso apenas estuvo tres días ingresado en un centro de menores. Y tras quedar en libertad, escasas jornadas después se le retiraban todas las medidas cautelares. La investigación contra él aún continuaría pero, finalmente, en marzo de 2010 la juez de menores dio carpetazo al caso. Sobreseyó provisionalmente el expediente abierto contra el joven. Meses después la decisión fue confirmada por la Audiencia Provincial de Burgos. ¿Cuáles fueron los motivos? ¿Qué tenía contra el chico la Policía y que llevó primero a la Fiscalía y después a los jueces a concluir que las conclusiones de los agentes no eran más que “elucubraciones, sospechas o hipótesis de trabajo”? ¿Que, como se indica en los dos autos judiciales, no había motivos “de suficiente entidad” que justificaran un juicio contra Rodrigo?

La “prueba directa”, argumentó la Policía, era que el joven estaba en posesión de las dos llaves del coche de su padre. Por tanto, que una se la había llevado de la casa aquella trágica noche. Los jueces rebatieron que había más llaves (al menos tres) y que, en todo caso, esa posesión tenía más explicaciones “posibles” que “su extracción del lugar del crimen”. En cuanto a los indicios, uno era que el chico tenía llaves del piso de Burgos. Aunque fuese así, se replicó en los autos judiciales, eso no permite deducir “que las utilizó para entrar en el domicilio y matar a su familia”.

Otra evidencia era que en un registro policial años después en Verín se encontró un anillo que la madre habitualmente llevaba a modo de colgante en una cadena. Precisamente, unas marcas en el cuello de esta mujer podían hacer pensar que durante el crimen le arrancaron una cadena. ¿Cómo llegó ese anillo de Burgos a la localidad gallega si no era de manos de Rodrigo? Los magistrados de nuevo calificaron ese hecho de “mera suposición”, al no ver pruebas concuyentes de que la mujer lo llevase en el momento del asesinato.

El resto de datos que presentaron los agentes estaban sustentados en la misteriosa desaparición de una cajetilla de tabaco y la alteración de unas colillas, las coincidencias de la complexión física del chico con el perfil que se dibujó del asesino o en que aquella madrugada tuvo “la oportunidad y la posibilidad” de desplazarse desde el colegio donde estaba interno hasta Burgos capital. Y regresar a continuación al centro antes de que amaneciese, todo sin ser visto y al volante de alguno de los vehículos que había en las instalaciones educativas. Porque aunque solo tenía 16 años, el chico ya sabía conducir.

Como colofón, junto a la existencia de posibles móviles, su forma de ser, argumentaban, encajaría con la personalidad “fría, calculadora y metódica” que se le presuponía al agresor. Todos estos argumentos fueron de nuevo rebatidos y desechados primero por la juez de Menores y después por la Audiencia de Burgos. No había base para una acusación.

Un grupo de familiares de Verín en una concentración en la ciudad donde fueron los crímenes Diario de Burgos

Y tras el sobreseimiento… un nuevo sospechoso

La detención de Rodrigo dividió a la familia de Verín. Tras el estupor inicial, sus tíos, los siete hermanos de su madre, tomaron diferentes posiciones. Varios lo apoyaron. Creían en su inocencia. Pero cuatro de ellos, representados por el abogado Adolfo Taboada, pelearon judicialmente, sin éxito, para que la causa contra el joven no se archivase. Convencidos de su presunta implicación en los asesinatos, llegaron a concentrarse en Burgos para exigir que se le sentase en el banquillo. Ni siquiera los últimos acontecimientos en torno al caso han disipado en la actualidad las sospechas que albergaban hacia su familiar.

Porque la causa se ha reactivado, pero en otra dirección muy distinta. Quien permanece imputado ahora por el triple crimen es Ángel R.P., el mismo vecino que hizo las pintadas con graves insultos en el panteón de Salvador Barrio tras su entierro. El mismo que había sido descartado en los primeros momentos de la investigación.

El investigado es un vecino, ahora en prisión por matar a una anciana, que hizo pintadas en el panteón del cabeza de familia

Condenado en 2014 por matar a una vecina octogenaria también de La Parte de Bureba, a “Angelillo” se le vincula también con la desaparición de un joven búlgaro con quien habría contactado en busca de unos sicarios que asesinasen a un familiar suyo. ¿Fue él el autor del triple crimen de Burgos? La causa se encuentra bajo secreto de sumario. Unas llaves del despacho de Salvador cuando era pedáneo encontradas en su poder, el hallazgo en su casa de unas zapatillas Dunlop como las que llevaba el asesino o la coincidencia de un cuchillo de su propiedad con las lesiones que presentaban las víctimas lo mantienen, en la actualidad, en calidad de investigado.

Este caso aún no ha escrito, por tanto, su capítulo final. A la espera de cómo concluya esta línea de investigación, el comisario que estuvo al frente al principio y que llevó a cabo la “Operación Caín” que derivó en la detención del hijo huérfano es tajante respecto a la tesis que se sigue con Ángel. “Tengo la absoluta seguridad de que él no fue; no se corresponde con el perfil, no tenía llaves de la casa, no conocía la vivienda… No hay ninguna opción”, zanja Galán.

El abogado de los cuatro tíos de Rodrigo que ejercieron la acusación particular contra él admite que no pueden “cerrar los ojos” a la nueva vía que se ha abierto con el actual imputado. “Angelillo ha sido condenado por un homicidio y en su día estuvo en contra de Salvador. Claro que hay que investigarlo. Cuanto más se haga mejor, pero no encaja para nada como el autor”, adelanta Adolfo Taboada.

Este grupo de tíos de Rodrigo, traslada el letrado, sigue “apuntando” al joven. “Todo lo que había en su momento contra él no se desvirtúa”, advierte. Circunstancias como la del anillo de su madre que apareció en Verín, afirma, son para él suficientes para al menos llevarlo a juicio. O la de las llaves del coche, entre otros muchos hechos. Y es que en el extenso recurso de casi 90 páginas que este jurista presentó para que no se sobreseyese la causa contra el chico se subrayaba que todos los indicios apuntaban a él como “único y exclusivo” autor.

El sospechoso del triple crimen de Burgos, Ángel Ruiz, durante un registro de sus propiedades con la Policía Nacional

De imputado… a ejercer la acusación en el proceso judicial aún abierto

¿Y qué es de Rodrigo en la actualidad? El joven, que tras años en Galicia regresó al pueblo natal de su padre para trabajar las tierras que éste poseía, ha cambiado de papel en el proceso judicial por las muertes de su familia. De estar imputado ha pasado a ejercer la acusación particular contra “Angelillo”. El abogado del chico es el pontevedrés Jesús Santaló. “Él está preocupado. Tiene interés y esperanzas en que esa línea de investigación vaya adelante. Está convencido de que fue ese vecino”, resume el letrado, que describe a su cliente como un “chaval serio” que ha pasado por una experiencia traumática, la pérdida de su familia, “de las que dejan huella”.

La instrucción sigue abierta, pero lo ocurrido hace casi 14 años en ese piso 5º A de Burgos sigue rodeado de sombras

Con la investigación judicial aún abierta, muchas sombras rodean a lo sucedido en aquel piso de Burgos hace casi 14 años, cuando una primaveral madrugada de junio se tiñó de rojo, el de la sangre de una tranquila familia que murió marcada por 99 puñaladas.

Perfil: Trabajadores y muy unidos a los suyos

Fotografía familiar del día de la boda entre Julia dos Ramos y Salvador Barrio Iñaki Osorio

Nadie en su entorno se podía imaginar el terrible final que la vida iba a deparar a Salvador, a su esposa Julia y al hijo pequeño del matrimonio Álvaro, al que, en aquella trágica madrugada de junio de 2004, apenas le faltaban tres semanas para cumplir los 12 años. Solo sobrevivió el hijo mayor, entonces de 16 años e interno en un colegio. La familia residía en Burgos, de donde era natural el hombre. Aunque su residencia principal la tenían en la capital, Salvador estaba muy apegado al pequeño pueblo de La Parte de Bureba. Su implicación era doble: como alcalde pedáneo y por su trabajo, que centró, junto a su hermano, en las tierras que poseían. También trabajaban las de otros vecinos. La agricultura permitía a la familia tener una desahogada posición económica. Pese a ello, relatan quienes los conocían, no eran ostentosos. “Eran ahorradores”, cuentan. Y trabajadores, resaltan. Muy trabajadores.

Julia era natural de Queirugás, en Verín. Allí tenían también una casa, junto a las de los hermanos de ella. El matrimonio y sus dos hijos viajaban a Galicia siempre que podían. Varias veces al año. La distancia no había roto ni un ápice los fuertes lazos con toda la familia ourensana. Pocas semanas antes de los crímenes, en Semana Santa, habían estado allí. Les gustaba también ir en otras fechas señaladas, como las navidades o los carnavales. El día anterior a la tragedia la mujer había hablado con su madre por teléfono. Junto a sus padres, el asesino mató con el mismo ensañamiento a Álvaro. Era un niño muy extrovertido. Solo tenía 11 años.

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