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Una ferretería con 40 años y mucho futuro en Baiona

Emilia Fernández se jubila tres años después de su marido, José Gay. El matrimonio se despide de Electrogayfer, un negocio de referencia en Baiona, y se lo traspasa a David Rodríguez Otero, un cocinero que ha querido dar un giro de 180 grados a su vida

Emilia Fernández y José Gay se despiden de su ferretería, Electrogayfer

Marta G. Brea

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Baiona

«Yo nací detrás de un mostrador. Mi madre me tenía en la basculita de pesar las patatas cuando era un bebé». Emilia Fernández Fernández es miembro de una histórica saga del comercio y la hostelería de Baiona. Su abuela materna fundó el recordado bar Abellón en pleno casco histórico y su abuelo paterno, la fábrica de gaseosas El Pombal en Sabarís. Sus padres regentaron durante décadas La Real, un establecimiento en «el que había de todo», un auténtico precursor de lo que hoy conocemos como centro comercial en un solo local. Ahí se crió ella y ahí le enseñaron lo que hay que saber para tratar con un cliente y aprendió a amar la profesión. «Es que a mí lo que me gusta es el trato con la gente, de verdad», asegura en los pasillos de la ferretería Electrogayfer, la que ha sido su casa durante 40 años, en el número 3 de la Rúa Palos de la Frontera, en Baiona.

Le costará dejar atrás esa vida de atender cada día a cientos de personas pero ha llegado el momento de jubilarse y también tiene ganas de disfrutar de su famila, sobre todo de «los dos nietitos que me llevan la vida». Se le ilumina la cara cuando los menciona. También a su marido, José Gay, que lleva ya tres años retirado. El matrimonio se despide de la vida profesional con pena por dejar atrás esa cercanía con su clientela, pero a la vez satisfecho de haber hecho las cosas bien como propietario de un negocio . «Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido. Tenemos un negocio que funciona, hay detrás muchas horas de trabajo y mucho sacrificio», recuerda ella.

José y Emilia, en sus inicios en el primer local de Electrogayfer.

José y Emilia, en sus inicios en el primer local de Electrogayfer. / Archivo familiar

Corría el año 1986 cuando abrieron las puertas del establecimiento en la rúa Cidade de Vigo, no muy lejos de la ubicación actual. Eran jóvenes pero Emilia ya tenía diez años de experiencia. «Yo acabé el Bachiller y me puse a trabajar con mis padres», rememora. José había estado embarcado y tenía un empleo en una compañía de grúas de Vigo pero no veía mucho futuro a la actividad, así que decidieron emprender juntos en la real villa. «Él era muy manitas y se puso a realizar reparaciones del hogar mientras yo vendía en la tienda», explica.

Los inicios fueron complicados. «Alquilamos el local y empezamos con un préstamo al 20 o 22 por ciento de interés, una burrada. Cada tres meses pagábamos 300.000 pesetas, una barbaridad», cuentan. Hacerse con la actividad también resultó complejo para ella. «Esto no es como vender ropa o alimentación, hay que saber un poco de lo que vendes y yo al principio no sabía despachar, confundía una trencha con una escofina. Lloraba por las estanterías», relata.

José y Emilia, a punto de jubilarse de su ferretería Electrogayfer tras 40 años en Baiona, con empleados de ayer y hoy.

José y Emilia, a punto de jubilarse de su ferretería Electrogayfer tras 40 años en Baiona, con empleados de ayer y hoy. / Marta G. Brea

Progreso

Pero enseguida se puso al día. «Fuimos haciendo clientela poco a poco y hoy tenemos una ferretería con una clientela buenísima», comentan con orgullo. No es para menos. Han sobrevivido a las compras «online» y a la apertura de una gran superficie del sector en el parque empresarial Porto do Molle de Nigrán ya en el local actual, cuatro veces más grande, al que se mudaron en 2004. «Con los tiempos que corren cada vez es más difícil salir adelante», pero negocios como el que dejan José y Emilia tienen algo que no se encuentra en los centros comerciales. «Ayudar al cliente, recomendarle el producto que le va mejor... La gente viene buscando una solución a un problema y deposita en ti una confianza... Para mí eso es una satisfacción enorme. Lo llevo en la sangre», recalca ella.

La clientela habitual los extrañará, tanto la de todo el año como la de veraneo. «Nos dicen: 'cuánto os echamos de menos en Madrid'. Allí no encuentras una tienda que te venda tornillos, una lámpara, una manilla para la puerta, un cortacésped... tienes que ir a negocios diferentes. La gente llega aquí y alucina cuando le vendes 50 céntimos de tornillos o cuado traen una lista de cosas y lo tenemos todo», señalan.

La empresa tiene 6 empleados en la actualidad y mucho futuro por delante. La pareja fundadora temía verse obligada a cerrar con la jubilación. Sus hijos han seguido otros caminos profesionales y nadie de la plantilla se animó a quedarse con el negocio. Pero «por suerte apareció este chico», David Rodríguez Otero, «que tiene muchas ganas de salir adelante». El nuevo propietario da un giro a su trayectoria profesional como cocinero y empleado de Stellantis con «mucha ilusión».

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