Longevidad
Centenarios y enamorados como el primer día
Carmen Giráldez y Francisco Soto han cumplido 78 años de casados en Nigrán y celebran, sobre todo, la vida

Marta G. Brea
«La vida es un tango», insiste varias veces Francisco Soto durante la conversación en su casa de Nigrán. Él y su esposa, Carmen Giráldez González, lo han bailado como nadie. Literal y metafóricamente. Cuando saltaban a la pista «facíannos o corro e aplaudíannos», aseguran orgullosos mientras se miran con el brillo de dos adolescentes en los ojos. Y cuando las cosas se torcían a lo largo de sus nada menos que 78 años de matrimonio las afrontaban «con cariño e con sacrificio». ¿Es posible seguir enamorado a los cien años? No hay más que verlos.
Conservan la ilusión de aquellos primeros encuentros de juegos infantiles por los prados de los barrios de O Viso, donde nació ella y donde reside toda la familia, y de Mallón, donde vino al mundo él. En su caso no hubo flechazo. Vivían a unos 500 metros uno del otro. Se veían por los caminos, en la fuente donde iban a buscar agua para la casa…

Francisco y Carmen, en la terraza de su casa en Nigrán. / Marta G. Brea
«Empezamos a namorar aos 16 anos máis ou menos», recuerdan. Y después de «ir a moitas festas e salóns de baile» se casaron a los 22. Fue un día de marzo de 1948. No recuerdan cuál porque «hai moito tempo», ríen, pero sí que «houbo entre vinte e trinta convidados e puxemos unha carpa na finca, un toldo», explica Paco. «Non había tanta fartura coma agora, había máis crisis», bromea Carmen. La retranca no les falta. Quizás sea esa picardía uno de los ingredientes de su receta, junto con un buen puñado de amor y, sobre todo, asegura ella, «moito respecto». Son principios básicos que siguen ambos, y así lo asienten con la cabeza, no solo en la pareja sino en la vida.
De hecho son un matrimonio muy admirado en su entorno —a su fiesta de las bodas de brillantes, cuando celebraron el 75 aniversario, acudió el barrio entero y el gobierno municipal—. Este año no han festejado la efeméride porque Francisco sufrió un achaque de salud que lo obligó a ingresar en el hospital. Sí pudo soplar las 100 velas con la familia el 7 de abril, tan solo un día después de recibir el alta, y esperan hacer una fiesta cuando ella también pase a formar parte del selecto club de los centenarios, el 16 de agosto. «Somos moi festexeiros». No hace falta que lo juren.
Y es que además de gustarles la música, el baile y las reuniones de familiares y amigos, Francisco y Carmen brindan por lo afortunados que se consideran. Hay más de 1.500 personas que han superado la barrera de los 100 años en Galicia, según los datos del Instituto Galego de Estatística, pero hacerlo en pareja se plantea como algo poco común. La salud les ha acompañado casi siempre a lo largo de todo este tiempo y, sobre todo, la familia. La pareja y sus tres hijos viven en casas contiguas, así que Francisco no tiene nada que temer. «Para unha residencia non me gustaría ir», avisa. Lo que sí le gustaría es «chegar aos 102 ou aos 105, por que non?» y disfrutar todo el tiempo que pueda de sus cinco nietos y su bisnieto.

Paco y Carmen con sus tres hijos y uno de sus cinco nietos. / Marta G. Brea
Su balance vital es positivo, aunque los inicios no lo fueran tanto. Carmen vivió una cruda infancia, huérfana de madre desde los 6 años y de padre a los 10. Los falangistas lo mataron poco después de estallar la Guerra Civil. Once meses más tarde fallecían los abuelos que la acogieron. Prefiere no acordarse de todo aquello. Él no sufrió tanto dolor pero sí tuvo que asumir responsabilidades desde pequeño. «Meus irmáns estaban na guerra e eu de 10 anos andaba cos bois a traballar», rememora. Su padre era marinero pero no siguió su camino: «a min o mar nunca me gustou».
Todo mejoró para ambos cuando se unieron. Sí es verdad que «traballamos moito», aseguran, pero la vida les deparaba experiencias más felices. A él le surgió la oportunidad de trabajar como agente de seguros para la compañía La Fe y mantuvo el empleo durante 40 años. De ahí que en Nigrán se le conozca por Paco da Fe. Ella se ocupaba de los hijos, de la casa y trabajaba también en el campo. «Tiñamos dúas vacas e ía levar o leite a Baiona. Ás veces daba volta en Sabarís porque xa vendera todo», narra. Juntos cultivaban maíz, patatas, verduras… «O que había daquela», afirman.
Discusiones y enfados hubo, "claro, como non ía haber?", afirma ella. "Ás veces virabámonos o cú na cama, pero logo nos pasaba», recuerda con una sonrisa.
También tuvieron tiempo para la diversión y los viajes. «Fomos a Palma de Mallorca, a Brasil, a Buenos Aires, a Montevideo, Paraguay, Marruecos... Aproveitamos o que puidemos», manifiestan. Al baile que siempre les encantó a los dos, Paco suma además una gran afición por la música. Tocó en un grupo con unos primos en la juventud y se arranca a cantar por menos de nada, sobre todo coplas. Muestra maneras de artista mientras lo hace. «Cantar canta calquera, outra cousa é entonar», sentencia mientras guiña un ojo. Carmen se parte de risa a su lado. Su conexión es mágica.
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