Gastronomía
Cuarenta años de excelencia en la mesa
Uno de los templos de la gastronomía en la comarca, el restaurante Avenida de Arcade, está de celebración. Sus fogones cumplen cuarenta años deleitando cada jornada los paladares más exquisitos con sus especialidades, donde reinan los mariscos y pescados de la ría siempre de la mejor calidad

Los hermanos Manuel y Juan Carlos Amoedo, con Cándido Boullosa (d.), los tres fundadores del restaurante Avenida. / ANTONIO PINACHO

Sus mesas han sido testigo de innumerables celebraciones de bodas, comuniones, reuniones de empresarios o, simplemente, personas que querían darse un buen homenaje culinario. Con una trayectoria de cuarenta años, el restaurante Avenida de Arcade es uno de los clásicos de la comarca para disfrutar de los mejores mariscos y pescados de la ría, donde la calidad es la prioridad.
El establecimiento fue fundado el 14 de mayo de 1986 por los hermanos Manuel y Juan Carlos Amoedo Boullosa y su cuñado Cándido Boullosa López —los tres ya jubilados—, y desde el primer momento se convirtió en un templo de la gastronomía con fama en todo el sur de Galicia. Su ubicación a pie de carretera nacional, y a un paso de las ciudades de Vigo y Pontevedra, les proporcionó una amplia y fiel clientela que les ha acompañado a lo largo de los años. «Desde el inicio apostamos por un producto de primera calidad para diferenciarnos del resto y el boca a boca hizo el resto. La gente siempre quedaba satisfecha y lo recomendaban a otras personas, así que siempre tuvimos mucho trabajo», recuerda Juan Carlos.
El producto iban cada día a buscarlo a las principales lonjas de la zona, como Vigo, Marín, Pontevedra, O Grove y Cambados. «Lo fundamental era tener una materia prima muy buena, porque cuando ofreces un gran producto, el cliente sabe apreciarlo y va a volver, eso seguro», comenta su hermano Manuel.

Marcos Boullosa Amoedo, el actual gerente. / ANTONIO PINACHO
Los tres propietarios se muestran muy satisfechos de su larga trayectoria en la hostelería y de haber conseguido deleitar los paladares más exigentes, siempre con platos de cocina casera, con una elaboración sencilla, pero de una calidad excepcional. «No empezamos desde cero porque ya teníamos otro restaurante en la misma avenida de Arcade, el 501, que estaba situado a unos 300 metros de distancia, y en el que dimos nuestros primeros pasos en la hostelería. Pero cuando vimos que los clientes crecían y se nos quedaba pequeño fue cuando apostamos por construir este, con mucha más capacidad para acoger grandes bodas y celebraciones familiares y de amigos», explica Juan Carlos.
Eran tiempos en los que los enlaces matrimoniales se hacían a lo grande, en muchos casos con hasta 200 y 300 invitados. «En aquellos momentos no era como ahora, donde en las bodas suelen ser más comedidas. Eran grandes acontecimientos y necesitábamos un salón amplio, nunca nos faltó el trabajo y siempre quedaban muy satisfechos los comensales».
De hecho, muchos de los clientes de los primeros tiempos aún siguen viniendo, y también sus hijos han seguido la tradición.
Uno de los únicos momentos en los que notaron algo de descenso de clientes fue en los años noventa cuando se redujo la tasa de alcoholemia al volante a 0,25 miligramos por litro en aire espirado. Una medida acompañada de un incremento de los controles en la carretera. «Hubo un bajón sobre todo en las cenas durante los fines de semana porque a la gente le gusta tomar unas copas de vino para acompañar los platos, y cuando la Guardia Civil comenzó a generalizar los controles de alcoholemia, algunos dejaron de salir a cenar fuera, o al menos a sitios en los que tuvieran que desplazarse el coche», comenta Juan Carlos.
Cocina tradicional
En la actualidad, el restaurante cuenta con una plantilla en cocina de ocho personas y siete camareros, con refuerzos para eventos puntuales. Solo uno de ellos se mantiene desde el principio, con 39 años trabajando en el establecimiento. «El único que faltó fue porque tuvo que ir a hacer la mili», apunta Manuel. Y la carta también sigue prácticamente igual, con platos elaborados de la manera tradicional, como si fuera la cocina de la abuela.

Los propietarios del establecimiento, ante la fachada. / ANTONIO PINACHO
«Aquí no hay secretos, nunca quisimos ofrecer platos de diseño. Nosotros siempre apostamos por la cocina de toda la vida y así seguimos porque el que viene a comer aquí ya sabe lo que se va a encontrar. Somos cocina de producto, platos elaborados con los mejores ingredientes frescos que no necesitamos adornar. El que quiere un mero o un rodaballo, aquí lo pide a la plancha, con todo su sabor, sin camuflarlo con nada», explica Marcos Boullosa, el hijo de Cándido Boullosa y actual gerente del local. «No digo que la cocina moderna y de diseño esté mal, hay que probarla, pero el que viene aquí lo que quiere es comer como en casa. Así ha sido siempre y creo que nos ha ido bastante bien durante cuarenta años», concluye.
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