Un perro de asistencia para Leire, una niña de ocho años con discapacidad de Redondela: «No pedimos privilegios, sino comprensión»
Su familia hace velas y jabones y piden la voluntad para recaudar fondos que costeen a un labrador cuyo adiestramiento cuesta cerca de 15.000 euros
Relatan expulsiones de espacios privados y una respuesta «sin orientación» por parte del Concello: «Háganse autónomos y pongan un puesto como cualquier otra persona»

Leire, en una de las dinámicas con perros en Ramalladas. / Cedida
En una casa de Redondela, la rutina de Abel Riveiro y Alba Rodríguez se organiza alrededor de una palabra que condiciona cada día: vigilancia. Su hija Leire, de ocho años, tiene retraso cognitivo del desarrollo y, según explica su madre, un cuadro compatible con TDAH y trastorno del espectro autista. La familia busca un perro de asistencia que le aporte seguridad, autonomía y un apoyo estable en momentos críticos. El problema es tan simple como duro: no pueden costearlo.
Alba resume con crudeza el punto de partida: «Yo no puedo trabajar. Me dedico plenamente a Leire». El padre sí tiene empleo, pero el cuidado de la niña exige una disponibilidad total. «Hoy puede ser un buen día, como mañana es un día que necesita estar 24 horas pendiente», añade esta madre que tiene dos hijos más. La solución que han encontrado y la que les ha devuelto algo parecido a la esperanza, pasa por un animal entrenado para intervenir cuando el entorno se vuelve un riesgo.
Del acoso escolar a la búsqueda de un apoyo constante
La preocupación no llegó de golpe. Alba recuerda que en la etapa de guardería ya les trasladaban que «algo pasaba», pero el diagnóstico se resistió. Con la entrada en el colegio, el escenario empeoró: acoso escolar, insomnio, episodios de agresividad y, sobre todo, fugas. «Empezó a sufrir bullying, acoso escolar… y todo fue aumentando a lo bestia», cuenta.
La familia intentó sostener el día a día con una cadena de recursos profesionales: psicólogos, logopedas, atención sanitaria. Pero la sensación era de estancamiento. «No avanzaba en clase, no avanzaba en casa, todo iba a más», relata Alba, que asegura que desde el ámbito clínico les advirtieron de que la situación podía intensificarse pese a la medicación, al estar relacionada con el daño emocional del bullyng que venía sufriendo.
En esa búsqueda, a base de «investigar», dieron con Ramalladas, centro de instrucción de perros de asistencia de Galicia que también desarrolla terapias con menores. «Empezamos a ir y Leire empezó a funcionar muy bien y va encantadísima, cuando no suele querer ir a ningún lado porque no está cómoda», explica. A partir de esa mejora, surgió la idea que ahora persiguen: un perro de asistencia para la convivencia diaria.

Leire con un caniche, en Ramalladas. / Cedida
«Es un perro de trabajo» con un coste inasumible
La familia no habla de una mascota, sino de un animal con un cometido concreto. «Es un perro de trabajo, para el día a día de Leire», subraya la madre. El proceso, sin embargo, es largo y caro: alrededor de dos años de adiestramiento y un coste que sitúan entre 13.000 y 14.000 euros.
La preparación del perro comienza muy pronto y no se limita a órdenes básicas. El animal se forma con un adiestrador y, según relata la familia, la convivencia se incorpora de manera progresiva y controlada para no interferir en el aprendizaje.
El tipo de perro que barajan es un labrador, habitual en programas de asistencia por su temperamento y capacidad de trabajo. Alba pone ejemplos concretos del papel que podría desempeñar en su hija. Para las fugas, describe una intervención directa: el perro se colocaría de manera que Leire se detenga y permanezca en un lugar seguro. En momentos de crisis, añade, podría actuar como elemento de distracción y regulación: «Si a Leire le da un ataque de agresividad, el perro le empieza a dar la cara y la distrae».

Leire con un perro de Ramalladas. / Cedida
Además, la familia cree que el impacto sería notable en el ámbito escolar, donde la niña sufre aislamiento: «Leire se pasa mucho tiempo sola en los recreos. Sería un apoyo emocional muy grande». Y apuntan a otra dimensión clave: una vez acreditados, estos perros pueden acompañar al menor en numerosos espacios de la vida cotidiana, lo que permite que el apoyo no se limite a sesiones puntuales, sino que sea continuo.
Jabones, velas y trabas
Mientras el objetivo económico parece lejano, Abel y Alba han intentado abrir caminos por su cuenta. Lo han hecho con un método sencillo y artesanal: jabones y velas elaborados por ellos mismos, ofrecidos a cambio de aportaciones voluntarias. «No nos los dejan vender; es una iniciativa solidaria ya que solo pedimos la voluntad, lo que la gente quiera aportar», explica Alba, que ya tenía experiencia previa haciendo jabones de forma ocasional antes de ser madre.

Alba y Abel con su hija Leire. / Cedida
Empezaron «en verano» y el primer intento fue el más directo: salir a la calle con la niña «llevando un cestito». Pero la fórmula resultó poco sostenible. «Se cansa», dice Alba, aludiendo a las limitaciones de Leire. Probaron entonces en centros comerciales, buscando espacios donde la niña pudiera entretenerse, pero aseguran que, al ser recintos privados, terminaron siendo expulsados. La consecuencia, afirma, no es solo logística: es emocional. «Son situaciones especialmente dolorosas para nuestra hija, porque es plenamente consciente de que se trata de una iniciativa para ayudarla», relata la familia.

También intentaron acceder a eventos locales con puestos de artesanía como citas populares y ferias marcadas en el calendario redondelano, pero se encontraron con requisitos administrativos. Según explican, les indicaron que sin ser autónomos o sin el respaldo de una entidad formal no podían instalarse, además de asumir el coste del propio puesto. En paralelo, señalan que desde el ámbito municipal se les remitió al «procedimiento habitual», sin una alternativa específica adaptada a una causa social vinculada a una menor con discapacidad.
La respuesta de la familia es insistir, regularizarse y seguir contando su historia. Para hacerlo, se registraron como asociación: le pusieron de nombre Patiñas de Apoio, y está integrada por la propia familia. Buscan, dicen, que la visibilidad facilite colaboraciones y que se les permita participar legalmente en actividades de recaudación. Por ahora, con las iniciativas realizadas, calculan que han reunido cerca de 2.000 euros.

Jabones y velas que fabrica la familia de Leire para recaudar fondos. / Cedida
«No pedimos privilegios, sino comprensión, acompañamiento y un mínimo de implicación», resumen. Y elevan el foco: su caso, sostienen, no es una excepción, sino el retrato de una realidad que empuja a muchas familias a depender de la solidaridad mientras intentan abrirse paso entre trámites, límites y negativas.
Porque para Abel y Alba el perro no es un extra. Es una herramienta de seguridad, una posibilidad real de mejorar la calidad de vida de su hija y de reducir el coste humano de una rutina que se sostiene con agotamiento. «Queremos abrir un debate social sobre el verdadero apoyo a la discapacidad más allá de los discursos», concluyen.
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