Peregrinación jubilar a la catedral de Tui

Avelino Bouzón Gallego, canónigo archivero de la catedral de Tui. / Ricardo Grobas
Avelino Bouzón Gallego
En la tarde del sábado 31 de mayo, a las 19 horas, la catedral tudense acoge a los peregrinos procedentes de más de una veintena de parroquias del Baixo Miño que cruzan la Puerta Santa del templo jubilar dispuestos a participar en la santa misa presidida por el obispo de la diócesis de Tui, monseñor Antonio Valín Valdés, y conseguir así las gracias del Año Santo ordinario que convocó el recordado papa Francisco con la bula Spes non confundit, «la esperanza no defrauda» (Roma, 9 mayo 2024).
El pontífice fallecido inauguró el Año Jubilar con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano el 24 de diciembre de 2024. Por su parte, el obispo de Tui-Vigo abrió el Jubileo en la diócesis el domingo 29 de diciembre de 2024 con la misa de pontifical en la catedral de Tui y, para facilitar las gracias del Jubileo a los fieles, designó tres templos jubilares: la catedral tudense, la concatedral-basílica de Santa María de Vigo y el santuario de la Virgen de la Franqueira.
El Año Jubilar de la Esperanza o Año Santo de 2025, que será clausurado el 6 de enero de 2026, implica un periodo de gracia y de perdón que la Iglesia nos concede con motivo del 2025 aniversario de la encarnación del Verbo de Dios, nuestro Redentor. La gracia de la Reconciliación y de la Indulgencia plenaria beneficia tanto a los miembros de la Iglesia que peregrinan en este mundo, como a los fieles difuntos que se purifican en el purgatorio.
La indulgencia, don inestimable de la misericordia divina, es uno de los «signos» peculiares de los años jubilares. Podrán recibir la Indulgencia, con remisión y el perdón de los pecados, todos los fieles verdaderamente arrepentidos y movidos por espíritu de caridad, que, en el curso del Año Santo purificados por el sacramento de la penitencia y alimentados por Santa Comunión, oren por las intenciones del papa.
En memoria del papa Francisco, y para que los peregrinos se confiesen, cito una experiencia personal que contó el pontífice fallecido. «Quisiera terminar [la predicación] con una anécdota de un hecho que me sucedió a mí, en el año 1992. Había llegado a la diócesis la imagen de la Virgen de Fátima. Se celebraba una gran misa para los enfermos —muy grande, en un campo grande, con mucha gente—, y yo fui a confesar allí. Y confesé desde cerca del mediodía hasta las seis, cuando terminó la misa. Había muchos confesores».
Precisamente «cuando me levanté para ir a celebrar una Confirmación en otro lugar —recordó— se acercó una anciana, de unos ochenta años, con una mirada que veía más allá, con ojos llenos de esperanza». Y «yo le dije: ‘Abuela, ¿usted viene a confesarse? Pero, ¡usted no tiene pecados!’. A partir de la respuesta de la mujer —«Padre, ¡todos pecamos!»— Bergoglio relanzó el diálogo: «¿Tal vez el Señor no los perdona?». Y la mujer, fuerte en su esperanza, dijo: «Dios perdona todo, porque si Dios no perdonara todo, el mundo no existiría» (Homilía del papa Francisco, capilla de la Casa Santa Marta en Roma, lunes 14 de noviembre de 2015). La abuelita era portuguesa.
Santa María, madre de Dios y madre de la Iglesia, «vida, dulzura y esperanza nuestra», acompaña siempre con su poderosa intercesión maternal a los hijos que caminan por la vida entre luces y sombras.
*Avelino Bouzón Gallego Canónigo es archivero de la catedral de Tui y párroco de San Bartolomeu de Rebordáns
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