“El gran reto de la neurociencia es encontrar cura a las enfermedades mentales”. Así lo señaló ayer el catedrático en psicobiología Ignacio Morgado en el Club FARO DE VIGO, en un acto presentado por el catedrático de Filosofía Avelino Muleiro y celebrado en la sala de conferencias del Museo Marco, ante un publico que llenó al aforo. El neurocientífico, uno de los más reputados de España, aseguró que “en cualquier momento se encontrará la cura para el alzhéimer; no sé cuándo”.

Peores augurios manejó para otra enfermedad neurodegenerativa, el corea de Huntington, una patología mortal heredable al cien por cien. Hasta que se descubrió esta dolencia, cuyo uno de sus síntomas es el movimiento incontrolado que produce en quien la padece, los enfermos eran perseguidos acusados de brujería y en la localidad de Salem algunos de ellos fueron ahorcados, según comentó Morgado, quien a lo largo de su conferencia fue ofreciendo pinceladas de diferentes cuestiones que aborda en su último libro “Materia gris. La apasionante historia del conocimiento del cerebro” (editorial Ariel), en el que condensa veinte siglos de investigación sobre este órgano humano, recorriendo los descubrimientos más importantes y sus autores.

“Cuando me preguntan si sabemos poco del cerebro, cojo una enciclopedia de neurociencia que tengo en mi despacho, muy voluminosa, para decir que es mucho lo que sabemos”, manifestó.

Comenzó su recorrido por la historia del conocimiento de la mente humana por los antiguos egipcios, que no consideraban importante este órgano y lo extirpaban a los cadáveres por la nariz con unos garfios. En la Grecia clásica, “Aristóteles creía que pensábamos con el corazón y que el cerebro se encargaba de refrigerar la sangre cuando se calentaba por las emociones” –indicó–, hasta que Hipócrates de Cos se dio cuenta de que era el órgano de la sensibilidad. Ya en el Imperio Romano, Galeno propuso la teoría de que los nervios hacen que se mueva el cuerpo y por dentro de ellos circulan unos espíritus naturales. Esa doctrina se sostuvo durante siglos, hasta que el italiano Luigi Galvani descubrió en el siglo XVIII que esos espíritus eran electricidad.

En su repaso por la historia del conocimiento del cerebro, Morgado mencionó numerosos investigadores científicos y también teorías descabelladas. Una de estas se le atribuye a Descartes, quien, asociando la mente con Dios y el cuerpo con conceptos más terrenales llegó a asegurar que “la glándula pineal, ubicaba en el centro del cerebro y asociada al mecanismo de despertar y dormir, era por donde penetraba el alma al cuerpo”.

Entre los que aportaron grandes avances para la neurociencia, Morgado citó a Paul Pierre Broca, que en el siglo XIX realizó la autopsia a un paciente con problemas lingüísticos y comprobó que tenía lesionada un área del cerebro que se denomina desde entonces con su apellido, y a Wencke, que localizó la zona encargada de comprender el lenguaje; a los científicos de la Escuela de Berlín a mediados del siglo XX, entre ellos a Helmotz, quien descubrió a qué velocidad conducen las neuronas las descargas eléctricas; a Santiago Ramón y Cajal, padre de la teoría de que las neuronas no funcionan en red sino de manera independiente y autónoma, uniéndose por proximidad; a Pavlov, quien destapó los reflejos condicionados; o a Hans Berger el padre de la electroencefalografía.

La historia del conocimiento del cerebro está repleta de polémicas entre investigadores que competían por ser los primeros en registrar un descubrimiento y también de prácticas inmorales. En este último apartado, Morgado situó a los médicos que llevaron a cabo la “muerte gentil”, la eugenesia de los nazis para deshacerse de los “débiles mentales y discapacitados” con el objetivo de depurar la raza aria, y a Louis Agassiz, quien sostuvo que el cerebro de las personas negras era inferior a la de los blancos.

Un neurocientífico con alma de electricista

Cuando aún era alumno de Primaria, a Ignacio Morgado le apasionaba la electricidad, así que empezó a hacer un curso por correspondencia. “Siempre tendré asociado a los mejores momentos de mi vida cuando con mis propias manos construí un aparato de radio y empezó a sonar”, recuerda. Tras estudiar el bachillerato superior en electrónica y electricidad en la universidad laboral, el prestigioso neurocientífico comenzó a estudiar Psicología , pero la abandonó por “literaria y poco científica” y se matriculó en Medicina. “En cuanto descubrí que el sistema nervioso funcionaba con electricidad volví a encontrarme con lo mío”, explica. Y es que gran parte de la vida profesional del neurocientífico ha transcurrido en el laboratorio poniendo en práctica, además de la investigación sobre el funcionamiento del cerebro, las dos pasiones de su infancia. “Los electrodos que he puesto las cabezas de las ratas para enviarles corrientes eléctricas al cerebro y facilitarles la memoria los he fabricado con mis propias manos, y los aparatos que le colocábamos en el cráneo, también”, comenta. Hoy en día, el material llega en “cápsulas” y cuando se estropea no se repara, sino que se sustituye por uno nuevo. “Antes íbamos pieza a pieza, del mismo modo que cuando investigamos el cerebro”, afirma. Como gran reto de la investigación, además de curas las enfermedades mentales, señala conocer cómo el cerebro crea la conciencia.