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LaLiga

Al Celta se le cruzan los cables

La expulsión de Marcos Alonso al comienzo de la segunda parte frustra al equipo vigués que dominaba gracias a un gol de Aspas

Los de Giráldez acumularon en doce minutos funestos una serie de calamidades que permitieron una remontada que Osasuna culminó con un discutible penalti

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Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

El fútbol es el único deporte en el que un pestañeo puede arruinarte la tarde. No hace falta más. Llevaba el Celta cincuenta minutos sin cometer una sola falta mientras se quejaba amargamente de la reiteración de Osasuna durante el primer tiempo. Pues la primera resultó devastadora. Un simple despiste, una acción mal medida, un exceso innecesario de Marcos Alonso poco después del descanso fue suficiente para que una noche que parecía tranquila (visto el control que el Celta ejercía sobre el partido) y feliz (por ese gol delicioso de Iago Aspas) hiciese saltar todo por los aires. El cruce de cables del veterano defensa, que había hecho un notable arranque de partido, le supuso una roja que el Celta no fue capaz de digerir. Faltó una pizca de serenidad para entender la situación y adaptarse a ella con urgencia. La expulsión fue el punto de partida de doce minutos calamitosos que permitieron al Osasuna completar una remontada que los navarros encontraron en gran medida gracias a factores ajenos a ellos: un regalo del Celta y un penalti más que discutible de Javi Galán. Suficiente para estropear el estreno de los vigueses en su estadio confirmando que tienen una más que mejorable relación con el mes de agosto.

El desenlace de la noche arruinó también lo que parecía una puesta en escena diseñada a gusto del anfitrión. Porque todo parecía en paz hasta que por primera vez Aspas recibió el balón con tiempo y metros para tomar decisiones. Levantó la vista y, como todo lo ve antes que el resto, su cabeza ya estaba celebrando el gol. Se libró de un blandito Torró con un sencillo quiebro y facturó uno de esos remates que no aparecen a final de año en los resúmenes de la temporada pero que están sobrados de veneno y calidad. Raso, cruzado, al palo más alejado…cuando Herrera sacó el brazo en un esfuerzo inútil Balaídos ya gritaba el gol. El primero de la temporada del Celta, el primero de los últimos de Iago Aspas. Un gol que emociona como casi todos, pero que también duele. Porque adelanta aquello que en unos meses se perderá para siempre. Convertir a Iago en un recuerdo va a ser un trago difícil de digerir en la vida del celtismo.

El embrujo de Iago Aspas también afectó a Osasuna que se pasó casi toda la primera parte sin decidirse a dar un paso adelante. El Celta, bien asentado sobre Miguel Román y Moriba, no encontró la manera de amenazarle. Su banda izquierda, sin Carreira en esta ocasión, no tuvo profundidad ante la nula conexión entre Galán (hiperactivo, lo que no quiere decir que sea una buena noticia) y Williot, falto de mordiente. En el otro costado Rueda, el hombre de la semana, no encontró a Pablo Durán en las tres ocasiones en la que pudo galopar hasta la línea de fondo. Pero el negociado estaba bien sujeto para los intereses de Claudio, pese a la dificultad para generar en los últimos veinte metros, y los sustos en el área propia solo llegaron en un par de cesiones algo barrocas a Radu que el portero solucionó con eficacia.

Aspecto de Balaídos durante el partido de ayer.

Aspecto de Balaídos durante el partido de ayer. / Marta G.Brea

El partido, pese a que Osasuna fue aumentando el nivel de presión en el tramo final del primer tiempo hasta incomodar a un Celta que solo a través de Román encontraba claridad, parecía en calma. Pero agazapado en el camino esperaba el peor de los horrores. Silencioso e inesperado como acostumbra. Se hizo presente en el arranque del segundo tiempo cuando en un balón dividido Marcos Alonso salió de posición y, sin tomar las necesarias medidas ni hacer los cálculos que exigía la situación, se llevó puesto a Iker Muñoz. Una entrada dura en apariencia, una amarilla clara que la televisión convirtió en roja tras el paso por el escrutinio del VAR, tan celoso para unas cosas; tan laxo para otras. La foto fija condenó a Marcos cuyos tacos se fueron al tobillo del osasunista. Era la primera falta que el Celta cometía en el partido; suficiente para arruinarlo casi todo porque en panorama nuevo e inquietante se le abría al Celta con un futbolista menos y todo un segundo tiempo por delante.

Mala digestión

El equipo de Giráldez digirió de la peor de las maneras la noticia de verse con uno menos. Fue un desplome casi inmediato, un desmoronamiento futbolístico pero también anímico. La recomposición urgente (Starfelt por Aspas) sirvió de poco porque en el primer balón que voló por el área del Celta Kike Barja le ganó el duelo a Rueda y fusiló a Radu desde cerca. El defensa, casi siempre enérgico, se fue al suelo con un soplido para conceder el remate franco del navarro. No fue la única calamidad encadenada por los vigueses en ese momento porque poco después el árbitro castigó con penalti una mano de Galán tras un saque de esquina y Budimir puso en ventaja a los navarros en el minuto 63. La jugada también merece su análisis porque el balón llega a la mano del lateral de forma involuntaria después de que golpease en su pecho y estamos hartos de escuchar sermones arbitrales en los que se hace ver que ese tipo de acción no debe ser castigada con la pena máxima. La cuestión es que Sesma López no se movió de su postura y en doce minutos negros el Celta arruinó su noche.

Giráldez renovó sus costados con Hugo Alvarez, Jones, Carreira y más tarde echó mano de Jutglá por Pablo Durán para intentar revertir la deseperada situación. Pero el Celta no fue capaz de molestar a Sergio Herrera. Tampoco lo había hecho más con once jugadores aunque tuviese el control del juego. Sus intentos murieron siempre en la defensa bien armada de Osasuna, especialista en el juego aéreo y para quienes los intentos desesperados del Celta fueron un simple pasatiempo. El orgullo y el empuje en el descuento le dio al equipo de Giráldez para generar un par de saques de esquina y para que Román buscase un pase milagroso (faltó un pelo para llegar a destino) que arreglase una noche que comenzó con el guion perfecto pero que saltó por los aires en un exceso innecesario de Marcos Alonso. Un instante apenas, pero suficiente.

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