Los antecesores
La primera piedra de la escalera de plata
Borja Domínguez, Kevin Vázquez, Benja Gómez, Marcos Torres, Pichi Lucas, Félix Rial y Antón de Vicente formaron parte del Celta B que logró en 2013 el último ascenso de un filial céltico antes de la histórica subida a Segunda del Fortuna

Los seis futbolistas y su entrenador recordaron viejos tiempos en la cima de O Castro. | PEDRO MINA

Amanece con niebla en Vigo. Hasta se agradece. La mañana está fresca y los protagonistas de aquel pequeño hito, que allá por 2013 ignoraban que estaban construyendo los cimientos del reciente éxito del Fortuna, empiezan a aparecer por la cima de O Castro. Como en una etapa pirenaica del Tour. Pasaron 13 años. Para ellos, fue un suspiro. Se abrazan, sonríen, se ponen al día. Juntos lograron el último ascenso de un filial céltico antes de la histórica presencia en Segunda División que Fredi Álvarez y sus pupilos se ganaron hace mes y medio. Aquel Celta B subió a Segunda B desde una Tercera muy distinta a la actual y al año después de bajar. Un pequeño paso para ellos, antes del gran salto que la entidad celeste ha dado con toda su cantera en la última década.
«Fuimos los primeros en poner esa piedra». Así se expresa Kevin Vázquez días antes de fichar por el Thor de Akureyri islandés, sentado en lo alto de la fortaleza junto a sus antiguos compañeros. Y a su entrenador. Pichi Lucas comandó aquel grupo nuevo, joven y talentoso en una Tercera con un nivel incomparable al actual. Racing de Ferrol, Compostela, Fabril, Pontevedra, Bergantiños o Cerceda. Y más. Terminaron segundos.
Luego, un play-off de máxima exigencia, con tres eliminatorias a ida y vuelta contra Cortes, Mutilvera y Arenas de Getxo. Todas superadas con éxito por una plantilla con nombres como Levy Madinda, David Costas, Javi Camochu, Jordan Sánchez, Churre, Diego Maceira, David Añón o Thaylor Lubanzadio, entre otros muchos. También con jóvenes como Jonny Otto, Rubén Blanco o Santi Mina asomando la cabeza.
A todos los representan en esta reunión para recordar viejos tiempos Antón de Vicente, Borja Domínguez, Marcos Torres, Benja Gómez y Félix Rial, además de los mentados Kevin y Pichi. Y al igual que el sol, que empieza a diluir la niebla y a subir la temperatura, los recuerdos comienzan a aflorar. Cada vez más veloces. Cada vez más nítidos.
«Fue un año importante de aprendizaje para todos nosotros. De dar ese paso hacia el fútbol profesional», recuerda Borja Domínguez, retirado tras una carrera con casi 100 partidos en Segunda, que habrían sido muchos más de no ser por sus maltrechas rodillas. El centrocampista vigués destaca aquella Tercera como «una categoría dura, en la que competías con gente madura y en la que ibas a jugar a estadios de verdad».
Su antiguo entrenador disfruta escuchando a los que fueron sus pupilos. Asiente. Sonríe. Y aporta. «La exigencia del club era el ascenso. Todo lo que no fuera eso, sería un fracaso. Partimos con esa presión y no fue fácil. Pero los chicos hicieron un gran trabajo», proclama Lucas, encantado con el reencuentro.
Esa carga existió. Pero el técnico berciano la asumió por completo sobre los hombros. Sus futbolistas se divertían con la inconsciencia de la edad y de un fútbol formativo que estaba mucho menos profesionalizado que ahora, pero que, a cambio, era más libre. «Yo no notaba esa presión. Y creo que mis compañeros tampoco. El ambiente era espectacular en el vestuario y eso se reflejaba en el campo», incide el Benja Gómez, que luego pasó por Pontevedra y Alondras, mientras recuerda junto a Félix Rial cómo el club meditaba elegir a uno y cortar a otro antes de empezar la Liga. «Al final nos quedamos los dos», apunta entre risas el ahora entrenador del Areosa juvenil, que vivió como futbolista los mejores años de la historia del Choco. «Fue una gestión muy buena. Todos tuvimos nuestro protagonismo en algún momento de la temporada», subraya el vigués, que ahora valora aún más la labor de Pichi.
Esas diferencias con el antes y el ahora no dejan de brotar. Los protagonistas del histórico ascenso de 2026 viven instalados en dinámicas de alto nivel desde hace muchos años. Los conquistadores del también histórico ascenso de 2013 peleaban dentro de una estructura de cantera que no tenía la preponderancia de hoy. Para lo malo. Pero también para lo bueno. «Nosotros nos lo pasábamos muy bien sin esa atención. Así que no estaba tan mal. Todos disfrutamos dentro y fuera del campo», enfatiza Marcos Torres, todavía en activo en el Moaña de Preferente Autonómica.
Borja Domínguez ahonda en esas disparidades. «Desde muy pequeños, estos chicos -los jugadores del filial actual- ya se ven a sí mismo como profesionales. Nosotros podíamos tener la esperanza. O ni eso. Te veías como un chaval que jugaba un poco bien, que le pagaban algo y ya está», reflexiona el centrocampista vigués. Kevin lo resume: «El Celta B actual es un equipo totalmente profesional».
Con todo, ninguno se cambiaría por la generación actual. Al contrario. «Fue el año que mejor me lo pasé. Seguro», añade el lateral miñorano. «Yo también», responde con rotundidad Antón de Vicente. El que fue buque insignia del Coruxo, ahora en el Marín de Preferente, viaja con la mente a ese 2013, cuando el filial culminó el objetivo de subir a Segunda B en Getxo. «Nos caían lágrimas de emoción.Parecía que el ascenso estaba muy lejos, pero nosotros conseguimos que estuviera muy cerca», reivindica.

Los representantes de aquel filial de 2013 se divirtieron en O Castro. / Pedro Mina
No fue fácil. El Arenas apretó hasta el final, pero el 2-2 definitivo hizo bueno el 0-0 de Barreiro (entonces los goles en campo contrario tenían valor doble). «Un cagazo terrible», apunta Borja Domínguez entre risas. Benja asiente a su lado. Tuvo que verlo desde la grada. «Pedía la hora como un loco», explica.
Por su parte, Marcos Torres reivindica el logro al destacar que tres de los cuatro gallegos que jugaron el play-off lograron el ascenso (Compostela y Racing de Ferrol, además de los célticos). «Y porque al Fabril le pasó lo de El Palo», añade el atacante sobre el rocambolesco episodio que el filial del Deportivo vivió en la localidad malagueña «Y pasando tres eliminatorias», añade Félix, para dimensionar una conquista que pudo pasar desapercibida en aquel momento, pero que años después se demostró con un valor incalculable para el mañana de la cantera celeste. Para su hoy.
Aquel ascenso fue el primer gran éxito de sus incipientes carreras. «Yo diría que el único», interrumpe Kevin con punzante retranca. Todos rompen a reír. Y aquel vestuario de Barreiro en 2013 renace en O Castro trece años después. Todos se arremolinan, se juntan, se funden. Y las anécdotas vuelan junto a las carcajadas.
Solo faltan los compañeros, que por un motivo u otro no pudieron acudir a la reunión. Pero el lazo que los une es para siempre. «Encontrarnos tanto tiempo después es un motivo de mucha satisfacción», reflexiona Pichi con emoción. Es normal. Las vidas avanzan y, aun sin quererlo, los caminos se separan. Pero el nexo de unión sigue vigente. «Me hace muy feliz pasar este rato con los chavales», proclama el que fue entrenador y futbolista del Celta.
En ese momento, se escucha el silencio. Y sus pupilos sonríen. Por fuera y por dentro. Es Borja Domínguez el que pone voz a ese sentimiento común. «Te das cuenta de lo importante que son las personas conforme avanzas en el fútbol. Cuando eres más joven, tienes el ego subido y te crees más importante de lo que realmente eres.», inicia. «Por eso, cuando pasa el tiempo, entiendes que lo que realmente te queda del fútbol son los amigos... Y la viruta que hayas ganado», remata con sorna.
Ahí es cuando las risas terminan de convertirse la banda sonora del nostálgico encuentro en la fortaleza viguesa. «Ganar, perder, competir... Todo eso está muy bien. Pero las amistades que haces, las personas que te encuentas. Eso es lo que no se te va a olvidar nunca», concluye Pichi Lucas con solemnidad, mientras los que fueron sus pupilos asienten. «Y que no se olvide tampoco que jugábamos un fútbol de cojones», añade el técnico a modo de alivio cómico. También de reivindicación. Porque los héroes del ascenso a Segunda tuvieron antecesores que marcaron el camino. Que demostraron que la apuesta por la cantera es un valor seguro. Que pusieron la primera piedra de esta escalera de plata.
Tras el ascenso, rescisiones en una estación de servicio
Trece años después de aquel ascenso, las anécdotas permanecen en la retina de sus protagonistas, que inciden mucho en lo distinta que eran sus rutinas como deportistas. Con la alimentación como claro ejemplo. «Los sábados jugábamos un partidillo y el equipo que perdía pagaba los pinchos. Nos hinchábamos a zorza, a patatas fritas y a cervezas. Y al día siguiente, competíamos a muerte», rememora Antón. «O el mismo día», apostilla Kevin, que recuerda cómo Jonny Otto debutó con el Celta B solo unas horas después de «meterse una tapa de oreja» en una de esas juntanzas tan parecidas a la que los siete miembros de aquel equipo tuvieron en O Castro, en representación de todos sus compañeros.
Pero la vivencia más surrealista de aquella histórica temporada se produjo apenas unas horas después de culminar el ascenso en Getxo. Era 30 de junio. Día de fin de vínculos contractuales. El autobús regresaba feliz de Euskadi, pero el conductor recibió la orden de parar en una estación de servicio de la autovía. El reloj marcaba las 23:30. Dicho de otro modo: faltaba media hora para el 1 de julio . «Muchos contratos se renovaban automáticamente. Y algunos, con ficha del primer equipo», explica Borja Domínguez. «Nos pararon para rescindir y que esas cláusulas no se hicieran efectivas», añade el vigués. «Nosotros le gritábamos al conductor que siguiese. Que no parase», recuerda Kevin.
Allí estaban algunos directivos de la época, que iban llamando a los afectados para que firmasen las rescisiones. «Entraban de uno en uno en el baño de la gasolinera», recuerda Benja. «La verdad es que aquello fue increíble», concluye Marcos Torres, que confronta aquella clandestinidad pretérita con el momento actual del filial del Celta y de toda su cantera. «Por suerte, se ha evolucionado mucho», remata.
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