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Hugo González, pichichi desde el descampado

Años antes de golear con el Celta, el delantero pasaba las tardes golpeando la pelota en un terreno cercano a su casa en Valencia

El atacante valenciano posa para un selfie con un pequeño aficionado del Celta en Vilagarcía.

El atacante valenciano posa para un selfie con un pequeño aficionado del Celta en Vilagarcía. / Noé Parga

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Borja Refojos

Borja Refojos

Vigo

Lo de golpear la puerta hasta que caiga es una frase tan incrustada en el celtismo que ha pasado a formar parte de la propia idiosincrasia del Celta. Hugo González se identifica plenamente con ella. En lo metafórico porque busca un sitio permanente a las órdenes de Claudio Giráldez en esta pretemporada clave para él, en la que lleva dos goles en dos partidos. A sus 23 años, ya es inviable alternar con el Fortuna. Se quede donde se quede, será definitivo. Al menos, hasta enero.

Pero la frase también aplica en el valenciano desde la literalidad. No tanto en lo de la puerta, pero sí en lo de golpear. Porque esa sensacional capacidad para acariciar la pelota es algo que le viene de serie al atacante valenciano del equipo vigués. Innato. Algo tendrán que ver los genes. Su abuelo, Santiago González Usar, reventó las redes de Tercera -antes de llamarse Segunda B, primero, y Primera Federación, después- y Segunda División en la década de los 60, defendiendo las camisetas de Xerez, Numancia y Cádiz.

Pero un talento sin trabajo puede quedarse en fuegos de artificio. Por eso, desde que era bien pequeño, el futbolista del Celta practicó, practicó y practicó ese don que tiene con el golpeo de balón. Tanto parado como en movimiento. Un descampado cercano a su casa vio cómo se pasaba horas y horas chutando una y otra vez junto a su madre y a su hermana.

La felicidad era eso. Un pequeño proyecto de futbolista, que entonces jugaba con gafas, insistía sin descanso en la faceta que más le gustaba. Y en la que más destacaba. Había días en los que no hacía otra cosa. Solo golpear la redonda. Cada impacto acentuaba más su alegría. Cada chut aumentaba más su cansancio. A veces, hasta la extenuación. Con ese pequeño cuádriceps derecho en carne viva.

Con solo tres años, Hugo entró en los Cracks, escuela formativa del área de Valencia

Era la punta de lanza de un amor por el fútbol que empezó a desarrollarse pronto. Muy pronto. Con apenas 3 años, su familia inscribió a Hugo en los Cracks, una escuela de fútbol situada en San Antonio de Benagéber, localidad del área metropolitana de Valencia. Aquel pequeño que jugaba a la pelota en el pasillo de su casa entraba en contacto con el césped, los compañeros, el vestuario y el entrenador. Entraba en contacto con el fútbol. Su padre y su hermano solían llevarlo al campo y allí se divertía con otros niños en una especie de liga interna entre equipos de la entidad formativa.

Lo de federarse quedó para más adelante. Poco después, el Valencia apareció en su camino. Su pase al club hegemónico de la zona se hizo de manera natural y allí creció y quemó etapas. Llegó al primer equipo y jugó nueve partidos en Primera División. En el verano de 2024, se fue cedido al Cartagena, en Segunda División. Y aunque participó en 17 encuentros, decidió en invierno salir al Fortuna, para unos meses después firmar en propiedad por el Celta. El resto,incluidos los 18 goles y 9 asistencias camino del ascenso, es historia. Ahora pelea para para escribir más capítulos. Con tinta celeste. Para así continuar en Primera División el cuento que empezó en aquel descampado.

Envió ropa y comida a los afectados por la Dana al no poder acudir desde Cartagena

La Dana que azotó Valencia en octubre de 2024 es una tragedia que toca el corazón a cualquiera que lo tenga. Cuánto más si eres nativo de la zona. Hugo González no es diferente. El actual jugador del Celta estaba en el Cartagena en aquel momento. A pocos meses de llegar Vigo. Y vivió el suceso con la consternación del que ve por televisión tanto dolor, tanta devastación, tanto drama en lugares por los que tantas veces pasó.

Hugo fue perfectamente consciente entonces de que varios amigos suyos se habían visto afectados. Algunos compañeros de vestuario en etapas anteriores tenían sus domicilios llenos de agua, con pérdidas muy notorias en lo material y un sufrimiento personal imposible de cuantificar.

El primer impulso del futbolista levantino fue cubrir los 264 kilómetros que separaban a la localidad cartagenera de Valencia. Ir a casa para estar cerca de sus seres queridos. Sin embargo, no fue posible. El Cartagena no le dio permiso para acudir a echar una mano. A ayudar en lo posible. Aunque solo fuera para dar abrazos.

No pudo ser. El delantero del Celta vivió con el corazón encogido todas las funestas noticias que llegaban a través del televisor. Y las espantosas que se fueron sumando después, una vez salió a la luz la gestión del suceso.

Impaciente, impotente, frustrado. Así se sentía Hugo González, que decidió echar una mano como pudo. Aunque fuera de manera indirecta. Se las ingenió para enviar alimentos, ropa y demás artículos necesarios para paliar tanta devastación. Demasiado poco para lo que su corazón le pedía. Pero una partícula de esperanza para quien necesitó de esa ayuda. Porque ser buena persona importa bastante más que ser buen futbolista.

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