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Celta de Vigo

Muere Díaz Novoa, el técnico que levantó al Celta en uno de sus peores momentos

El gijonés, que también vistió la camiseta del club vigués como futbolista a finales de los sesenta, dirigió al equipo en la temporada del accidente de Alvelo y la muerte de Quinocho

Novoa da instrucciones a Mandiá en un entrenamiento en Balaídos.

Novoa da instrucciones a Mandiá en un entrenamiento en Balaídos. / Magar

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Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

Estuvo poco tiempo en el banquillo del Celta pero desde entonces nadie ha dejado de agradecer su trabajo durante aquel año de puro dolor. José Manuel Díaz Novoa falleció hoy a los 82 años de edad y, después de su Gijón natal, en ningún otro sitio como Vigo se ha sentido como propia esa pérdida. El Sporting fue su vida, pero en la historia del Celta su nombre ocupa un papel principal. Hay carreras que se explican con los números; la suya no. Su tiempo en Vigo estuvo marcada por la humanidad y la capacidad de dirigir a un grupo en medio de la oscuridad y el drama. El octavo puesto que logró aquel año de infausto recuerdo fue lo de menos. Lo importante fue mantener en pie a un vestuario devastado por la tragedia.

Novoa fue un modesto futbolista que después de jugar en el Sporting de Gijón llegó a Vigo a finales de los sesenta, como parte del fichaje de Lavandera por el cuadro gijonés, para jugar en el Celta desde 1967 hasta 1970. Formó parte de aquel cambio en el club que dio la alternativa a la mejor promoción de juveniles conocida de su historia y de la que formaban parte Manolo, Quique Costas o Félix Carnero en la que también estaba gente como Lezcano, Jiménez o Rivera. Se fue antes de que ese mismo grupo de futbolistas lograse la clasificación para Europa, la primera en la historia del club. Una lesión de menisco a los veintisiete años le apartó del fútbol y le empujó a los banquillos.

Novoa, el día de la muerte de Quinocho.

Novoa, el día de la muerte de Quinocho. / Magar

Fue durante su etapa como entrenador cuando el nombre de Novoa y el del Celta quedarían unidos para siempre por una sola temporada. Tal fue su impacto en un momento tan delicado. Venía el club vigués de un gran año de la mano de Maguregui (aunque el técnico daría la espantada antes de finalizar el ejercicio para irse al Atlético de Madrid). Con un equipo cada vez más sólido (Maté, Atilano, Otero, Vicente, Amarildo, Julio Prieto, Hagan, Rodolfo, Espinosa, Zambrano, Lucas…) las perpectivas eran las mejores. Pero solo llevaba unas semanas en el club cuando el equipo recibió el terrible impacto del accidente de Alvelo que acabó con su carrera y le dejó para siempre en una silla de ruedas. Un mazazo enorme para un grupo que tenía en el joven centrocampista a uno de sus jugadores de mayor proyección y más queridos. Con esa pesada mochila comenzó el año el equipo que en octubre recibiría otro golpe de difícil encaje. Quinocho, el histórico gerente, fue asesinado en las oficinas de Balaídos al tratar de impedir un robo. En ese momento el equipo y el club eran un jarrón destrozado en mil pedazos que Novoa, con la ayuda de un vestuario único y de unos capitanes cuya grandeza no alcanza a describir este artículo, se encargó de ir pegando con paciencia, con una capacidad especial para dirigir personas y caminar a su lado ofreciendo siempre el mejor consejo, la palabra justa. Eso y su conocimiento del juego fue levantando al Celta que firmó uno de las grandes temporadas de su historia para finalizar en la octava plaza y haber peleado durante mucho tiempo por clasificarse para competición europea. Solo un pequeño bajón en el tramo final le dejó fuera de esa lucha, a cuatro puntos del Valladolid y el Zaragoza que sí consiguieron ese objetivo. Pero el Celta, de la mano del técnico asturiano, había logrado lo impensable en un momento crítico de su historia.

Novoa, con la camiseta del Celta en sus años de futbolista.

Novoa, con la camiseta del Celta en sus años de futbolista. / FDV

La temporada siguiente ya no fue lo mismo. Los resultados no llegaban y en la jornada quince la paciencia de Rivadulla se acabó y tomó la decisión de destituirle. Pero se marchó de Vigo dejando tras él una ola de agradecimiento que pocas veces había disfrutado un entrenador en el banquillo de Balaídos. No hay precedentes ni otro caso comparable de un entrenador que haya sido capaz de dejar esa impronta en tan poco tiempo en el banquillo de Balaídos. Sus jugadores le mostraron ese cariño siempre que pudieron y el celtismo jamás olvidó al hombre que les guio en medio de la más dura de las oscuridades. Hoy Vigo llora la pérdida de este gijonés bondadoso.

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