Celta de Vigo
Europa, Europa
Balaídos, aunque la nueva participación en un torneo continental ya se hubiese asegurado en San Mamés, pudo celebrar el final que la temporada merecía: con triunfo, plaza en la Europa League, la felicidad de la renovación de Iago Aspas y el homenaje a cada miembro de la plantilla.

Aspecto de Balaídos, durante el partido de ayer. / MARTA G. BREA

El Celta regresa a Europa. Así se enuncia. Como si esta mano que Dios posó sobre el océano, exhausto tras la creación, no completase el continente. Como si los Pirineos volviesen a dividir tierras y siglos. Como si el propio nombre del equipo no evocase una migración antigua hacia el sur, por turbas y páramos. El Celta regresa a Europa como se bajaba antes a Vigo desde sus colinas, sin haberla jamás abandonado, aunque a la vez tantas veces se haya añorado.

Aspecto de la grada de Marcador durante el partido de ayer. / Marta G. Brea
Nadie sabría definir, en fin, qué significa Europa pese a su mención constante. Una doncella fenicia raptada por Zeus, travestido en toro. El ocaso cuyos secretos los orientales ignoraban y temían. Ese horizonte extenso que provocaba el vértigo de los griegos. Inicio y conclusión, pero siempre tránsito. Europa se construye y se debate. Se idealiza y se vitupera. Es un odre que se adecúa a las necesidades de cada ideología y un espejo que refleja los deseos de quien la conjura.

Un grupo de aficionados, ayer en Praza América. | PABLO HERNÁNDEZ GAMARRA
Por esta Europa clásica, cristiana y atea, que alumbró el capitalismo y la comuna, abierta y ensimismada, madre de belleza y genocidios, ha batallado el Celta durante toda la temporada. Ya era suya al comenzar la jornada. ¿Pero qué Europa de todas las que existen? ¿La Europa League, conocida por reciente, o la Conference, más exótica? ¿La de rivales exigentes y mayores ingresos o la que se arriesga en agosto con la promesa de recorrerla hasta mayo?

Las calles circundantes se llenaron durante toda la jornada. / MARTA G. BREA
Con esa duda saltó el equipo celeste. La extraña arboleda de Gol, tan seca pero cada vez más frondosa, había acentuado los ecos de la Oliveira. Sobre Río Alto, un nutrido grupo de sevillistas celebraba el alivio de la permanencia como si fuese abril. En el césped, Iago compareció escoltado por sus tres hijos. Pronto papá no volverá a despedirse, no al menos tanto. De momento aún deben compartirlo con miles que también lo sienten como familia. Lo es quien tanta alegría y consuelo ha repartido. Tan íntimo como la sombra al otro lado de la celosía del confesionario, que redime los pecados. Tanto como el médico que diagnosticará la enfermedad y prometará su cura. A ese Iago lo ovaciona el estadio cuando Claudio lo sustituye, anticipando todas las ovaciones que se le tributarán la próxima temporada, a cuenta cerrada.

Carreira y Borja se abrazan tras el gol del Celta. / MARTA G. BREA
Se fue Iago, que despeja los cielos, y compareció la tormenta que la AEMET había augurado, abortando la jornada festiva en los alrededores de Balaídos. También en Europa se inició la meterología, esa ciencia irritante, al comprobar que las nubes que habían atravesado Francia alcanzaban en su mudanza la lejana Crimea. El equipo no se inquietó bajo el granizo, aunque perdonase la sentencia. Regaló a sus aficionados esa victoria en casa que ha escaseado en este curso. Marcador, de hecho, inició el Miudiño y la Rianxeira, cánticos de victoria asegurada, mientras el Sevilla todavía rondaba la frontal.

Marián Mouriño saluda a los aficionados. / Marta G. Brea
«Soño con voltar a Europa para verte campión», han cantado estos fillos dunha paixón. También un «coruñés el que no bote» raro de escuchar desde hace años, que recuerda la rivalidad y la reivindica. Una bienvenida a ese inminente regreso del derbi.

Un niño, devoto de Javi Rodríguez. / MARTA G. BREA
Primaba lo propio. La megafonía ofreció el himno de la Europa League mientras la plantilla daba la vuelta al campo, respondiendo al homenaje de las gradas, que iniciaban la secuencia de menciones individuales. A Claudio Giráldez, antes que a nadie, nuevamente manteado como en San Mamés. A Radu, Radu, así duplicado. Se apagaron las luces y la voz de Freddie Mercury, resucitada, arrancó la fiesta. Los jugadores, que se habían retirado al vestuario, regresaron aclamados, uno a uno.
¿Qué es Europa? Una interrupción de la cotidianeidad. El dilema de Old Trafford y el lamento de Friburgo. Los centímetros que faltaron ante el Marsella y los minutos que sobraron ante el Lens. Aquel viaje a Escocia en blanco y negro y aquel otro a Birmingham, en color. Los grandes que sucumbieron y las glorias que se transmiten. Los vuelos laberínticos, las confraternización con los rivales, la emoción de los sorteos. Es, antes que un territorio o un torneo, ese anhelo que eleva aunque quizá nunca se culmine. Ese sueño delicado que aún se recuerda al despertar. La esperanza necesaria de un mundo mejor. Todo eso.
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