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Iago, de aquí a la eternidad

Aspas celebra la victoria en el Metropolitano.

Aspas celebra la victoria en el Metropolitano. / LOF

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Manuel Villanueva

Manuel Villanueva

Vigo

Iago Aspas pertenece a un club, a una ría, a una afición, a una manera sentimental de entender la vida. No solo es el delantero más apreciado del Celta. Fue aquel chico que convirtió Balaídos en una patria emocional. El último héroe romántico de un fútbol que cada vez se parece más a un mercado bursátil y menos a una de esas hermosas canciones cantadas en un bar del Berbés.

Su renovación por una temporada más supera el calificativo de noticia deportiva. Es otra cosa. Algo parecido a cuando en las tabernas marineras alguien vuelve a encender la luz justo antes del cierre. Una prórroga contra el tiempo. Un aplazamiento de la melancolía.

Iago pertenece a esa estirpe de hombres que Homero entendió antes que nadie: los que siempre regresan a casa. Ulises atravesó mares, monstruos y naufragios para volver a Ítaca. Aspas ha atravesado derrotas, entrenadores, lesiones y años de desgaste para seguir regresando al mismo sitio: esa esquina del mundo donde el océano golpea su principado de bateas y el fútbol todavía conserva algo de infancia. “No hay nada más dulce que la patria y los padres”, podemos leer en La Odisea. Y quizá Balaídos sea para este singular moañés, exactamente eso: patria y familia.

Hay en él algo del boxeador cansado que aún se venda las manos al amanecer. Algo de esos personajes de “Centauros del desierto” que regresan con la mirada llena de polvo y memoria. O de Will Munny, el viejo pistolero de “Sin perdón”, que sabe que el cuerpo ya no responde igual pero conserva intacto su instinto decisivo. Aspas juega ahora como juegan algunos artistas cuando alcanzan cierta edad: menos desde las piernas y más desde la inteligencia secreta de quienes ya lo han visto casi todo.

Mi hermano del alma, Antonio Lucas, escribió en una de sus brillantes columnas que hay hombres que “arden despacio para durar más en la noche”. Iago pertenece a esa combustión lenta. Nunca necesitó el estruendo de las capitales ni el maquillaje del marketing global. Le bastó el ruido de la lluvia sobre Vigo y esa forma de mirar el fútbol como una conversación con amigos en una barra del Morrazo.

Por eso me emociona tanto esta renovación (qué bien contada, gracias Gael). Porque el fútbol moderno ha convertido la fidelidad en una rareza arqueológica. Y, sin embargo, ahí sigue él, empeñado en desafiar la lógica del tiempo. Como esos faros atlánticos que continúan encendidos aunque alrededor alguien intente cambiar los mapas.

El poeta Félix Grande decía que “la verdadera elegancia consiste en no abandonar nunca a los tuyos”. Aspas hizo de esa frase un modo de estar en el mundo. Pudo marcharse definitivamente muchas veces. Pudo elegir la comodidad del retiro dorado o el exilio amable de otras ligas. Y eligió quedarse. Como se quedan los hijos de los marineros cuando saben que el viento sopla sus apellidos.

Esta renovación no va solo de fútbol. Va de la resistencia sentimental frente al olvido. De un hombre prolongando su conversación con el afecto infinito de la grada. De un chaval de Moaña negándose a abandonar del todo aquel sueño que empezó entre campos húmedos y tardes de invierno.

De aquí a la eternidad. Como el granito. Como la bruma. Como el mar de Vigo que refleja el color del cielo.

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