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Williot Swedberg: Un verso sueco para los momentos críticos

Williot, durante un partido reciente.

Williot, durante un partido reciente. / Pedro Mina / Pedro Mina

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Manuel Villanueva

Manuel Villanueva

Vigo

Williot Swedberg es ese tipo de futbolista que parece haber llegado al estadio por error, como un turista despistado que buscaba la playa de Samil y terminó en el césped de Balaídos. Sin embargo, tras esa fachada de apariencia frágil y mirada perdida, se esconde el “clutch player”más letal que ha visto el celtismo en estos últimos años.

Hay algo en su figura profundamente cinematográfico. Si el fútbol fuera una película de Wes Anderson, él sería ese personaje secundario, de movimientos lánguidos y estética descuidada, que nadie espera que resuelva el clímax, pero que termina salvando el día con una maniobra imprevista. Flota, choca, se desliza. Y cuando el fútbol adquiere ese tono de tragedia griega, aparece en el ángulo exacto del partido.

Yo lo he llamado siempre “el arquero nibelungo”. No porque dispare flechas visibles, sino porque sus intervenciones parecen surgir de un lugar antiguo, casi mítico, como si perteneciera a una saga donde los héroes saben esperar. Y entonces asisten o ejecutan.

Su idilio con el destino no es casualidad, es una coreografía del oportunismo:

En Getafe, al final de la temporada pasada, cuando la clasificación para Europa era un hilo tensado por el miedo, apareció como esos personajes secundarios del cine que, sin previo aviso, se convierten en el eje de la historia. Pienso en ese instante en el que la cámara abandona al protagonista y se posa en quien parecía un figurante: ahí estaba Swedberg, como si alguien hubiese cambiado el guion en el último minuto.

En el Bernabéu, esta temporada, el escenario era otro: el teatro mayor, la luz blanca que todo lo expone. Y él, otra vez, como si caminara por los márgenes del encuadre, esperando su plano. Hay algo en su manera de irrumpir que recuerda al cine de Ingmar Bergman: silencios largos, miradas que parecen no decir nada… hasta que lo dicen todo. Williot no necesita subrayados; su fútbol ocurre en ese territorio donde lo esencial apenas se insinúa.

Y este pasado domingo, frente al Elche, volvió a suceder. Como si llevara dentro un resorte secreto que solo se activa en los momentos decisivos. No es un futbolista de ruido continuo, sino de irrupciones. Como esos personajes de Knut Hamsun que atraviesan la narración con una mezcla de inocencia y perturbación, dejando una huella que no se explica del todo. “La vida no es más que un juego de fuerzas invisibles”. Él, parece jugar precisamente ahí, en lo invisible.

Tiene algo también de los jóvenes de la poeta danesa, Tove Ditlevsen, esa fragilidad aparente que esconde una determinación feroz. Su aspecto engaña: parece que pasa por el partido, pero en realidad lo está leyendo por dentro. Y cuando decide intervenir, lo hace con la naturalidad de quien no teme romper nada, porque no siente que haya nada que romper.

Es, en el fondo, un futbolista de apariciones y misterios. Ese secundario que conoce el secreto del primer plano. Un chico que camina como si nada… hasta que lo cambia todo.

La grada de Balaídos ha conectado con él de una manera mística. Hay una complicidad especial cuando el sueco calienta en la banda; el celtismo sabe que, tras ese flequillo desordenado y los calcetines a media altura, se esconde el milagro. No necesita el físico de un guerrero vikingo porque posee la precisión de un arquero.

Mientras otros jugadores se desgastan en gestos grandilocuentes, Swedberg parece habitar en un plano distinto. Como decía la autora sueca Astrid Lindgren, "se puede ser valiente sin que se note por fuera".

Y quizá por eso, porque no responde al molde de lo evidente, porque no grita su talento sino que lo deja caer como una piedra en el agua, su figura nos cautiva. Como esos héroes nórdicos que sin buscar la épica, terminan habitándola.

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