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El regazo de una madre: un día especial en Balaídos

El emplazamiento decidido por LaLiga provocó la peor entrada en el estadio en años, aunque muchas madres acudieron igualmente al estadio y recibieron el certificado de asistencia del club.

Bufanda especial para las madres.

Bufanda especial para las madres. / Alba Villar

Armando Álvarez

Armando Álvarez

Vigo

«Mamá, mamá, mamá», repetía Rigoberta Bandini, llamando a parar la ciudad, durante el descanso en Balaídos. Mamá, reclaman los niños cuando las pesadillas los desvelan y en los campos de batalla, al caer la noche, se oye el mamá de los agonizantes. El vientre materno es el paraíso original del que nos arrebatan y que siempre añoraremos. La auténtica patria, que será matria. La única eternidad de la que procedemos. A las madres se les dedica esta jornada. Por las madres se celebra esta victoria. «Para ti, mamá», se repite en los hogares igual que sobre el césped.

Chiño, con un grupo de celtistas.

Chiño, con un grupo de celtistas. / Alba Villar

«Tebas, vaite xa», habían entonado las madres que sacrificaron sus convites y los hijos con conciencia culpable. El jerifalte no se había apiadado de sus ternuras. Consiguió con su impiedad lo que no habían logrado otros horarios intempestivos. «Como miña nai ningunha», decidieron muchos celtistas, obligados a elegir. Asistieron 15.401 espectadores. La peor entrada con diferencia de la temporada –los 18.750 de la visita de Osasuna, un viernes de febrero, habían marcado hasta ahora el suelo– y aún más; la peor desde antes de la reapertura de Marcador, aquel 4 de junio de 2023 en que Gabri Veiga firmó el doblete de la permanencia ante el Barcelona. «Se non estou cando mires atrás, non desesperes. Fun visitar á miña nai e agora volto», habrán cantado los celtistas ausentes en su particular Oliveira.

Había intentado el Celta convertir la contrariedad en campaña, expidiendo justificantes oficiales de asistencia a todas aquellas madres que se hubiesen decantado por el fútbol. «No nos dio tiempo ni a comer con ellas», le espetaban a LaLiga desde la cuenta oficial del club. Chiño, que había sobrevolado el mediodía buscando bocadillos, posó con varias. La nueva mascota estrena casillero y despeja la sospecha de mal agüero.

Ya había salido el sol en ese instante. En otro milagro de la primavera, a los árboles adolescentes de Gol han empezado a brotarles gradas como aquellas hojas nuevas al olmo viejo. Vigo es de arena y madera, de cemento y acero. «Avante, metal», rezaba una pancarta en solidaridad con la huelga de tres días que se ha convocado por el atasco en el convenio.

Luego, en el arranque, se oyó algún leve silbido, antes de que Hugo Álvarez regalase alivio y Aspas, entusiasmo. «Que mellor que vir un domingo a Balaídos e poder brindarlles unha vitoria. Estou moi orgulloso da nai que teño e da nai dos meus fillos. É un orgullo poder felicitalas. É un día redondo», declararía al final. A Aspas, en su traslado al banquillo, lo abrazó incluso el entrenador del Elche, Eder Sarabia, que le quiso reconocer así la categoría de leyenda que el moañés ha obtenido en activo. En la meteorología brumosa de su retirada, hoy apostaría la mayoría por que se conceda un último baile la temporada que viene.

Iago Aspas, en fin, empaquetó su presente a las madres como hijo y como padre. De hijos e hijas suyas presumen los que durante el descanso desfilaron para ser homenajeados por sus éxitos. El presidente de la Federación Gallega de Fútbol, Pablo Prieto, entregó los trofeos pertinentes a los equipos juveniles A y B y al filial de As Celtas, el Sporting, que han conquistado los títulos de sus respectivos campeonatos.

Las madres de todos ellos se habrán sentido orgullosas de sus alegrías y los habrán consolado en sus tristezas. Las habrá inquietado el silencio del teléfono y habrán dejado un plato de más. En el oficio de madre se incluye el dolor por la carne que se desgajó de su carne, y que de alguna manera les sigue siendo propia, igual que se incluye el sufrimiento en el alma del celtista. Pero es un padecimiento que aguarda esperanzado el gol de Borja Iglesias y al hijo extraviado. Balaídos es la luz que se deja encendida para guiar a los que algún día quieran regresar. Es, antes que un estadio, el regazo de una madre.

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