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Al Celta solo le queda volver

El equipo vigués, en plena crisis de juego, se despide de la Europa League tras ser superado de forma abrumadora por un Friburgo muy superior

Los de Claudio no tuvieron la mínima oportunidad, pero su gente les despidió con una gigantesca demostración de agradecimiento y cariño

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

El Celta llora su eliminación, pero celebra el viaje. Canta su gente que olvida la superioridad abrumadora del Friburgo y solo traslada un agradecimiento sincero. Festejan el camino recorrido, la ilusión generada, los kilómetros soñando con ese Estambul que no llegará... y lo hacen convencidos de que no tendrán que esperar nueve años para verse de nuevo en una situación similar. Es otra forma de ganar, aunque no sea la que aparece en el marcador. Y puede que cuando se repita la experiencia el equipo esté mejor armado para hacer frente a ejemplares como este Friburgo que apareció por Balaídos subido a una apisonadora para anular la esperanza algo inocente con la que el celtismo ha vivido los últimos días, buscando razones para creer en lo imposible.

En la previa, decidido a construir un ambiente que ejerciese alguna clase de encantamiento a sus protagonistas, el Celta invocó en exceso al terreno espiritual cuando el asunto iba de otra cosa, de jugar. Y hoy en día el equipo de Claudio no está para competir mirando a la cara al Friburgo. Esa es la dura realidad que transmitió la eliminatoria. Hay una distancia sideral entre ambos equipos. En fuerza, en calidad individual, en velocidad, en contundencia. Incluso en fe en una idea que era algo en lo que el Celta parecía insuperable. Los alemanes trasladaron a Balaídos la superioridad ejercida en su estadio para anular cualquier esperanza de remontada. No hubo ni partido. Al Celta la eliminatoria le ha cogido con el pie cambiado, con demasiadas grietas abiertas, con todos los jugadores dando una de sus peores versiones y sin que Claudio encontrase la fórmula para comprometer el plan de Schuster.

Jarro de agua fría

La esperanza duró apenas una media hora, lo que tardó Matanovic en incrustar en la escuadra un remate violento de volea. Hasta entonces el Celta se sostuvo en el partido a duras penas. Subió el nivel de agresividad (tal vez la razón por la que Claudio dio entrada a Yoel Lago en el centro de la defensa) para incomodar al Friburgo y compensar uno de sus déficits en Alemania, pero solo le sirvió para ganarse alguna reprimenda del árbitro. Los alemanes no se inmutaron y consiguieron que nadie supiese si Atubolu se había dejado las manos en la caseta. El Celta no tenía nada para hacerles daño. Incluso el hecho de haber repetido el planteamiento, de no haber intentado «algo diferente», jugó a favor del Friburgo. El marcaje individual de Schuster, las persecuciones por todo el campo, los famosos «pares”, fueron un martirio para un Celta que no encontró a sus pivotes (tremendo el naufragio de Vecino y Moriba) y que tampoco conectó con Fer López que tenía encomendado el papel de agitador. Solo una progresión suya con apertura a Jutglá generó algo parecido a una ocasión. Nada más. El Friburgo, tras resistir las primeras embestidas del Celta (en el sentido literal, no en el futbolístico), comenzó a tomar el control de las operaciones. Tiene futbolistas magníficos como Manzambi, Beste, Suzuki, Makengo que sus cualidades individuales añaden el despliegue físico y la velocidad que exige el fútbol actual para no perder un solo duelo. Pasada la media hora Manzambi cazó con el pecho un envío largo y se lo dejó a Matanovic para que fusilase con un remate impresionante a Radu. Solo tres minutos después, en medio del desorden defensivo del Celta y tras una mala salida por un costado de Fer López, Suzuki cazó el segundo gol para ponerle el sello a la eliminatoria.

El Celta cae en Europa, pero su afición no le suelta de la mano

Marta G. Brea

En el descanso Claudio cambió todo lo que pudo aunque fuesen medidas ya puramente testimoniales. Williot, Jones, Carreira y Aspas entraron con la intención de agitar un poco la tarde. El equipo renunció a uno de sus centrales, pero el Friburgo volvió a apretar los tornillos de su engranaje para mantener un nivel de revoluciones inalcanzable para el Celta, reducido por los de Schuster a la categoría de equipo de veteranos. En el minuto 50 Manzambi recorrió la línea de fondo ante la indiferencia viguesa y su remate lo sacó Carreira bajo palos hasta que Suzuki acabó la jugada con un remate ajustado junto al palo. Aquello empezaba a ser sangrante y amenazaba colapso general.

Lo mejor que puede decirse del Celta es que tuvo la decencia de no dejarse ir y evitar que el maltrato fuese aún mayor. El Friburgo, comprensivo, bajó el nivel de sus intenciones y se dejó hacer durante mucho tiempo. Para ellos no tenía sentido implicarse más de la cuenta en el partido. Fue entonces cuando por fin apareció su portero. Se había pasado más de tres cuartas partes de la eliminatoria sin entrar en escena, la prueba más clara de la superioridad alemana. Intervino en un par de situaciones claras generadas por Jones (y por los pases de Iago Aspas, favorecido por el contexto). Luego la tuvo Williot, Fer López en un disparo desde la frontal del área y Jutglá en un cabezazo al palo. El partido estaba muerto, un trámite en el que ya solo importaba no hacerse daño. Justo en el último minuto Williot sí ajustó un buen disparo al palo largo para marcar el único gol de la eliminatoria y no dejar que el Celta se fuese de vacío. Ahí se acabó este viaje. El público lo agradeció de forma sincera. Con las lágrimas justas, con más agradecimiento que tristeza, con más gratitud que dolor. Ahora se trata de recomponer los trozos cuanto antes y pelear por volver.

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