Europa League
La luz que nunca muere
El celtismo, privado bien pronto de cualquier posibilidad de remontada, agradeció el esfuerzo de sus jugadores hasta el gol de la clausura y les rindió homenaje a la conclusión. La tristeza no empaña el agradecimiento por toda la felicidad que con tanta prodigalidad han repartido durante estos dos últimos años.

El sol se está acostando tras las Cíes, hoy más somnoliento que nunca, y ese ocaso se cuela entre la arboleda de cemento que un día volverá a ser Gol. Las sombras se alargan en Balaídos. Las siluetas se van difuminando. Ya pardean los colores y el celeste se va tornando negro. Esta aventura ha concluido como ha de concluir esta existencia. Jamás, sin embargo, ha de resignarse uno a que la arena del reloj se escurra entre los dedos. «Aunque los sabios entienden que la oscuridad es lo correcto, como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor, no entran dócilmente en esa buena noche», clamaba Dylan Thomas y repite el celtismo. Cada instante cuenta cuando se liba su sustancia. «Enfurécete, enfurécete contra la muerte de la luz».
El partido ha terminado, sí, se acabó el sueño europeo, pero muchos miles siguen en pie, con la piel tibia que el oeste les regala. Mientras los alemanes botan en su esquina, con disciplinada coreografía, las gradas célticas solicitan a los suyos. Los encabeza Iago Aspas, en el desfile y en el alma. «Que al final del día debería la vejez arder y delirar», ya lo sabemos. Titilan sus ojos de pena y orgullo, enfurecido él también contra esa luz que se apaga. «Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola», sobrevuela una intuición de despedida. Todavía no, le piden alrededor. Un trago más, al menos. «Y tú, padre mío, allá en tu cima triste, maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego». Y Iago los bendice, incluyéndose aún en el sujeto, mientras suena «Voltarei»: «Que en volver no tardemos tanto tiempo».

Marta G. Brea
Mira Aspas a la Liga. Nunca alentó el juego la esperanza que durante tantos días se había ido sembrando contra toda razón en las oficinas, las fábricas y los colegios. Nunca duró el silencio de esta certeza tras cada puñalada ni se pronunciaron reproches. Se silbaron si acaso tenuamente algunos pases extraviados de Mingueza. Un puñado de personas se apresuró por los vomitorios para evitar el tráfico. En los demás imperaba el agradecimiento antes que la amargura. Marcador inició en el 81 un rumor que recorrió el estadio, agigantándose. «O Celta é a nosa vida», reafirmaban, como pasión y reflejo; vida viguesa, de aluvión y mestizaje, de sudor y empeño, de grasa y salitre. Vida de caer y levantarse. Vida de seguir creyendo.
«Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares, y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían, no entran dócilmente en esa buena noche», insiste Dylan. Cantó el celtismo su «fillos dunha paixón» y volvió a estremecerse con el carnyx de Cupeiro, aunque esta vez anunciase otro Medulio. Al lucense lo acompañaron cinco tambores latiendo con el mismo frenesí cardiaco.

Marta G. Brea
La hinchada del Friburgo disfrutó de su fiesta en otra jornada de convivencia. Habían recorrido juntos las calles, uniformados de blanco, tras compartir cervezas por el centro. Sólo el calentamiento de los suplentes tras el partido, molestando con sus carreras el ritual de Marcador, provocó un atisbo de rencor. Un solitario botellín de agua voló hacia ellos.
Los aficionados habían reservado su ira contra la terca tiniebla. «Orgullosos dos nosos xogadores», les expresaron. Regresarán en dos semanas. Siempre regresan. Se niegan a rendirse dócilmente. Aunque haya caído la noche, esta luz nunca muere.
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