Libre directo
Aún respira

Fer López se disculpe ante los aficionados del Celta a la conclusión del partido. / Marta G. Brea
En ciertos días me sobra el análisis, el escrutinio forzado que tanto gusta en caliente en la televisión. Se buscan explicaciones sin mucho sentido y se pregunta hasta el aburrimiento a comentaristas que ya nada tienen que aportar. Tendría que salir el Cañizares de turno, ponerse delante de la pantalla con cara de enterrador y simplemente decir “el Friburgo ha sido mucho mejor”. Y dar paso a unos vídeos musicales. No hay mucho más que decir. De todos los momentos deliciosos de “El hombre que mató a Liberty Valance” uno de mis favoritos es aquel en el que llaman a gritos al médico para que examine al pistolero tiroteado. El doctor Willoughby llega con paso tranquilo a la puerta de la cantina, pide un trago de whiskey con urgencia y tras dar un par de pataditas al cuerpo inerte de Liberty y sin necesidad ni tan siquiera de agacharse sentencia: “muerto...muerto”. Y se marcha de allí fumando un puro. Ese es el análisis que pedía el partido de ayer. Todo lo demás es como cuando un músico convierte una canción brillante de tres minutos en un coñazo repetitivo de seis.
El Celta acaba de pagar la factura de sus méritos recientes. La gran temporada que viene firmando le ha llevado a una altura de la Europa League en la que pueden suceder atropellos como el vivido en Friburgo. Esto no te pasa jugando contra el Mirandés. En cuartos de final si no eres capaz de presentar tu mejor versión (o al menos acercarte a ella) estás condenado. El equipo ramplón de ayer, inocente con la pelota, impreciso hasta el dolor, blando en defensa y carente de personalidad obtuvo el resultado que merecía ante un Friburgo que hizo honor a aquel entrenador italiano que hace más de treinta años dijo que los alemanes no necesitaban hacer pretemporadas, que les bastaba con pasar por el taller para cambiar el aceite. Los de Schuster (un tipo con una actitud bastante irritante en el banquillo) fueron un martillo pilón –exuberante en lo físico pero repleto de jugadores de enorme calidad– frente a un Celta empequeñecido, con notables deserciones en el campo, ausencias dolorosas (Miguel Román y Starfelt han dejado huérfanos el medio del campo y la defensa) y sin que Claudio diese con una receta que cambiase el partido en el descanso cuando el partido pedía piernas y sobre todo ideas.
Regodearse en el dolor no sirve de nada a estas alturas aunque hay quienes llevados por la amargura de la derrota parecen encontrar algún consuelo en perseguir responsables de algo que es más viejo que el propio fútbol. Sucedió porque lo merecieron unos y otros. Y en este deporte, terreno abonado para lo imprevisible, hay ocasiones en las que el marcador sí explica lo vivido en el campo. A estas alturas del cuento al Celta solo le queda protagonizar un intento casi suicida dentro de una semana y regalarle a su gente la ilusión, dure lo que dure, de que tal vez sea posible. Hay pocas cosas más hermosas y electrizantes que esos momentos, efímeros o no, en que la esperanza corre por la grada y cualquier aficionado se convierte en un niño de diez años ante su primera gran noche. Eso es lo que queda y lo que se vivirá en Balaídos. Yo creo que habrá un instante en el que se abrirá la puerta del manicomio y la clave será saber si el Celta es capaz de colarse en tromba por ella. Y si no sucede, pues el siguiente objetivo será pelear para que vuelva a ocurrir, para vivir ese bendito riesgo de que te partan la cara en los cuartos de final de una competición europea. Aunque dolorosa seguirá siendo un buena forma de medir la salud del equipo. Y vayan ustedes a saber si el jueves a esta hora no hay que llamar al doctor Willoughby para que dé unas patadas al cuerpo del Friburgo por si sigue respirando. El Celta, al menos hoy, aún lo hace.
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