Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El Celta se abandona

El equipo vigués arruina un partido que dominaba por 3-0 en una segunda parte de puro bochorno | El Alavés, que estaba muerto, se aprovechó del caos que imperó en la defensa céltica | Jutglá (2) y Hugo Alvarez marcaron para los vigueses

Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Vigo

Asomaba el descanso, el Celta acababa de marcar el 3-0 después de que Jutglá se hubiese disfrazado de aspirante al Balón de Oro y Balaídos proclamaba el estado de euforia. La prolongación de la noche feliz de Lyon. Todo acompañaba: el sol luminoso, la temperatura agradable, las sonrisas generosas en la grada, la camiseta de la Reconquista...parecía más un día de celebración que un partido con tantas cosas en juego. Y entonces el equipo de Claudio olvidó el que debería ser su primer mandamiento: que nunca debe creerse más que nadie y que no hay peor pecado que la pereza. El Celta se recreó viéndose en el espejo. Nadie tan estiloso ni atractivo, pensó mientras se atusaba el pelo. Se entregó a un ejercicio de narcisismo que dio paso a un despropósito antológico, a un desplome injustificado. El gol de Toni Martínez en el descuento del primer tiempo, con el Celta mentalmente en el vestuario, dio un inesperado impulso al equipo de Quique Sánchez Flores, un cadáver hasta ese instante, que en el segundo tiempo protagonizó una remontada histórica ante un Celta de bochorno, desconectado de la realidad, apático, con una desidia inexplicable y obsesionado con hacer regalos impropios del fútbol profesional. Un desplome absoluto que arruinó una tarde que prometía jolgorio. El intento de enmienda en los últimos minutos tras los cambios de Giráldez pudo salvar parte del mobiliario, pero Sivera evitó el empate en el descuento con una intervención inverosímil tras un cabezazo de Carlos Domínguez a bocajarro.

Nadie podía imaginar un desenlace semejante. El caprichoso guionista que escribe el destino de los partidos se sacó de la manga una de sus obras más enrevesadas. La política internacional es pura racionalidad si la comparamos con este partido del Celta. Se temía la visita del Alavés porque las resacas europeas nunca resultan sencillas y Claudio cumplió su idea de renovar casi por completo el equipo. Una defensa nueva con Aidoo y Carlos haciendo compañía a Javi Rodríguez; Alvaro Núñez en el costado izquierdo; Mingueza y Sotelo en el doble pivote; Jones en la banda derecha; y solo el ataque era más reconocible con Jutglá, Borja y Hugo Alvarez. El Celta tardó diez minutos en sacudirse la tontería de encima. El Alavés le entregó la pelota y no supo a qué altura defender. Los de Claudio encontraban con facilidad pasmosa al hombre libre y cuando giraban el juego los vitorianos tardaban más de la cuenta en recuperar el sitio. Se fueron abriendo grandes pasillos antes de que Quique Sánchez se enterase del menú que le habían servido para comer. Apenas se llevaban veinte minutos de juego cuando Javi aprovechó una de esas parcelas sin ocupante para penetrar en las líneas enemigas y asistir a Jutglá que fusiló a Sivera.

Fue el comienzo de los fuegos artificiales del Celta y de Jutglá. La mejor (o única) noticia que le deja el partido al Celta. El delantero, a quien el equipo esperaba ya con algo de impaciencia, ha asomado en el mejor momento. Justo cuando se deciden los objetivos de la temporada ha emergido el futbolista que el Celta fichó y también imaginó. Su partido ayer fue una obra deslumbrante. En el segundo gol es quien le da el balón a Hugo Alvarez para ponerlo a mano a mano con el portero después de una de esas jugadas que el equipo tiene interiorizadas como si saliesen de la pizarra de un entrenador de baloncesto. Pero aún faltaba lo mejor. Esa jugada conduciendo desde el centro del campo, tirando al suelo rivales con amagos y fintas y resolviendo con un remate seco y teledirigido a la base del palo izquierdo. El 3-0 brillaba como nunca en el marcador. El Celta parecía jugar sin tocar el suelo y el Alavés era un dolor. Los de Claudio empezaron a marcharse del partido. Un viaje a la autocomplacencia, al narcisismo injustificable. En el descuento del primer tiempo, aprovechando el abandono general, el Alavés montó un ataque por la derecha que culminó Toni Martínez en el área a placer tras un fallo de Aidoo.

Un mal síntoma que debería haber quedado en anécdota. Pero la aparición del Celta en el segundo tiempo fue una película de terror. Quique hizo cuatro cambios y ordenó subir las líneas para presionar a la defensa del Celta que hasta ese momento había vivido en paz. También inclinó el juego hacia el sector de Núñez, a quien se notaba su incomodidad en la izquierda. Las señales eran cada vez peores. A Aidoo y Carlos se les veía superados, los medios centros habían desaparecido. Y en vez de alejar el juego para ordenarse, el Celta se fue metiendo en su propia cazuela. El segundo gol del Alavés, en el minuto 50, fue un despropósito. Primero Hugo Alvarez y luego Carlos encadenaron errores ridículos para que Angel Pérez marcase a puerta vacía.

Claudio, alarmado, dio entrada a Fer López en busca de control y a Carreira para cerrar la banda izquierda. Mejoró ligeramente al equipo y terció en la escena el árbitro al anular de forma incomprensible el gol de Javi Rodríguez por una falta previa, fantasmal, que nadie advirtió. Una jugada que seguramente habría cambiado la cara al partido y hubiese frenado el entusiasmo de un Alavés que volvió a tener en los centrales del Celta (la figura de Starfelt y Marcos se agigantaba a medida que aumentaba el desastre de sus recambios) a sus principales aliados. Su falta de contundencia permitió a Toni Martínez encontrar el espacio y tiempo para descerrajar un gran disparo desde la frontal que supuso el empate. El drama ya se había instalado en un Balaídos que asistía boquiabierto al estropicio.

La entrada de Rueda y de Durán dio al Celta un extra de energía y pareció cambiar la inclinación de la balanza. Pero una fabulosa jugada de Rebbach, que cazó la espalda del carrilero vigués, acabó en el incomprensible 3-4. Fue entonces, con todo perdido, cuando el Celta trató de reordenar la casa. Con Rueda y Carreira ganó juego por fuera, Fer López tuvo situaciones de disparo buenas, Iago Aspas subió las revoluciones con su entrada. El Alavés se sintió agobiado, boqueaba mientras sus jugadores se desmayaban en busca de segundos de tregua. El intento de salvar parte del botín murió en ese remate a bocajarro de Carlos Domínguez que Sivera sacó de forma incomprensible. El triste epílogo al esperpento vivido en ese segundo tiempo que ya forma parte de la leyenda negra de este equipo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents