El parabrisas y el insecto
A Nosa Reconquista queda como recuerdo imborrable en la leyenda de Aspas y como ejemplo de la fe inquebrantable del celtismo. Esta reconquista, en cambio, le ha correspondido al Alavés.

A Reconquista de Vigo entra en Balaídos / Pedro Mina

«A veces eres el parabrisas, a veces eres el insecto», canta Mark Knopfler. Cada uno relata su vida en primera persona y ejerce, al mismo tiempo, como objeto directo e incluso complemento circunstancial en la vida de los otros. El héroe al que se escribirán poemas o su antagonista mal rimado. A veces un solo instante te sitúa en uno de los lados. No es tan largo el trecho, como parece, entre un 3-0 y un 3-4. Balaídos, que tanta épica propia ha disfrutado en estos tiempos, lo recordó ayer al contemplar la ajena. A veces reconquistas, asegurándote la gloria, como en aquel llanto de Iago Aspas, y a veces eres el reconquistado.
Puede suceder a pleno sol, entre risas y abrazos, cuando la primavera ha reiniciado su milagro y aún vibra en el aire el eco hermoso de Lyon. Nadie había percibido ese diminuto jirón de nube en el horizonte que luego ensombrecería la tarde. Algunos consideran la historia como un camino que pudo haber cambiado en cada encrucijada. Algunos la entienden como un río cuya corriente apenas perturbarán las ondas de la piedra que hemos arrojado. Voluntad o destino.

Desolación en el saludo a Marcador. / Pedro Mina
Aquel 28 de marzo de 1809 fue una piedra arrojada al agua. Nada hubiera sido distinto sin Carolo y Cachamuiña derribando la puerta de Gamboa. Otras batallas más cruentas decidieron las guerras napoleónicas. Balaídos silba un amago de Marsellesa por la megafonía. Las tropas francesas huyen esta vez por el césped de Balaídos, perseguidas por las milicias paisanas. Aquel 12 de marzo de 2024 fue una encrucijada. Nada hubiera sido igual sin Claudio, a quien las gradas corean alargando su Giráldez. Aún hoy se siguen replicando las opiniones de Benítez sobre la cantera como un recordatorio de lo que pudo haber sido. Las dos fechas, sin embargo, se han consagrado por igual en la memoria, despojándolas de su transitoriedad.

Alegría visitante y tristeza local. / Pedro Mina
Y es así que en el partido, como en la realidad, la ruleta gira a su capricho mientras las causas se ganchillan con las consecuencias. Las ovaciones y las decepciones se intercambian entre la esquina de Río Alto, donde se han ubicado los hinchas del Alavés, y el resto del estadio. Una remontada tan dolorosa como histórica, que en Vigo se querrá olvidar lo antes posible y que en Vitoria se recordará por siempre si la temporada concluye bien para sus intereses.

Seguidores del Alavés. / Pedro Mina
El árbitro pita el final. Los jugadores visitantes se derrumban o abrazan a su portero. Los jugadores locales se mesan los cabellos y miran al cielo. La decepción, con todo, no se transforma en pitidos o abucheos. Suenan aplausos y algún «Celta, Celta» dolorido y desde Marcador reclaman igualmente al equipo. A veces todo encaja, celebra el Alavés y Mark Knopfler lo canta. A veces, admite el celtismo, eres un tonto enamorado.
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