Dos jugadas para una condena
El Celta, que mereció mucho mejor resultado, cae ante Osasuna víctima de un par de concesiones en defensa | A los de Claudio, liderados por Fer López y Miguel Román, les faltó eficacia en el remate

El Celta - Osasuna de la jornada 23 de LaLiga, en imágenes / Jose Lores
El fútbol no siempre entiende de méritos, pero sí de pecados. En una noche de perros el Celta cayó dos veces en el pecado de la pereza y así escribió su condena. Defendió con desidia un par de acciones en su área y por ahí se fueron su racha en Balaídos, la celebrada solidez de los últimos meses y la posibilidad de cerrar el viernes en la quinta posición provisional a la espera de lo que hiciesen sus rivales directos. Osasuna, un equipo que se fue sintiendo más seguro al comprobar la nula puntería del Celta, agradeció la generosidad viguesa para llevarse una victoria que no merecieron y buscaron solo lo justo. El oportunismo de Budimir y De Haro pesó más que las malas decisiones de los célticos en el área navarra donde o eligieron mal o se encontraron con las piernas de Sergio Herrera que, fiel a su costumbre, apareció en momentos determinantes del partido para salvar a los suyos.
Es difícil catalogar el partido del equipo de Claudio. Su primera media hora fue una de las mejores de la temporada; aún más destacable teniendo en cuenta las condiciones infames en las que se disputó el partido. Bajó un diluvio intermitente, con rachas feroces de viento, el Celta jugó como si se viese acariciado por una suave brisa primaveral sobre la mejor alfombra que uno pueda imaginar. Por momentos era como si el agua no les llegase a mojar. Estaban felices en su plan ejecutado casi a la perfección. Preciso en la circulación y dinámico en sus movimientos, encontró siempre al hombre libre para progresar sin dar tiempo a los osasunistas a cerrar los pasillos que se le iban abriendo desde ambos costados. Los navarros sí sentían la llegada de la borrasca. En el cielo y también en el campo. Javi Rodríguez, con dos llegadas impetuosas, hizo el primer roto de la noche, y marcó el nivel por el que se iba a mover el partido. Fue el primer aviso de los muchos que darían los vigueses dirigidos de forma magnífica por Miguel Román, indiscutible ya en el centro del campo, y por Fer López que mejoró todo lo que cayó en sus pies con esa facilidad para girar, arrancar y encontrar al compañero. Una fantasía de futbolista que en cada jugada deja un suspiro de tristeza por aquello que uno sabe que perderá dentro de demasiado poco.
Osasuna se sintió ahogado por la presión del Celta, capitalizada por Moriba, que permitía recuperar rápido y percutir una vez más. No cayó el gol por diferentes razones: Hugo Alvarez falló un mano a mano con Herrera tras un pase inimaginable de Román; Borja Iglesias erró en un pase sencillo a Hugo para dejarlo otra vez ante el portero; el delantero santiagués envió al limbo una jugada coral de todo el Celta por la banda de Javi Rueda...eso sin contar la cantidad de veces que dejaron jugadas sin finalizar por el exceso de manoseo en la frontal del área.
Pero ya se sabe que el fútbol castiga los errores como ningún otro deporte y penaliza con saña la desidia aunque ésta sea temporal. Le sucedió a Hugo Alvarez pasada la media hora de juego. El extremo, que estaba haciendo un buen partido, perdió un duelo ante Raúl Moro y lejos de reclamar una segunda oportunidad se inhibió de la jugada y concedió al osasunista el tiempo y el espacio para elegir el mejor centro posible. Budimir, cabeceador implacable, llegó apenas una décima antes que Starfelt, soldado a su costado, para incrustar el balón en la red mientras Radu trataba de procesar toda la información.
El gol dejó al Celta haciéndose demasiadas preguntas
El gol dejó al Celta haciéndose demasiadas preguntas. No entendía lo que había sucedido y hasta el descanso deambuló por el campo sin rumbo. Como si alguien les hubiese dejado en una carretera extraña sin señales ni GPS al que recurrir. Solo un par de chispazos de Fer López agitaron un poco a un equipo que no se acababa de creer lo que había sucedido.
Lo que el fútbol le negó en el primer tiempo pareció concedérselo en el arranque del segundo porque en la primera acción un disparo de Borja que se iba al encofrado de la futura grada de Gol encontró la mano separada del cuerpo de Catena y Munuera pitó penalti. Entonces se produjo una de esas escenas de thriller que se dan por culpa del VAR. Pizarro Gómez, que estaba calentito en su cueva de Las Rozas, tuvo a los jugadores tres minutos en el campo esperando bajo el aguacero mientras aplicaba el microscopio a la jugada. Creyó ver un pisotón previo de Fer López y se chivó a Munuera que se vio obligado a irse a la televisión. Pero el jienense (milagro) se mantuvo fiel a su decisión de pitar el penalti porque no vio nada punible. Borja Iglesias, pese a la larga espera y al hecho de tener delante a un tipo como Herrera, engañó al portero para igualar.
El Celta respiró con alivio tras superar ese primer desafío. Pero su fluidez no era la misma. A Fer López y a Román ya les costaba encontrar socios que mantuviesen la misma velocidad del juego y eso permitió a Osasuna defender con más orden e incluso quitarse de encima cualquier agobio a través de posesiones largas sin intención de ir al área de Radu.
La entrada de Williot sí le dio al Celta otra pieza con la que desequilibrar la noche. El sueco fue un dolor de cabeza con sus continuas llegadas por la banda izquierda. Se encontró con las piernas de Herrera en el remate que pudo cambiar el destino del partido y generó varias situaciones de peligro en las que le faltó encontrar el pase certero. A Williot se sumó luego Jutglá, que entró por Borja Iglesias, y que sigue tratando de regresar de su viaje introspectivo. También dejó algún detalle que invita a pensar que sumará en el final de temporada.
Estaba el Celta pensando en cómo ganaría ese partido y se encontró con el gol de la derrota en una acción terrorífica de Marcos Alonso que se confió en un balón cruzado hacia el segundo palo. Raúl de Haro le ganó la posición como si fuese un infantil aprendiendo a coger un rebote en la zona y superó a Radu . Otra vez el Celta con cara de no saber qué hacía allí.
Claudio dio entrada entonces a Aspas y Jones en busca de soluciones desesperadas. El empuje dio para varios remates y sobre todo para un centro que Aspas remató de manera impensable casi con el tacón y que Herrera, siempre él, volvió a sacar con el pies por puro instinto.
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