PREVIA ESTRELLA ROJA-CELTA
Donde reside el corazón está la patria
Aficionados de incógnito, visitas del pasado e historias tiernas de la jornada céltica en Belgrado
El Celta y el celtismo hacen piña en Belgrado antes del partido contra el Estrella Roja / Marta G. Brea
La patria era, para los romanos, la tierra de los padres o los antepasados, que heredar y conservar; tal vez que añorar o idealizar si se había perdido. Un origen en el que reconocerse, aunque en realidad todos los seres humanos son siempre, de alguna manera, emigrantes en tránsito. La patria, instituida en nación, se ha convertido en una inflamación que ciega, en un reproche que se blande o en una excusa que disfraza. Por la patria se mata y se muere o se trazan fronteras donde había vecindarios. «Kosovo is Serbia», reza una pintada, en el camino del aeropuerto a la ciudad. «The only genocide was against the serbs», sostiene otra cerca de la céntrica Plaza de la República.
Belgrado, cicatrices y banderas
La guerra de los Balcanes, la escisión con Montenegro, el conflicto de Kosovo… Cicatrices más recientes de lo que el almanaque pretende o heridas que aún sangran en Serbia, donde muchos sienten que el mundo nunca quiso reconocer su propio dolor. La bandera pende de edificios y farolas. A alguna fachada no se la han reparado las grietas de los bombardeos de la OTAN. En el fútbol, donde todo se destila y se condensa, los radicales del Estrella Roja se dividen entre la extrema izquierda y la extrema derecha. Pero todos comulgan con la patria.

Belgrado / Marta G. Brea
Ha estado relatando Ristic a sus compañeros historias de aficionados visitantes a los que los ultras desnudaron para quemar después sus camisetas en el estadio. En el Celta, aprovechando que el Lille visitaba Balaídos después de haber estado en Belgrado, ya le habían consultado por su experiencia. Ningún incidente, les dijeron, pero con las debidas precauciones. Así que los responsables celestes remitirán una carta a todos los aficionados que adquieran una entrada. Les aconsejan no llevar prendas célticas, al menos de manera visible. Determinan un punto de encuentro y traslado en autobús al Marakana desde allí, con escolta. «É a primeira vez e claro, pensas que hai que ter coidado», reconoce Rubén, que ya había estado en Zagreb.
El contexto rebaja el peligro. En Serbia aprecian que España no haya reconocido oficialmente al estado de Kosovo. No se anticipan colisiones pactadas o ideológicas en los subterráneos. Estrella Roja y Celta acuden aliviados de drama. Pero algún aficionado relata sustos o advertencias en la noche del miércoles. Como ese anorak negro hace furor entre la chavalada gallega, se ha confundido con uniformidad militante.
–¿Sois ultras? –les inquieren.
No lo son. El celtismo viaja por disfrute. Pero de pecar, mejor que sea por exceso de precaución, han pensado en el Celta. La vida es siempre la patria primera..

Marta G. Brea
En las amplias avenidas del viejo Belgrado, bajo el pálido sol del mediodía y entre tranquilos ciudadanos ensimismados en su rutina diaria, la patria del pan, aún se puede contemplar alguna camiseta céltica de terraceo. La mayoría, sin embargo, se distingue por el idioma o el vagabudeo. En el parque donde todos debieran reunirse, en zona de adictos al Partizan en esta ciudad partida en dos, la gente escasea, mira y continúa su paseo. Sólo se congregarán por la tarde a celebrarse como familia, sobre el césped y en los bares, vigilados y protegidos por la policía, ahora ya sí exhibiendo sus emblemas. Porque la patria también puede residir en la mirada del otro o en su abrazo.
La patria en el amor y la memoria
Incluso en la expedición del equipo se dividen entre quienes salen de turisteo en chándal oficial o con ropa de civil. E igual los jugadores. A las puertas les aguardan algunos seguidores como David y Zaira. Aunque vigueses, residen en Tenerife por trabajo.

El Celta y el celtismo hacen piña en Belgrado antes del partido contra el Estrella Roja / Marta G. Brea
-¿Por qué no nos vamos a Belgrado a ver el Celta por tu cumpleaños? – propuso él, que había disfrutado de la experiencia en Manchester hace diez años y en Stuttgart hace meses.
«Fue de un día para otro. Y aquí estamos», resume Zaira, que cumple efectivamente en el día del partido. La patria reside en el amor que se profesa.
Un hotel de concentración siempre registra trasiegos matutinos. Iago Bouzón aparece de visita junto a Goran Maric; los dos canteranos célticos y hoy socios en su agencia de representación, repartiéndose mercados. Goran, serbio de nacimiento, gallego de infancia y juventud, reside hoy entre Novi Sad y Belgrado. Las patrias también se pueden compartir.

Goran Maric y Iago Bouzón. agentes y exfutbolistas del Celta, visitan el hotel de concentración / Marta G. Brea
Igualmente a caballo, pero entre Palma y Belgrado, vive Goran Milojevic. Del Mallorca llegó al Celta en aquel verano convulso de la crisis de los avales. Al verano siguiente se mudó al Mérida. Ha querido visitar a Gudelj y se lo ha encontrado atareado con sus obligaciones como delegado. «Yo estoy bien y veo que el Celta, también», celebra. «Tengo un recuerdo muy amable de esa época y sobre todo del cariño de la afición celeste». Es de los pocos, «quizá el único», aventura, que militó en el Partizan y en el Estrella Roja, patrias en teoría excluyentes. «No he vuelto a Vigo desde que me fui hace 30 años. Tengo muchas ganas de ir», asegura. La felicidad que se atesora en la memoria es un patrimonio que nadie te puede arrebatar. El pasado, como patria.

Goran Milojevic / Marta G. Brea
En esa acera del Hilton, provisional patria céltica, aguarda por posados el ruso Sergey Klepalov. «Prefiero Sergio», solicita. Rostro reconocido, se hizo hincha del Celta por Mostovoi, entonces ídolo y hoy amigo. «Se van a cumplir 30 años», calcula Sergio y conviene, en galego: «Só ti podes entendelo». Se fotografiará con Marián Mouriño como hizo con su padre, Carlos, hace casi una década, en Krasnodar. En aquella imagen salía también su mujer, Yulia, que ha fallecido. Su patria auténtica, su dulce matria.

Sergei Klepalov con Marián Mouriño. / Marta G. Brea
Sergio ha regresado a vivir en Ekaterimburgo tras unos meses de estancia, refugio y casi exilio en Galicia. Una carga policial, durante una manifestación contra la invasión de Ucrania, le causó graves lesiones. En aquella foto de Kranosdar, Yulia y él portaban la bandera rusa. «Esta vez no la he traído. Está llena de sangre», lamenta. «Vigo es para mí como una segunda patria y también Galicia». Allí donde reside el corazón está la patria.
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