Un retrato inquietante
La agonía para eliminar a un Segunda RFEF no fue lo peor de la noche del Celta sino la incapacidad de buena parte de la plantilla para imponerse en el cara a cara a futbolistas que juegan tres categorías por debajo.

Jutglá pelea con varios contrarios por un balón. | LOF
El partido era una trampa para el Celta. Se sabía desde la mañana del sorteo. El campo, la superficie, el animoso ambiente, las dudas propias, la convicción ajena... Ingredientes suficientes para amenazar a un equipo que llegaba a Sant Andreu en busca de sí mismo después de una semana de confusión (y sabe aún más perdido si cabe). Nada era descartable ante este panorama. La larga tanda de penaltis acudió al rescate del equipo de Claudio, pero el resultado en absoluto enmascara una noche terrorífica y que ofreció un retrato inquietante de buena parte de la plantilla incapaz de imponerse en el cara a cara a futbolistas que compiten tres categorías por debajo de ellos. Hay problemas individuales (muchos) y uno general de juego.
Amor propio. Nos gusta el fútbol y nos encanta que competiciones como la Copa se abran a historias hermosas de modestos que desafían y derriban a clubes más grandes y poderosos. Este deporte se ha hecho grande gracias a noches como la de ayer. Y tendríamos que verlo como algo normal, como algo que le puede suceder a cualquiera (más de media docena de «primeras» las pasaron canutas en escenarios similares). Pero lo que más alarma no es el hecho de estar a punto de perder, sino haber sido superado en otros asuntos como el del amor propio. No se le vio al Celta. Apenas tímidos esbozos, pero por momentos hubo síntomas de resignación en algunos futbolistas. Y ya no es una cuestión de jugar con dos, tres o siete centrales. Se suponía que si algo tenía este equipo era orgullo, parte fundamental de los éxitos recientes. Tardó en asomar. El gol de Borja Iglesias (de los pocos que se salvan del oprobio de ayer) justo antes del descanso de la prórroga evitó que el bochorno a esta hora estuviese siendo más grande.
Ni un paso adelante. Estas eliminatorias a medio camino entre compromisos de mayor enjundia constituyen un lugar para la reivindicación propia, el espacio donde reclamar mayor protagonismo en caso de que uno no lo tenga. Nadie se dio un golpe en el pecho y defendió un papel que ahora mismo no tiene en el equipo. Yoel, Carlos, Beltrán, Williot, Sotelo, Hugo Alvarez, Jutglá...nada dejaron en el ambiente para demandar más frases en el guión de la temporada. Se enfrentaron a futbolistas de menor fuste (algo que no se advirtió en el campo) y pasaron sin pena ni gloria. La prueba de que algo parece haberse roto en el equipo en estassemanas. Hay un problema de falta de calidad evidente en la plantilla, pero eso también lo había hace un año y se compensaba de otro modo. El Celta parece haber perdido su aura (por utilizar la palabreja tan manoseada) y está tardando tiempo en encontrarla. Los resultados de Liga de hace unas cuantas jornadas (algunos afortunados) parecieron ponerlo en el camino, pero el desastre de Ludogorets ha cubierto todo con un manto de preocupación y dudas. A este Celta no se le pueden pedir imposibles y sus limitaciones son evidentes, pero donde no le llegan unas condiciones tendrá que activar otras. Claudio se encarga de la pizarra, pero eso nunca funcionará sin el necesario empuje.
Sant Andreu. Gloria para ellos, para su partido y su comportamiento. Jugaron con descaro y al límite siempre del esfuerzo dispuestos a reducir la presumible diferencia entre ambas plantillas. Además lo hicieron sin encanallar el partido. Su prórroga fue extraordinaria y no les importó jugar a algo parecido a un intercambio de golpes. Ese Alexis, autor del gol y quien provocó la segunda amarilla a Carlos, jugó iluminado por completo.
Ángel Arcos. Saquemos otra lectura positiva. En el tramo final del partido el Celta buscaba de manera desaforada a Angel Arcos en busca de que el joven encontrase la solución. Más allá del vigor físico del chaval en ese momento, sus compañeros han visto algo en él.
La tanda de penaltis. Después de dos horas de combate los equipos dirimieron el duelo en una tanda de penaltis que parecía más propia de una pretemporada por la calma con la que los lanzadores se emplearon. Es verdad que ninguno de los porteros amenazaba en exceso a los ejecutores, pero por momentos aquello parecía un concurso de perfección. Y la moneda cayó del lado del Celta.
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