La segunda ‘invasión’ gallega de Razgrad
Unos quinientos celtista acompañaron al Celta en su visita a Razgrad, una apacible villa del noroeste búlgaro que desde hace una década, coincidiendo con la adquisición del Ludogorets por el magnate Kiril Domuschiev, ha convertido el fútbol en todo un acontecimiento. Llegados de distintos puntos, la mayoría vía Bucarest, los hinchas celestes protagonizaron la segunda ‘invasión’ galaica después de diecinueve siglos.

Grada del estadio donde se encontraba la hinchada céltica. / Alba Villar
Los partidos internacionales se convierten en un acontecimiento social para Razgrad, una pequeña localidad del noreste búlgaro de unas dimensiones parecidas a O Carballiño, que recibe con amabilidad a las aficiones que la visitan desde hace algo más de una década, desde que el club lo adquirió el magnate Kiril Domuschiev, con negocios en la industria farmacéutica y en la marina mercante, que lo convirtió en el campeón indiscutible de su país para envidia de los equipos de la capital del país, Sofía. Hasta este recóndito lugar llegó a mediados de la década pasada el vilagarciano Dani Abalo para formar parte de un Ludogorets que disfrutó de la Liga de Campeones enfrentándose a rivales como el Real Madrid o el Liverpool. Mucho antes, los soldados que integraban la Cohors II Lucensium, procedentes de la Gallaecia romana, se instalaron en Abritus, el poblado que sería destruido por los ávaros y del que quedan unos restos musealizados.

Un grupo de aficionados celestes en las calles de Razgrad. / Alba Villar
Y en la colina de Razgrad se alza el hotel Cartoon, donde el Celta estableció su cuartel general durante dos días, aparecieron ayer en peregrinación unas cuantas decenas de aficionados celestes. Media docena de ellos pertenecen a la peña Tolemia Celeste, que viajaron al este en dirección Bucarest, donde alquilaron un Dacia en el aeropuerto para cubrir el centenar de kilómetros que separan a la capital rumana del Huvepharma Arena.

Yoel, Manu y Sotelo, en las puertas del hotel de concentración. / Alba Villar
Como hace 27 años, Bucarest se convirtió de nuevo en uno de los puntos neurálgicos de esta travesía del celtismo hacia el oriente europeo. Entonces fue para disfrutar ante el Arges Pitesti de la primera victoria del Celta en un torneo continental. Esta semana llegaron a suelo rumano para trasladarse en vehículos de alquiler o en autobuses a Razgrad.

Aficionados celestes, en la zona de bares de la ciudad. / Alba Villar
A los pies del hotel Cartoon se abre una amplia explanada con edificios fríos y recios muy habituales en los países de la esfera de la antigua Unión Soviética. Ese espacio público puede considerarse el kilómetro cero de Razgrad, con permiso de la plaza donde su ubica la torre del reloj, construida en el siglo XVIII y que destaca por su acabado en una estructura de madera y sus 26 metros de altura. Y en ese centro urbano se ubica la zona de restauración donde comenzó a reunirse ayer el celtismo a partir del mediodía (una hora menos en España) para calmar la sed con cervezas locales de poca graduación y precio (1,40 euros, el doble en levas, la moneda oficial hasta el próximo enero que se implantará la divisa europea). Los celtistas formaron un grupo cada vez más numeroso, en el que estaban representadas muchas del centenar de peñas que reúne el equipo vigués. La fan zone elegida por los aficionados ofrecía mejores condiciones que el parking próximo al estadio que proponían las autoridades.

Un grupo de hinchas célticos frente a la mezquita de Ibrahim del siglo XVI / Alba Villar
Razgrad recibió a la afición del Celta con una luz gris, una leve lluvia y una temperatura agradable de unos 15 grados, por lo que sobraban las prendas de abrigo, aunque el cielo siguiese amenazando con agua. Y como en otros muchos de estos encuentros internacionales, la localidad búlgara fue el punto de cita de amigos celtistas a los que sus vidas los han desperdigado por el mundo, como corresponde a los hijos de la emigración. Como tres compañeros que procedían de Galicia, Navarra e Irlanda que aprovecharon este partido ante el Ludogorets para juntarse a miles de kilómetros de su tierra. Incluso los había repetidores de Stuttgard y Zagreb, de los que no olvidan la noche de Mánchester y quienes completaron una temporada siguiendo a su Celta del alma. Para esta gente no hay distancias, solo motivos para juntarse y disfrutar de su equipo, que este año vuelve a permitirles descubrir lugares fuera del radar de las agencias de viajes.
Un modesto hegemónico
Medio centenar de esos aficionados del Celta se dieron cita ayer en la casa del Ludogorets, un modesto club que hace más de una década hizo saltar por los aires la hegemonía de los equipos de Sofía, especialmente el Levski y el CSKA. Es como si el Arenteiro lo comprase un millonario de Avión y le arrebatase la hegemonía del fútbol español al Real Madrid y al Barcelona. Ese sueño casi imposible se ha dado en la localidad que ayer visitó el Celta, donde se relaciona a Lubo Penev con el Celta pero no a Hristo Stoichkov. Es verdad que este último tuvo un paso muy efímero por el banquillo de Balaídos, pero su figura sigue ligada exclusivamente al Barcelona y a una selección búlgara que finalizó cuarta en el Mundial de Estados Unidos de 1994. De ese equipo ya solo quedan los recuerdos, porque la actual selección búlgara pelea por posiciones muy retrasadas en el concierto europeo. Ahora, la única representación internacional digna de este país balcánico la protagoniza el Ludogorets, que ayer acogió a una importante representación de gallegos. Era la segunda invasión galaica en casi diecinueve siglos.
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