Hasta que se encendió la reserva
El Celta cede ante el Barcelona un partido que vivió una primera parte de locura, pero en la que los vigueses se cayeron tras el descanso
Lewandowski, autor de tres goles, resultó letal

Sergio Carreira celebra el gol que supone el empate a 1 en el marcador / Marta G. Brea / Jose Lores
Hubo partido y locura mientras el Celta tuvo energía en el cuerpo. La luz de la reserva se le encendió a la vuelta del decanso y ya no tuvo fuerzas para devolver los golpes que el Barcelona (con un Lewandowski iluminado autor de tres goles) le fue propinando pero de los que se levantó siempre con coraje y descaro. Pero en el segundo tiempo los vigueses inclinaron la cabeza, el aire ya no les llegó ni a las piernas ni al cerebro y el cuadro de Flick acabó con su racha de victorias consecutivas.
Giráldez cambió casi todo su equipo con respecto al partido de Zagreb; Flick tuvo que recurrir a la mayoría de los futbolistas que alineó en Brujas, pero aún así siempre pareció más cansado el Celta, obligado a perseguir en exceso y a hacer esfuerzos exagerados cuando quería alcanzar la portería del Barcelona. Su batería se fue agotando a mayor velocidad de lo que imaginaba Claudio, como cuando te montas en un coche eléctrico y descubres que la autonomía que te dice la consola al comenzar el viaje no tiene nada que ver con la realidad. Pero de salida el partido sí se pareció a lo que imaginó el porriñés, decidido a hacer daño a la línea adelantada del Barcelona a la que castigó como el año pasado, buscando el pase a Borja para que habilitara a los lanzadores (Mingueza sobre todo) y estos pusiesen a correr a Pablo Durán y a Jutglá. No era un partido sino un frenopático. El Barcelona agujereaba al Celta (que defendió de forma deficiente todo el partido salvo el inmenso trabajo que Carreira hizo con Lamine) pero siempre encontraba una respuesta inmediata. El Celta era como un niño de los años ochenta subiéndose a un columpio y jugándose la cabeza sin miedo a nada. Así estuvo cerca de adelantarse en el comienzo del partido antes de que llegase una de esas acciones que obligan a aborrecer del fútbol mal llamado moderno. Un disparo desde fuera del área encontró una mano furtiva de Marcos Alonso que en absoluto trataba de «hacerse grande». Ni los jugadores del Barcelona apreciaron el penalti, pero sí lo hizo el sexador de pollos (que diría Luis Aragonés) que habita en la sala del VAR. Penalti de risa que Lewandowski transformó aunque Radu, que recuperaba su sitio en el once, estuvo cerca de parar.
Lejos de asustarse, el Celta subió el volumen de la música. Borja Iglesias, el jugador más en forma de la plantilla, dio un verdadero curso de lo que es jugar de espaldas para lanzar a sus compañeros. El santiagués encontró el pase perfecto a Carreira para ponerlo delante del portero en el gol del empate, un mensaje al Barcelona de que la noche venía retorcida y que la lluvia que arreciaba sobre Balaídos no era el peor de sus problemas.
Pero entonces se vio dónde estaba el principal talón de Aquiles del Celta. Si en la banda de Lamine las ayudas de Pablo Durán facilitaban a Carreira en su tarea de anular al talento español, el otro costado era un problema gigantesco. Lo que Mingueza te da en ataque te lo quita en defensa. Con Rashford delante el catalán pasó un verdadero martirio. Le defendió mal y la ayuda de Ferrán o de Manu Fer (la novedad en el centro de la defensa) nunca llegó a tiempo. El Barcelona no tardó en entender que, contra pronóstico, el partido estaba en la banda contraria a Lamine. Un centro del inglés, en el que Mingueza flotó en exceso de manera incomprensible, encontró a Lewandowski en el corazón del área pequeña para hacer el segundo con facilidad.
Pero el Celta estaba dispuesto a que lo matasen todas las veces que fuese necesario. En otra llegada de Jutglá por la derecha, el atacante (que se revienta a trabajar aunque a veces no encuentra la suerte que merece) acertó a poner el balón en la frontal del área donde apareció Borja Iglesias para descerrajar un disparo salvaje ante el que Szczesny no pudo hacer nada. Malas noticias para Morata a quien le ha salido un rival terrible para estar en el Mundial del próximo año. La locura parecía que iba a detenerse ahí y que los jugadores estaban pensando ya en los quince minutos de descanso, pero Alberola alargó el primer tiempo y Rashford apretó de nuevo a Mingueza para sacar un centro mal defendido que acabó a los pies de Lamine que encontró la portería.
El descanso lo necesitaban los equipos, pero también los espectadores del partido, agotados por semejante aquelarre. El problema es que el Celta ya no regresó. Claudio dio entrada a Javi Rodríguez por Mingueza y así consiguió minimizar el peso de Rashford en el partido, pero el entusiasmo y la energía se habían acabado. El Barcelona dominó el partido ante un equipo que ya no alcanzaba a llegar, ni a robar y mucho menos a correr. El desgaste del primer tiempo había sido demasiado grande; los tres delanteros ya no tenían un gramo de fuerza para estirar al equipo o ganar algún duelo y el Celta se defendió en un bloque muy bajo, pero tras cada recuperación había un mundo hasta la portería del Barcelona y nadie con capacidad para ganar metros. No hubo noticias de los pivotes con la pelota y por los costados tampoco había salida.
Claudio se jugó entonces la carta de Aspas y de Bryan Zaragoza por Jutglá y Borja Iglesias, pero antes de que entrasen en juego Lewandowski conectó un cabezazo de manera magistral al palo izquierdo de Radu para sellar el triunfo. Ahí sí que el Barcelona dio un paso atrás y el Celta pudo jugar en el campo rival, pero sin una sola idea. El riego sanguíneo ya no llegaba ni a las piernas ni al cerebro.
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