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Cañonazo celeste en Zagreb

Unos seiscientos aficionados acompañaron al Celta en el segundo desplazamiento en esta temporada por Europa. Disfrutaron de un día festivo por las calles de Zagreb y se reagruparon a unos cientos de metros del estadio para entrar juntos en un estadio donde se hicieron notar.

Los aficionados del Celta celebran en las gradas del estadio.

Los aficionados del Celta celebran en las gradas del estadio. / Marta G.Brea

Zagreb

El goteo de celtistas fue sostenido; los más madrugadores llegaron a Zagreb en la tarde del pasado martes, el resto fue llegando a la capital croata de forma escalonada, la mayoría desde Oporto, con tipo de escalas, desde Bruselas, a Zürich pasando por Málaga, pero también en vuelo directo desde Madrid. Poco a poco, marea celeste, más de medio millar de incondicionales, fue ocupando las calles del centro, donde todavía pueden verse los estragos del terremoto que sacudió la ciudad en 2020, dejando inutilizada una de las gradas laterales del Estadio Maksimir, el escenario del partido.

El grueso de las hordas célticas desembarcó en Zabreg por la mañana, aunque desde la noche podían verse aficionados por las calles del centro presumiendo de escudo y hubo quien aprovechó también para disfrutar de la noche en los bares de la zona peatonal, donde no faltaron cánticos y un nutrido grupo de aficionados entonó, ya con algunas copas encima, el “Aspas on fire” para ir calentado motores. Al día siguiente, las calles de la ciudad fueron tiñéndose de celeste en una fresca y soleada mañana otoñal que muchos aprovecharon para hacer turismo por la zona antigua de la ciudad, darse una vuelta por los túneles y asistir al famoso “cañonazo de Zagreb”, una tradición de 137 años en que la ciudad saluda el mediodía con un disparo de cañón (sin bala, solo con pólvora) desde la emblemática Torren Lostrscak, del siglo XIII.

No faltaron quienes se pasaron por el hotel del Celta para esperar que alguno de los jugadores asomase la cabeza para pedirles un autógrafo y hacerse una foto con ellos. Algunos, como un aficionado croata fanático de Iago Aspas, que los hay en todas partes del mundo, esperó en vano varias horas y no logró que el crack celeste le firmase la camiseta porque el moañés no hizo acto de presencia.

Aspecto del graderío en el
que estaban los aficionados
del equipo vigués.

Aspecto del graderío en el que estaban los aficionadosdel equipo vigués / Marta G. Brea

Sí lo hicieron otros muchos jugadores, también Claudio Giráldez y su cuerpo técnico, que aprovecharon la mañana para darse una vuelta por el centro, tomarse tranquilamente un café para descargar nervios e incluso hacer alguna compra. Un paseo que les permitió estirar las piernas y matar las aburridas horas previas al encuentro, antes de comer hacia eso de las dos de la tarde, descansar un poco y asistir a la charla previa al choque.

Algunos hinchas celestes se toparon por la calle con otro ídolo de la afición croata muy conocido en España: Robert Prosinecki, vieja gloria del Real Madrid y el Barça, entre otros equipos españoles, pero también del Dinamo de Zagreb. Prosinecki no asistió al partido, pero no dudó en saludar y hacerse fotos con los aficionados celestes que se lo pidieron.

Cánticos y ondeo de banderas

Avanzado el mediodía, comenzaba ya a llenarse de incondicionales céltico la Fan Zone del equipo visitante habilitada a un par de cientos de metros del estadio. Allí, antes de marchar juntos hacia el campo, se sucedieron escenas que ya pudieron verse en Stuttgart, con cánticos y ondeo de banderas y bufandas bajo la mirada de la policía, numerosa en efectivos, pero que dejó los hinchas célticos divertirse y disfrutar del momento.

Sonaron los cánticos que habitualmente pueden escucharse en Balaídos entre cervezas y algo de picar en los bares cercanos a la zona de encuentro, muy cerquita del estadio, al que accedieron alegre, pero ordenadamente escoltados por las fuerzas policiales.

Pasado el mediodía, el elegante hotel de concentración del Celta albergó la recepción oficial del Dinamo al club vigués, que no contó con la presencia de su presidente, el excéltico Zvonimir Boban, quien sí presidió luego el partido desde el palco.

En el estadio los aficionados célticos le dieron brillo a un recinto frío, complejo, con parte del graderío inutilizado por culpa de las obras que tienen que acometerse después de que un terremoto dejase tocada su estructura. En uno de los fondos hicieron sonar la «oliveira» y con el paso de los minutos y la llegada de los goles empezó la fiesta y el jolgorio de adueñó de ellos que disfrutaron del partido más plácido del que ha disfrutado el Celta en lo que va de temporada. Incluso los hinchas locales, entre resignados e indignados, comenzaron a corear con olés los pases que daban los jugadores del Celta para bailar a sus jugadores. Cosas balcánicas.

A la conclusión llegó el momento de la unión una vez más entre seguidores y aficionados con el intercambio de agradecimientos. Zagreb se queda como uno de esos sitios unidos para siempre al celtismo como un recuerdo agradable.

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