El mal del día de descanso
El Celta, que bajó el nivel con respecto a sus anteriores tramo, logra un trabajado empate ante un Almería que se adelantó dos veces | A los vigueses, que cargaron en un ejercicio lleno de voluntad, les faltó acierto en los últimos metros | Aspas remató al palo en el 96
El Celta sufrió ayer el mal que persigue a algunos ciclistas después de una jornada de descanso. Al cuerpo y a la mente, adaptados a la exigencia permanente, les cuesta ponerse de nuevo en marcha. Muchas grandes vueltas se han escapado después de uno de esos días de masaje, entrenamiento para soltar las piernas, comida relajada y descanso. Algo parecido le sucedió ayer al Celta que dio la impresión de digerir de mala manera las dos semanas de espera tras el parón por selecciones. El Almería arrancó un empate en un partido en el que al grupo de Carvalhal se le vieron grietas que parecían cerradas durante este ciclo triunfal que le ha alejado de la pelea por la salvación para colocarle en el ilusionante escenario de luchar por un sitio en Europa. No fue el equipo de las últimas semanas. Más inestable en defensa, algo impaciente en ataque, desordenado en la sala de máquinas... Tuvo además el problema de verse dos ocasiones por debajo en el marcador, lo que además le obligó a un mayor desgaste físico y mental para engancharse al partido.
Porque el Almería –peligroso en punta gracias a Suárez aunque demasiado permisivo cerca de su área– tuvo el don de golpear en las dos primeras llegadas peligrosas al área de Villar. En la primera Babic colocó en la escuadra un cabezazo a la salida de un córner y la segunda llegó a la media hora cuando Aidoo –que venía de su paso por la selección y evidenció mejor que nadie el mal de la jornada de descanso– perdió de forma incomprensible una carrera con Suárez para que éste cediese el gol en bandeja a Arnau Puigmal. El Celta tuvo capacidad de respuesta en ambos casos. Aunque se echaban de menos algunos automatismos (sobre todo en el control del medio del campo donde a Beltrán se le dejó demasiado vendido) al equipo de Carvalhal no le fallaron la confianza ni su voluntad de ir hacia arriba a la mínima ocasión. La primera igualada llegó gracias a una gran combinación de Aspas y Gabri que culminó Seferovic –el suizo supo atacar todo el primer tiempo la espalda de su marcador– con un movimiento de nueve puro; y la segunda fue producto del esperado latigazo de Carles Pérez. El catalán fue una de las mejores noticias del partido. La mejoría del Celta en las últimas semanas tiene mucho que ver con él. En Cornellá anotó al fin su primer gol y ayer añadió al fin un tanto desde el balcón del área grande con el que castigó una pérdida algo absurda del Almería en la salida de la pelota. Precisamente esos robos fueron el principal argumento del Celta en ataque, aunque siempre faltó precisión para sacarle mayor rédito. Gabri, Luca, incluso Iago se equivocaron más que acertaron en esas situaciones de ventaja. Con todo, el 2-2 en el descanso no era un mal plan para el segundo tiempo teniendo en cuenta las circunstancias. Si el primero había estado dedicado a permanecer enganchado al partido, el segundo debía ser el de inclinar el duelo.

Pérez prepara el disparo del 2-2. / RICARDO GROBAS
Carles Pérez: multiplicado por la confianza
En Carles Pérez se demuestra la importancia de la confianza en jugadores de su corte. Nunca la tuvo en época de Coudet, ni la propia ni la de su entrenador, pese a que este lo había cortejado con intensidad en verano. Tampoco le había acompañado la fortuna en su búsqueda hambrienta del gol, con tantos anulados y disparos al palo. Con Carvalhal ha sido sin duda uno de los protagonistas de la remontada liguera. Carles se asoció ayer en corto y en largo, encaró a su par, se fue por fuera y por dentro, centró y remató. Se siente fresco y en forma. Su gol desde la frontal mantiene el impulso. Este Carles vale su cláusula de compra de ocho millones.
Pero le faltaron cosas al equipo de Carvalhal: empuje, un plan más claro desde el banquillo y acierto en las numerosas llegadas al área que protagonizaron. Al Celta le costó atacar a un rival que, a diferencia de lo ejecutado en el primer tiempo, dio un paso atrás y prefirió cerrar espacios y juntarse cerca de su área. No es la clase de entorno en el que se sienta cómodo el equipo de Carvalhal, más aficionado a jugar con las alturas, a atraer para luego castigar. El Almería no quiso riesgos y el Celta sufrió un pequeño bloqueo que se complicó aún más con la pequeña lesión de Carles Pérez que le obligó a salir de la escena y dejó a Carvalhal sin el jugador que parecía destinado a desequilibrar el partido. El técnico portugués, sin demasiada alternativa en el banquillo, recurrió a Tapia para asentar el dominio en el medio y echó mano de Larsen en lugar de Luca. Este movimiento generó un pequeño desconcierto en el Celta que pasó a jugar con dos nueves (Seferovic y Larsen) con Iago fuera de posición. Pese al dominio abrumador el Celta siguió sin encontrar ese pase diferencial, ese remate salvador (Mallo estuvo cerca de encontrarlo, Tapia disparó alto por poco...) Mucho pisar el área, pero pocas situaciones de peligro verdadero más allá de un par de llegadas casi siempre por los costados de Galán o Mallo. Seguía faltándole al Celta alguien que agitase de verdad el partido. Cervi tardó demasiado en pisar el campo en sustitución de un discreto Gabri Veiga, Paciencia entró en los minutos como recambio del cansado Seferovic y Miguel Rodríguez, tal vez la opción “diferente” pero también la más atrevida, siguió en el banquillo. A Carvalhal, como a casi todos, también les cuesta tomar decisiones más aventuradas. La cuestión es que por pura insistencia, el Celta fue arrinconando más y más al Almería. Fue un ejercicio que tuvo más que ver con la fe que con el fútbol. Donde no llegaban las ideas lo hacía la voluntad. Así, el partido entró en un golpeo constante del Celta que, tras comprobar que no hacía daño con su martilleo, buscaba el golpe definitivo que enviase al Almería a la lona. En medio de esa situación no se libró de un buen susto en su portería donde Costa falló un remate a dos metros de la línea de gol. Tras reponerse del sobresalto, el Celta volvió a cargar sobre el área de Fernando en un descuento largo y en el que los vigueses disfrutaron de tres ocasiones más o menos claras. Sobre todo la última. Iago Aspas recibió lejos del área y se fue acercando al área despacio, amenazando al defensa que le esperaba intranquilo. Cuando todo el mundo aguardaba el centro, el moañés trazó una parábola de ensueño en busca de la escuadra derecha de la portería andaluza. El balón, acariciado de forma precisa, voló en un par de segundos eternos con medio estadio conteniendo la respiración. El palo devolvió el remate y el Almería respiró aliviado. Habría sido un premio al esfuerzo infinito de un Celta que tiene el consuelo de que en unos días ya le espera otra etapa para seguir su camino.
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