En el fútbol, sujeto casi a siempre a la dictadura de los números, también existen las derrotas esperanzadoras y los triunfos que exigen una reflexión más allá de la felicidad y alegría que proporcionan. El Celta sumó ayer uno de estos, una victoria tan valiosa como sufrida en la que Marchesín sostuvo en los momentos más delicados a un equipo que no fue capaz de hacer valer la diferencia numérica de la que disfrutó desde el minuto veinte cuando, poco después del golazo de Gabri Veiga, la expulsión de Luiz Felipe le puso en una situación inmejorable para afrontar el resto del partido.

Gabri Veiga había comenzado a escribir la historia del partido aunque en realidad es posible que estuviese dando el banderazo de salida a una nueva era en el Celta. Su peso en este equipo está condenado a crecer de forma imparable. Protagonista desde que se conocieron las alineaciones –al fin era titular tras semanas como meritorio– el porriñés apareció en escena de forma estruendosa en el minuto nueve. Ganó un balón en el medio del campo y se quitó de encima con control y regate a Canales y a William Carvalho para soltar desde treinta metros un descomunal latigazo que se coló como un misil junto al palo izquierdo de la portería bética. Fue como ver a un centrocampista alemán de los ochenta, aquellos bigardos que cruzaban el campo como leones y que en cuanto olían al meta rival soltaban la pierna y convertían los resúmenes de la jornada en un festival de francotiradores.

El golazo del canterano fue como un bálsamo después de conocer que Iago Aspas se había caído a última hora del once titular debido a una inoportuna indisposición tras la comida. Sin el moañés en el campo –que ahora mismo es como hacer jugar al Celta con una venda en los ojos– el protagonismo lo tomaron un par de veinteañeros. Gabri Veiga –espléndido con sus arrancadas y el gol– y Larsen se hicieron con el partido. El noruego es un martirio para los centrales rivales. Es armonioso en sus movimientos, entiende el juego de espaldas, tiene calidad y potencia a quienes juegan a su alrededor. El Celta le buscó como solución para quitarse de encima la presión del Betis y él devolvió esa confianza con creces. En el minuto veinte le hizo un lío a Luiz Felipe que acabó por derribarle cuando encaraba la portería rival y el mano a mano con el meta rival. El VAR corrigió a Soto Grado que solo había mostrado amarilla y con más de una hora por delante el Celta se vio con ventaja en el marcador y en el campo.

Una situación inmejorable que sin embargo le costó manejar. Por culpa de la extraordinaria actitud del Betis y también de sus problemas para descifrar esa nueva situación. Tanto en el campo como desde el banquillo. Porque el Celta le dio prioridad desde ese momento a cuidar de lo que había conseguido en esos primeros veinte minutos. Jugó con el freno de mano echado ante un Betis que, sin nada que perder ya, se fue en busca del área de Marchesín con decisión y sin miedo a conceder unos espacios que el Celta se negó a ocupar. Pellegrini renunció a Carvalho para retrasar a Canales, un cambió que agradecieron los verdiblancos. Eligieron el camino del riesgo aunque eso supusiese abrirle nuevos caminos a un Celta que en el primer tiempo solo volvió a amenazar en una gran contra de Carles Pérez que el delantero catalán no acertó a culminar ante Rui Silva.

Tras el descanso compareció Fekir, un ejemplo de buen gusto. El francés se encargó con su presencia de igualar las fuerzas. Ya no parecía que el Celta tuviese un futbolista más. Broggi –que ejerció de primer entrenador debido a la ausencia de Coudet– no tardó en echar mano del cambio favorito en esta situación. Retiró a Solari para dar entrada a Tapia y reunir de nuevo a su doble pivote favorito para demostrar una vez más que por separado pueden funcionar, pero juntos no acaban de hacerlo. Con ellos el rival se siente menos amenazado y el Celta más previsible y poco vertical.

Como tantas veces empezaron a sucederse los tramos insulsos en los que no sucede nada. Eso afianzó las esperanzas de un Betis que comenzó a llegar al área del Celta y a convertir a Marchesín en el principal protagonista de la función. Pisó el campo Paciencia –que tampoco encontró un ecosistema cómodo para él porque los vigueses ya no hacían posesiones largas– y solo cuando asomó Luca de la Torre encontró el Celta un centrocampista con espíritu vertical en las venas. Pero no era suficiente para cambiar la tendencia del partido. El Betis empezó a despreocuparse de su área y a acumular gente en ataque.

Eso sumado a la calidad de sus futbolistas convirtió en un martirio el final del partido de los vigueses, agarrados a la solidez de sus centrales y a las manos de Marchesín que vivió su primer gran día desde que es portero del Celta (ayer Dituro ya no estuvo tan presente en los pensamientos de los vigueses). En el último cuarto de hora hizo acto de presencia Iago Aspas en lugar de Carles Pérez (que dejó detalles interesantes a los que solo le faltó poner la guinda de un buen remate), pero tampoco el moañés pudo decir gran cosa. Se le notó debilitado y por eso el técnico decidió colocarle como nueve con Paciencia a la derecha. Era difícil que de esa distribución pudiese salir algo bueno. Pudo liquidar el partido Oscar Rodríguez en un mano a mano tras una pérdida de los sevillanos cerca de su área que Rui Silva decidió darle un poco más de vida a un tramo final en el que el Betis se fue con todo en busca del empate y el Celta apretó los dientes para amarrar una victoria que corta una serie de dos derrotas y le permite instalarse en la zona templada de la clasificación a la espera de que se vayan consolidando muchos jugadores y, sobre todo, una idea de jugar al fútbol.