Hay pequeñas decisiones que tienen el inmenso poder de cambiar el destino de un partido. Y tal vez de una temporada. Por eso el fútbol siempre será un deporte casi imposible de gobernar. Sucedió ayer a la media hora de juego en Balaídos. Hasta ese momento el Celta era el pobre mosquito que se ve enredado en la tela de araña y no sabe cómo escapar de su negro destino. El Osasuna dominaba el escenario con suficiencia. Todo sucedía según su plan. Habían metido al Celta en una jaula, anulado su salida natural de la pelota, cerrado sus principales vías de paso y convertido el partido en una sucesión de duelos en campo rival. Un panorama espantoso para un Celta agarrotado, sin espacio ni ideas. Y de repente Hugo Mallo se salió del guion.

El lateral derecho aprovechó un balón al área de Brais para trazar una diagonal que no viene en los manuales. Normalmente se espera a los laterales en otros sectores. Pero Hugo asomó en la frontal del área, sin que ningún osasunista se hubiese citado con él. Cervi le dejó la pelota de cara y el lateral descerrajó un remate con la pierna izquierda que fue como quitarle el tapón al Celta. Porque a partir de ahí todo sucedió según el plan de Coudet. Había bastado un instante de creatividad, el simple fogonazo de un futbolista para cambiar el destino de un partido que permite al Celta conseguir su segunda victoria consecutiva en Balaídos, quitarse de encima el mal sabor de boca que aún dura de la derrota en Anoeta y la eliminación copera, e instalarse en la franja cálida de la clasificación, muy lejos de la zona preocupante y pensando que, tal vez, ahora comienza un tramo de la temporada donde ya es hora de que afloren objetivos más ambiciosos.

El gol de Hugo Mallo tuvo un efecto terapéutico para el Celta. Hasta ese momento el partido había sido una sucesión de pequeñas disputas ganadas siempre por el equipo navarro, instalado con enorme personalidad en el campo del Celta y que había estado cerca del gol en un remate de Budimir al palo tras un arranque enérgico. Esa energía se echaba en falta en los de Coudet. Apocados con la pelota, sin fuerza en el robo, obligados a correr y sin que ninguno de sus jugadores diferenciales entrase en escena.

La ventaja en el marcador fue como un grito de liberación para el equipo de Coudet que a partir de entonces vivió unos minutos deliciosos. En un fútbol tan medido, encorsetado, bastó que el Osasuna le diese al Celta una porción mínima de espacio y de tiempo. Y la calidad de los vigueses hizo el resto. Se hicieron presentes los futbolistas que hasta el momento solo se presumía que estaban en el campo. Primero Beltrán tomó las riendas del partido; luego surgieron los interiores (más incisivo Cervi que Brais) y más tarde Iago Aspas y Santi Mina. Ya no llegaba Osasuna a tiempo de bloquear el paso hacia su área, algo que se comprobó en la jugada del segundo gol. Una obra de arte organizada cerca de la esquina del campo por Iago, Cervi y Denis. El de Salceda incendió la jugada con un taconazo de alta escuela que concedió a Aspas metros para ganar con suficiencia la línea de fondo. El moañés asistió a Mina que se fue a buscar el remate al área pequeña con la fe de un soldado en medio de una carga desesperada. Llegó antes que su marcador y fusiló a Herrera. En dos llegadas el Celta había conseguido un premio exagerado. Los vigueses, a veces tan ciegos en los metros finales, habían hecho dos tantos en sus únicos remates a portería.

Con ese colchón el Celta salió al segundo tiempo con una hoja de ruta muy clara. Aparcó la generosidad y la vistosidad para otros días y construyó un muro en la frontal de su área. El paso atrás fue evidente. Coudet quería que el partido se jugase en pocos metros y que esa falta de espacio complicase la vida a un Osasuna que, por su dinámica, es un equipo al que le gustan los partidos a campo abierto, con posibilidad de encontrar rivales descolocados. Pero el Celta fue una roca. Sobre todo Aidoo. Omnipresente, espectacular. A estas alturas cuesta imaginar un tiempo, no tan lejano, en el que Coudet entendía que había defensas mejores que él. Ha sido hacerse con el puesto y se acabaron las bromas en su área. En esto el Celta ha encontrado un aliado inesperado en la figura del seleccionador ghanés que le ha dejado fuera de la Copa Africa. Lo normal es que el central estuviese a estas horas jugando con su selección, pero en cambio estaba tapiando la portería de Dituro en Balaídos. Aidoo fue la cabeza visible de la versión más económica del Celta que anuló por completo a un Osasuna que tuvo el dominio de manera abrumadora, pero que fue incapaz de generar una situación de peligro. Coudet siguió el manual de forma escrupulosa. No tardó en entrar Tapia por Denis –lo que empeoró al Celta de forma alarmante con la pelota–, luego llegaron Solari, Galhardo, Nolito y Okay. Músculo y centímetros para ayudar en la pelea aérea que era el único camino que los pamplonicas podían tener para encender el partido. Pero estuvo firme el Celta. Solo se le puede reprochar haber tenido algo de voluntad por liquidar el partido, pero el equipo prefirió jugar siempre con red. Ya habrá días para recrearse en otras películas, debieron pensar en el banquillo. Justos fueron los intentos de correr a la contra y cuando se produjeron faltó un punto de precisión para hacer más daño. Pero lo primordial era que Dituro pasase una noche tranquila y el meta argentino se marchó a casa convencido de que vendrán días peores. El Celta llega a la zona templada de la clasificación y deja de ver hacia abajo. Su horizonte está ahora en otros territorios. Y todo comenzó cuando Hugo Mallo decidió aventurarse por una carretera donde nadie le esperaba. Cambió el partido y, tal vez, la temporada del Celta.