El Celta no es que tropiece en la misma piedra como una desgraciada casualidad; es que la persigue y la busca con perseverancia como si padeciese alguna clase de extraña patología. Coudet está descubriendo a marchas forzadas la capacidad de este equipo para reincidir en sus errores. Es una tradición que pronto cumplirá los cien años de vida y que trasciende a los entrenadores. Cambia la clase de error, pero tradicionalmente el Celta adopta una jugada desgraciada que repite de forma enfermiza. Solo unos días después de que el técnico argentino pusiese el grito en el cielo por las absurdas pérdidas en el medio del campo que provocan goles en contra y les ha hecho regalar más puntos de los deseables, el Celta le regaló otra. Cambió el nombre del desgraciado protagonista (Okay interpretó el papel que en los anteriores encuentros correspondió a Denis) pero el fin de la historia fue el mismo. Así encontró el Eibar en el arranque del segundo tiempo su única oportunidad realmente clara del partido para firmar un empate. Suficiente para frustrar a un Celta incapaz de curarse esa dependencia que tiene de Iago Aspas. Por momentos pareció que podría conseguirlo, que se libraría al fin de esa carga que supone verle en la grada con el chándal puesto, un premio doble para un grupo necesitado de reforzar su estima. Pero pesó mucho más la habilidad de los vigueses para caer en un agujero que, por conocido, ya debería tener controlado. Pero no hay forma.

Y eso que Coudet, alertado por las tendencias suicidas de su equipo, había decidido limitar al máximo los riesgos. No solo quería evitar los pasillos que conducen hacia los medio centros, sino que directamente eligió que los centrales buscasen a Santi Mina convertido en ese “nueve retentivo” de circunstancias que Coudet quiere tener en su equipo. No es que retuviera mucho el voluntarioso delantero vigués, pero al menos el Celta entró en el partido con la intención de jugar en el campo del Eibar o de aparecer en el área de los armeros con rápidas transiciones. Fue así como se encontraron con el primer gol. Una acción por la banda derecha que nació en los pies de Emre Mor –otra oportunidad perdida para él aunque no se le pueda negar su esfuerzo– y que tras un par de rebotes afortunados permitió que el balón cayese en los pies de Brais en el corazón del área. El de Mos hizo una de las cosas que mejor sabe: aparecer. Algo en apariencia sencillo, pero que encierra mucha dificultad porque obliga a manejar con inteligencia el tiempo y el espacio. Cazó el balón junto al punto de penalti, tuvo la frialdad para detenerse medio segundo y que Dmitrovic eligiese su movimiento y luego le colocó el balón en un rincón con suavidad.

El Celta se entregó entonces a los malos vicios, a repetir un plan que suele salir mal. Tal y como le sucedió hace unos días en Sevilla, el equipo dio tres pasos atrás. Renunció a casi todo lo bueno que hizo en las primeras semanas de Coudet en su banquillo. Al técnico le pesó el hecho de que en este ciclo maléfico Real Madrid, Villarreal y Betis les cediesen la posesión para esperar tranquilamente sus concesiones en el medio del campo. Y eligió el camino contrario. Aculó al equipo en torno a Rubén y esperó las acometidas de los eibarreses que estuvieron más tiempo del recomendable en el área céltica. Es cierto que sin ocasiones claras en contra, pero el Celta se dejó maniatar en exceso. Por voluntad propia y porque nadie fue capaz de dar señales de vida en el medio del campo. Beltrán –recambio de Denis– sigue corriendo sin tener claro para qué; Nolito ni despeinó a su lateral; Brais estaba más pendiente de ayudar a Mallo en la vigilancia de Bryan Gil, y las infatigables peleas de Mina no eran suficientes para cambiar la dinámica de un partido que empezaba a tener mal color. Mucha desconexión entre líneas. Solo un remate al palo de Olaza, que pudo suponer el 2-0, se salió de la monotonía. Por evitar ciertos peligros el Celta se había olvidado de la pelota, del juego y de cualquier sentido del gusto. Llegó con ventaja al descanso, entre otras cosas porque los centrales y los laterales se mantuvieron firmes.

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El Celta - Eibar, en imágenes Ricardo Grobas

No imaginaba Coudet lo que le esperaba en el arranque del segundo tiempo. Había entrado Okay en escena en sustitución de Emre. En apariencia, más carga física en el medio; menos calidad en ataque. Era un aviso de que el Celta pensaba profundizar en ese descenso a los infiernos. Pero los vigueses tenían guardada una sorpresa aún mayor: la prueba de que son un equipo al que le cuesta aprender o directamente se niega a hacerlo. Con el Eibar presionando el Celta salió por el centro y Okay repitió el error que en las últimas jornadas firmó Denis. Mal control, pérdida, desorden general y el balón que cae en el área a Bryan Gil para que fusile a Rubén. A Coudet le empezó a dar vueltas la cabeza como si estuviese poseído. Consecuencia de esa voluntad que sus jugadores tienen por insistir en sus peores defectos y repetir errores con saña.

Sin embargo con un equipo menos preparado para atacar el Celta respondió bien a ese revés. El Eibar fue el que decidió protegerse mientras los vigueses, obligados por el marcador, se atrevieron a hacer otras cosas, a tener el balón, a presionar más alto y a pisar el área con más gente. Demostró en ese tramo que posiblemente invirtieron demasiado tiempo en proteger un marcador y poco en ampliarlo. Pudo ganar en esa última media si no hubiese sido porque entonces apareció en el partido un gigante llamado Dmitrovic. El portero sacó un cabezazo a bocajarro de Hugo Mallo; negó a Brais en un mano a mano que el de Mos había resuelto con una suave “picadita” y en el descuento se mantuvo en pie en un remate cruzado de Brais que creía que se iba a vencer. Y así se selló el primer punto de 2021. Noticia vulgar, pero que invita al optimismo si pensamos que el próximo día Iago Aspas ya estará entre nosotros.

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